Los muros del castillo nunca le parecieron tan altos.
Raúl cruzó el umbral con la cabeza en alto, la mandíbula tensa, y los ojos clavados en el pasillo de mármol que conducía a la sala del Consejo. Luisa caminaba a su lado, descalza, sin joyas, con el cuello descubierto y la marca roja aún visible, como una bandera que no pensaba esconder.
Los guardias se apartaban al paso.
Nadie se atrevía a mirarlos de frente.
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El juicio no fue llamado así oficialmente, pero todos sabían que lo era.
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