LUISA La mansión Ferré es una e****a. Está hecha de vidrio, acero y reglas que no ves, pero que te golpean si te mueves un milímetro fuera de lugar. No hay barrotes, no los hay, pero cada paso que doy activa un sensor, un soplido sutil en el sistema que me recuerda que estoy siendo medida. Las puertas se abren con mi huella, claro, pero alguien, en algún lugar de esta puta torre, siempre tiene que autorizarlo. La libertad aquí es un holograma. Es brillante, es luminosa, te deslumbra, pero si intentas agarrarla, te das cuenta de que no hay nada debajo. Es irreal. Raúl cumple su parte del trato. Es un hombre de palabra, eso tengo que reconocérselo. No me toca sin permiso. No alza la voz, ni siquiera cuando se enfada —que casi nunca lo hace, lo cual es más aterrador—. No impone castigos físicos. Pero el control es total. Elige mi ropa, decide mis horarios, filtra mis visitas, controla hasta el menú de mis cenas. Cada gesto está tan calibrado que, a veces, siento que soy un experimento
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