Capítulo 7

La central térmica de la Manada de Plata no emitía jamás el sonido orgánico, imperfecto y cálido de una caldera antigua o de un hogar de leña; en su lugar, rugía con el zumbido agudo, metálico y constante de miles de servidores de refrigeración líquida trabajando al límite absoluto de su capacidad estructural. Era un corazón artificial de titanio, cobre y silicio que bombeaba energía ininterrumpida a los despachos de los Alfas en la superficie, alimentando las pantallas, los sistemas de seguridad y la ilusión de control eterno que el Consejo intentaba proyectar sobre el mundo.

Dominique se deslizó fuera del conducto de ventilación con la sigilosa y ensayada precisión de un felino, cayendo de rodillas sobre las baldosas metálicas del subsuelo con un impacto sordo que fue inmediatamente devorado por el ruido ambiental de la sala. Detrás de él, dos de sus hombres descendieron en completo silencio, sujetando las empuñaduras de sus armas de pulso con los dedos rígidos por la tensión nerviosa. El aire allí abajo olía a ozono quemado, a cobre recalentado y a aceite sintético viejo, un aroma denso y pesado que presagiaba una catástrofe inminente.

—Dos guardias apostados en la compuerta principal del sector de refrigeración —susurró Dominique, ajustando el visor nocturno de su casco improvisado y escaneando las siluetas térmicas a través del panel de cristal reforzado—. No usen fuego cruzado bajo ninguna circunstancia. Necesitamos una neutralización limpia, directa, empleando únicamente los descargadores de pulso estático. El sistema central no debe registrar ninguna brecha de seguridad en los registros de entrada antes de que alcancemos los paneles térmicos principales.

El operativo duró exactamente cuatro segundos, un ejercicio de eficiencia letal fruto de años de entrenamiento militar. Dos destellos azules, secos y silenciosos, atravesaron la penumbra. Dos cuerpos enfundados en los impecables uniformes grises de la guardia del Rey se desplomaron contra el suelo de rejilla metálica antes de que cualquiera de ellos pudiera siquiera esbozar una alerta o activar su comunicador.

Dominique cruzó el umbral a zancadas y se arrodilló frente al rack de control principal, un monolito negro y parpadeante que regulaba la temperatura y el flujo de refrigerante del núcleo de procesamiento del Consejo. Introdujo la mano en su chaleco táctico, extrayendo un pequeño dispositivo de descifrado que había sustraído de los arsenales restringidos de la guardia antes de su deserción. Al conectarlo de manera directa al puerto maestro del servidor, la pantalla comenzó a arrojar una cascada furiosa de líneas de código en color verde esmeralda, destellando al ritmo de los comandos de anulación.

—Desconexión forzosa del sistema de enfriamiento secundario en tres, dos, uno… —murmuró para sí mismo con una frialdad glacial, antes de presionar con firmeza la tecla de ejecución definitiva.

El zumbido agudo y regular de los ventiladores cambió de tono de forma instantánea, transformándose en un gruñido metálico, ahogado y violento que pareció sacudir los cimientos de todo el complejo subterráneo. Las luces blancas de emergencia parpadearon una, dos, tres veces, antes de extinguirse por completo, dejando el enorme espacio sumergido en una penumbra roja, parpadeante y ominosa. El búnker del Consejo acababa de perder su coraza térmica. El colapso era ya una cuestión puramente matemática.

A kilómetros de distancia de aquel infierno metálico, en el opulento y silencioso despacho de la planta noble de la mansión, Víctor sintió cómo el aire acondicionado central se detenía de golpe, dejando paso a una pesadez asfixiante. Las pantallas holográficas que flotaban majestuosamente sobre su escritorio parpadearon con furia y se apagaron una a una, disolviéndose en el aire como espectros digitales, hasta dejar el espacio sumido en una oscuridad densa, solo rota por el parpadeo escarlata y urgente de las alarmas de autonomía básica de energía.

—¿Qué demonios significa esto? —rugió Víctor, incorporándose de su asiento con la furia sorda, contenida y letal de un depredador Alfa acorralado en su propia madriguera.

El General Malcorra irrumpió en el estudio sin guardar el menor atisbo de protocolo militar, con el rostro contraído por la más absoluta incredulidad y una rabia ciega.

—Han cortado el suministro térmico en los subniveles inferiores, mi Alfa —informó Malcorra, apretando los dientes con tanta fuerza que las mandíbulas le temblaban—. El núcleo principal de servidores está sufriendo una sobrecarga crítica por fusión de datos debido al aumento repentino de temperatura. Toda la red de comunicación con los distritos periféricos y los puestos de control se ha caído de golpe. Estamos completamente ciegos y sordos.

—¿Quién ha podido orquestar algo así? —escupió Víctor, mientras el frío nocturno comenzaba a filtrarse de manera inexorable por las paredes de hormigón de la mansión.

—No lo sabemos con absoluta certeza, pero los registros residuales de la red muestran patrones de autorización que pertenecen a los protocolos de la antigua guardia de élite —respondió el general, con un tono sombrío que presagiaba la traición interna—. Alguien desde dentro de nuestras propias filas abrió la puerta trasera.

Mientras el corazón financiero y militar de la Manada de Plata comenzaba a fundirse en la oscuridad y el pánico cundía de forma inevitable por los pasillos de los Alfas, en el piso ochenta y ocho de la Torre Ferré, la pantalla principal del terminal privado de Luisa brilló intensamente con una notificación de color verde brillante. El sistema informático del Consejo había colapsado de manera absoluta, exactamente tal como lo habían calculado en los complejos algoritmos de la corporación.

Raúl Ferré se apartó del ventanal y caminó lentamente hacia su escritorio, observando los gráficos dinámicos que confirmaban la caída total de las comunicaciones del Rey. Una sonrisa fría, calculadora y profundamente satisfecha se dibujó en su rostro.

—El castillo de naipes se ha derrumbado por completo, Luisa —dijo Raúl con voz pausada, girándose para mirarla fijamente—. El Consejo está completamente aislado, desprovisto de recursos y sin capacidad de respuesta militar coordinada. Es el momento definitivo. El golpe final está listo para ser ejecutado.

Luisa se mantuvo inmóvil de pie frente al enorme ventanal de cristal blindado, contemplando las luces titilantes y caóticas de la ciudad que se extendía a sus pies como un tablero de ajedrez esperando ser barrido. Ya no quedaba en ella ni un solo rastro del peso del miedo, de la incertidumbre ni de la sombra asfixiante de la autoridad de su padre. En su interior, el engranaje final había encajado con la precisión de un mecanismo de relojería suiza.

—Que preparen de inmediato el transporte aéreo corporativo —ordenó Luisa, con una voz helada que cortaba el aire con la precisión de una cuchilla de obsidiana—. Vamos a ir a reclamar personalmente lo que siempre nos ha pertenecido. La partida ha terminado para el Rey.

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