Mundo ficciónIniciar sesiónLa mañana en los niveles superiores de la mansión del Rey no comienza con el canto de las aves ni con la luz natural del sol, sino con el zumbido sordo y sincronizado de los sistemas de ventilación artificial. El aire se purifica, se enfría y se distribuye con una precisión milimétrica, eliminando cualquier rastro de olor orgánico antes de que pueda contaminar la atmósfera de los despachos principales. Para Víctor, el mundo es una ecuación que se resuelve cada día a las seis de la mañana, hora en que los informes de rendimiento económico y los reportes de control de los distritos periféricos aterrizan en su terminal holográfica.
Sin embargo, ese lunes el flujo de datos se interrumpe de manera inusual. Una luz ámbar parpadea en el borde inferior de la pantalla principal, un código de advertencia reservado exclusivamente para anomalías en la seguridad interna de los dominios del Consejo.
Víctor levanta la vista. Su rostro, surcado por las líneas duras de una vida dedicada al ejercicio implacable de la autoridad, se inmoviliza. Sus dedos, que un segundo antes danzaban sobre los controles táctiles, se detienen por completo.
—Informe —ordena con voz seca, sin volverse hacia la puerta.
El analista de guardia entra en el despacho con pasos medidos, sosteniendo una tableta blindada contra su pecho como si fuera un escudo. Su respiración es demasiado rápida, un síntoma de nerviosismo que en los dominios del Rey se castiga con la reasignación inmediata a las labores de saneamiento industrial.
—Señor, hemos detectado una brecha en los registros de comunicación de la red privada del ala este —informa el subordinado, tragando saliva con dificultad—. Durante la madrugada, se ha emitido un paquete de datos encriptados hacia una terminal externa en el Distrito Central. El protocolo de cifrado no pertenece a nuestros servidores. Corresponde al nodo central de la Corporación Ferré.
El silencio que sigue a estas palabras es denso, pesado, capaz de ahogar a cualquiera en la estancia. Víctor no grita. La rabia en un Alfa de su rango no se manifiesta mediante estallidos histéricos; se concentra, se comprime y adquiere la densidad letal de una barra de tungsteno. Sus ojos grises se estrechan hasta convertirse en dos rendijas afiladas.
—¿La línea de transmisión? —pregunta Víctor, y su tono es tan frío que parece bajar la temperatura ambiente del despacho varios grados.
—La terminal privada asignada a su hija, Luisa.
Un músculo salta en la mandíbula de Víctor. Durante años, ha considerado a su hija como un activo defectuoso pero controlable, una inversión de baja rentabilidad a la que solo le faltaba la presión adecuada para doblarse sin romperse. Jamás contempló la posibilidad de que el activo decidiera negociar su propio valor con el mayor rival comercial del Consejo. Raúl Ferré no da un paso en falso; cada movimiento responde a una estrategia milimétrica de expansión. Si se ha comunicado con Luisa, no es por un capricho sentimental —un concepto que los Alfas aborrecen por inútil—, sino porque ha detectado una fisura en el muro de contención de la Manada de Plata.
—Que la traigan al estudio de inmediato —sentencia Víctor, con una calma que anticipa una catástrofe—. Y avisen a Malcorra que duplique la guardia en los perímetros. Ninguna pieza sale de esta casa sin mi autorización expresa.
A pocos metros de allí, en el ala este, Luisa observa su propio reflejo en el espejo del tocador. El cristal está frío al tacto. Durante toda su vida, ese espejo le ha devolvido la imagen de una prisionera con ropas impecables, una fachada diseñada para complacer los estándares estéticos del Consejo. Pero hoy ve algo diferente. Sus ojos, antes oscurecidos por el miedo a la represión y la incertidumbre, muestran una claridad helada. Ya no hay dudas. El mensaje de Raúl Ferré no era una simple provocación; era la llave que abría la puerta de la jaula.
