La limusina de cristales ahumados se tragó a Luisa con la precisión de una escotilla cerrándose en un submarino. Negro sobre negro, frío sobre frío. La escena se redujo al desplazamiento de un bloque de metal aerodinámico sobre el asfalto mojado, dejando atrás a Dominique, quien permanecía inmóvil bajo la llovizna implacable del Distrito Central. El agua le resbalaba por el rostro, mezclándose con la frustración contenida que le quemaba las sienes. El uniforme del Rey, ese emblema de la guardia personal que una vez portó como una extensión de su propia columna vertebral, le pesaba ahora como un lastre de plomo fundido.Con un movimiento brusco, casi violento, Dominique se arrancó la insignia del pecho. El broche cedió con un chasquido metálico y la placa de plata cayó al barro, hundiéndose en la mugre del suelo con un sonido sordo, insignificante. El gesto fue definitivo. La lealtad institucional había expirado. El sistema ya no era una estructura de protección a la que valiera la pena
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