Cinco años después
La frontera entre el bosque y la ciudad ya no era una línea trazada por el miedo.
Donde antes se erguían muros y puestos de vigilancia, ahora crecía un campo de lavanda silvestre. No había torres ni escudos, sino banderas de tela hechas a mano, ondeando al viento con símbolos distintos: lunas abiertas, manos entrelazadas, huellas de lobo dibujadas por niños.
Era la entrada a la Manada Libre.
Un asentamiento que no se parecía a ninguna manada tradicional. No había tronos. No h