La puerta de su habitación se abre de golpe, sin previo aviso. Dominique entra con el paso firme de un soldado que ha tomado una decisión irrevocable, aunque en su rostro se dibuje la tensión de quien camina sobre un campo de minas. Tras él, dos guardias de la milicia privada del Rey se quedan plantados en el dintel, con las manos apoyadas en las cartucheras de sus armas de pulso.
—Tu padre sabe lo del mensaje —dice Dominique en voz baja, cerrando la puerta tras de sí para bloquear la vista de los guardias del pasillo—. El sistema ha registrado la salida de los datos. Está furioso. En este momento ha dado la orden de trasladarte al búnker de aislamiento subterráneo para una «revisión exhaustiva de lealtad».
Luisa se gira lentamente hacia él. Su compostura no se quiebra; ni un músculo de su rostro se contrae ante la noticia.
—Sabía que el riesgo existía desde el momento en que decidí pulsar el botón, Dominique —responde ella con voz firme, acercándose al guardia hasta quedar a pocos centímetros de distancia—. El búnker es el final del camino. Si entro ahí, no volveré a salir como persona. Me despojarán de todo vestigio de voluntad hasta dejarme reducida a un número en sus estadísticas.
Dominique aprieta los puños con tanta fuerza que los nudillos se le ponen blancos. La contradicción entre su juramento militar y el instinto de protección que le quema las entrañas es un dolor físico, una laceración interna que lo está destrozando por dentro.
—No voy a permitir que te lleven allí —afirma el guardia, mirando fijamente los ojos de Luisa con una intensidad desesperada—. Tengo contactos en los niveles de transporte de carga. Hay un convoy de suministros que sale hacia el Distrito Central dentro de dos horas. Si logramos llegar al perímetro norte antes del cambio de guardia, podrás salir de esta maldita mansión.
—¿Y tú? —pregunta Luisa, deteniendo su mirada en el uniforme impecable que él lleva puesto, el mismo uniforme que representa la cadena de mando de la que ambos intentan escapar—. Si me ayudas a escapar, te convertirás en el enemigo público número uno de la Manada. El Rey no perdonará una traición de esta magnitud. Te darán caza antes de que cruces el primer control.
Dominique esboza una sonrisa torcida, amarga, una mueca donde ya no queda nada del soldado obediente que solía ser.
—Hace tiempo que dejé de proteger banderas, Luisa. Mi lealtad dejó de pertenecer al sistema el día que tiré mi insignia al barro. Si tengo que quemar este mundo para que puedas salir de aquí, que arda hasta los cimientos.
Antes de que Luisa pueda responder, un golpe seco resuelta en la puerta principal del dormitorio. La voz de Malcorra, áspera y autoritaria, atraviesa el panel de madera reforzada:
—¡Orden del Consejo! Luisa de la Manada de Plata, preséntese inmediatamente en el estudio principal. Guardias, aseguren el perímetro.
El tiempo se detiene. La burbuja de aparente seguridad de la habitación estalla en mil pedazos. Dominique desenfunda su arma reglamentaria con un movimiento rápido y silencioso, situándose frente a la puerta con el cuerpo en tensión, listo para entablar un combate a muerte contra sus propios hermanos de armas.
Luisa da un paso al frente, coloca una mano firme sobre el brazo de Dominique y lo detiene. Sus ojos brillan con una determinación absoluta.
—Todavía no, Dominique —susurra ella con una frialdad calculadora—. No vamos a huir como fugitivos acorralados por el miedo. Si quieren verme en el estudio, iremos a verlos. Pero esta vez, las reglas del juego las vamos a poner nosotros.
El guardia la mira, desconcertado por un instante ante la audacia de su planteamiento, antes de que una comprensión profunda ilumine su mirada. La niña sumisa ha muerto definitivamente. La pieza del tablero acaba de decidir que prefiere destruir el tablero antes de seguir siendo manipulada. Y en la oscuridad de los pasillos de la mansión, la tormenta perfecta comienza a agitar sus alas, lista para arrasar con todo lo que se cruce en su camino.







