Adoratta. Comprada por la Mafia

Adoratta. Comprada por la MafiaES

Mafia
Última atualização: 2026-02-12
Katia Parra  Atualizado agora
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Índice

Nacida en el fango, vendida en las sombras, reclamada por la sangre. Adoratta no es una mujer; para el mundo criminal, es solo una mercancía de lujo sin apellido ni identidad. Tras escapar del burdel que la vio nacer, pensó que había ganado su libertad, pero solo estaba corriendo hacia una jaula de oro y espinas. Por un error del destino y una deuda de sangre, termina siendo el pago en una transacción que no debería haber existido. Marco Moretti, el heredero de un imperio construido sobre cadáveres, la reclama como su trofeo. Para él, Adoratta es un objeto de placer, una pieza de exhibición o, si es necesario, un sacrificio para consolidar su poder. Él cree que ha comprado su cuerpo, pero no está preparado para la fiera que habita en su interior. En una mansión donde las paredes susurran traiciones y las mujeres son moneda de cambio, Adoratta se niega a ser una víctima. Es una pantera forjada en el asfalto que sabe que la belleza es un arma y la rabia, un escudo. Mientras Marco intenta quebrantar su voluntad, ella comenzará a desenterrar los secretos más podridos de la familia Moretti. ¿Puede un objeto comprado destruir a quien pagó por él? Entre caricias que queman y cadenas que asfixian, Adoratta deberá decidir: ¿se convertirá en la reina de ese infierno o será devorada por el deseo oscuro de un hombre que no conoce la piedad?

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Capítulo 1

Prólogo

Me escondo detrás de la pared que sobresale de la esquina como siempre tengo el celular en la mano y una sonrisa de complicidad al enviarle a Leo un mensaje tonto. El hombre que he estado vigilando, no sospecha nada de mi próxima jugada ya que ni siquiera me ha visto. Salgo de la pared tropezando con su cuerpo, aparentemente por descuido y, al inclinar la cabeza hacia atrás para que mis ojos conecten con los de él, me sonríe.

Me alejo falsamente hipnotizada con su mirada y se lo cree, cuando que en realidad es lo contrario, le dedico una mirada de asombro con los labios separados haciendo uso la coquetería natural que alegan los chicos que tengo y queda noqueado. Entonces me alejo hasta que la magia se rompe, corro lejos del hombre metiéndome en cualquier escondrijo del callejón. Saco la billetera que acabo de robarle al meter la mano en su bolsillo.

Saco los billetes, son muchos. Demasiados. Mis ojos se abren desmesuradamente. Respiro profundo tratando de tranquilizarme por la cantidad de dinero que tengo en las manos.

—¿Sucede algo, pequeña? —Leo se acerca y ve el dinero —¡uf, es bastante! —respiro de nuevo.

—Debemos irnos de aquí —digo nerviosa —. Alguien con esta cantidad de pasta en la cartera ha de ser muy importante, de seguro me rastreará —me mira con las cejas arrugadas.

Tengo un mal presentimiento, es una zona muy basta para alguien con tanto dinero en el saco.

—¿Celular? —niego —¿algún otro dispositivo que pueda ser rastreable? —niego de nuevo.

—Entonces ¿Dónde está lo peligroso? —su ceño se suaviza —no tienes que ver riesgo donde no lo hay Adoratta, pero si te sientes nerviosa nos vamos —asiento, quiero irme.

—¡No! —lo detengo en el momento que quiere abandonar el callejón por la entrada, prefiero no arriesgarlo a que venga la policía —. Una carrera por los techos, hay veinte billetes de quinientos, si dos de estos le pertenecen a Donato, quedan dieciocho ¿cierto? —asiente y levanto la vista para mirarlo a esos lindos ojos verdes y azules que tiene —de dieciocho que son míos, la apuesta va: todo o nada para quien llegue primero —entrecierra los ojos hasta que casi no se ven.

Le muestro la billetera y con un pañuelo borro cualquier huella que pude haber dejado. La acomodo sobre el conteiner. No tuve una identificación hasta hace cuatro años y se cómo se siente no existir, no puedo dejar a este caballero sin su “tarjeta de identidad”, le hago un guiño a Leo.

—Eso es trampa —salto hacia atrás asombrada con la mano en el pecho —primero solo tengo ciento cincuenta euros y dos —chasquea la lengua —ganarás porque, aunque soy rápido me vences trepando porque eres muy liviana —río a carcajadas.

—Quien no arriesga nunca gana, Leo —lo pincho —eso dice el jefe…

Somos ratas callejeras, carteristas disfrazados de niños y adolescentes que vigilan las víctimas mientras se encuentran desprovistas de atención en las calles. La técnica se halla en tropezar y sacar la billetera, celular y todo lo que lleve de valor en los bolsillos.

Según Donato, mi jefe (quién es más un padre que cualquier cosa), la belleza que ostento me ayuda a aturdir a los hombres, siendo ellos siempre mis víctimas no solo del robo de sus pertenencias sino del corazón también. No podría estar menos de acuerdo.

Hace cuatro años llegué a este lugar y pensé que me lastimarían, pero Donato ha sido para mí el padre que nunca tuve y Ofelia la madre que debí haber tenido, ellos son mi familia y nos cuidamos entre todos, los chicos mantienen los ojos puestos en Lío, Ofelia (aunque ella no sale) y en mi persona ya que somos las únicas chicas que hay dentro del grupo en el refugio, por llamarlo de alguna manera.

—¿Viste la cara de ese hombre Adoratta? —no me toma por sorpresa la pregunta de Donato al ver la irrisoria cantidad de dinero que he traído —¿había algo distintivo en él? —cierro los ojos tratando de recordar algo diferente.

—¡No lo sé, muy elegante! ojos verdes, hoyuelo en la mejilla derecha, manos delicadas, un anillo en el dedo medio de la mano izquierda —abro los ojos y los cierro de nuevo —traje de tres piezas, camisa blanca impoluta, gabardina, zapatos negros, todo de marca: Armani, Valentino…

—¿Alguna otra cosa, pequeña? —es mi apodo dentro de la casa, desde que llegué me convertí en la favorita de todos.

Creo que no recuerdo más nada.

—Piensa un poco más, es importante —se acerca y me observa detenidamente. Confía en mi.

—Tal vez una cicatriz al lado de la cara —tengo memoria fotográfica, pero en ese momento mi teléfono no dejaba de vibrar en las manos y eso me distrajo un poco —¡Espera lo tengo!

—¿Qué? La marca del calzoncillo o el tamaño de su polla —giro a ver al Lío con mirada de advertencia —vamos nena, es lo único que falta, el sujeto es un verdadero ricachón adonis, en tu lugar yo lo habría llevado al callejón —aprieto la mandíbula haciendo que mis dientes rechinen.

—Eso es porque tú eres una zorra, pero yo no —todos abuchean a Lío buscando que responda.

Un carraspeo detiene cualquier cosa que fuese a decir.

Ella no me cae mal, no tengo nada en su contra, pero su manera de decir las cosas es bastante desagradable Por lo cual vivimos en una eterna pelea, ella insinuando que por haber escapado de un prostíbulo soy una prostituta y yo defendiéndome de sus ataques, acto que acaba con la paciencia de Donato y en una o dos ocasiones nos ha encerrado a ambas en uno de los calabozos.

—A lo que nos interesa señoritas —regaña en voz baja —Adoratta dijiste que tenías algo ¿Te importaría decirnos qué es? —miro a todos y afirmo.

—Lo que llevaba en la cara no era una cicatriz, era un tatuaje desde la comisura del ojo izquierdo hasta perderse dentro del cuello de su camisa, rosas, una serpiente o tal vez un dragón —se miran entre sí, pero no entiendo una m****a.

—Creo que estás describiendo a Giancarlo Moretti —Donato niega con los ojos cerrados, alzo las cejas, totalmente confundida con sus palabras.

—¿A qué te refieres con eso?

—A que te metiste con La mafia italiana, le robaste a uno de ellos, estúpida…

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Anaell Ianes
A la expectativa de más y más, mi bella Reina.
2026-02-12 01:16:06
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Prólogo
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