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Adoratta

Nada te prepara para lo desconocido…

Siento mis fuerzas mermar con la última patada que le propiné al imbécil de ojos lindos, estos gorilas todos tienen el mismo tatuaje en diferente parte del cuerpo. Debo admitir que el hombre que me detuvo primero es un espectáculo. Hasta parece salido de una revista. Su tamaño me abruma, pero veo en sus ojos que no es tan malo o debe ser un excelente actor.

Me observa con fascinación, como si fuese algo extraño, una especie de la cual nunca se había hablado y que él nunca había visto. Me concentro en hacerme la víctima para que se ponga de mi lado, no me ha lastimado de hecho fue bastante sutil al atraparme, pero ahí donde rozó mi piel sentía que me quemaba.

¡Uff! debo centrarme y no me lo ha permitido.

He actuado con desesperación, pero no puedo hacer un movimiento estúpido porque me matarían, además estoy rodeada de hombres que miden más de un metro ochenta cada uno. Observo la discusión entre el tonto que robé y el que me atrapó, no logro escuchar nada, pero al parecer quiere matarme.

—Jefe ¿qué hacemos con este? —¡Ay Dios mío Leonardo!

No, no, no, Leonardo no.

—¡Mátalo! —se encoge de hombros como si la vida de mi amigo no valiera nada.

¡Ok, la de él para mí tampoco vale! Lo admito, pero ellos me quieren a mí y no a Leo.

—¡No! —me acerco a él con las manos atadas, aun —¡no por favor, por favor! —caigo de rodillas justo a sus pies llorando —¡no por favor déjalo ir! —las lágrimas no se detienen, Leonardo es mi amigo y ahora está aquí por mi culpa —prometo no… no golpear a nadie más, juro no hacerlo me voy contigo, me voy contigo ¡tienes mi palabra! pero por favor —se acuclilla tomando mi rostro con una sola mano por el mentón, gimo y arrastro mi mejilla por la palma de su mano, tiembla un poco o tal vez soy yo quien lo hace, no estoy segura.

Relame sus labios y por alguna retorcida y morbosa razón quiero que me bese. Mi cuerpo se calienta con el roce de su piel por mi rostro.

¡Que m****a!

—Si suplicas un poco más, podría dejarlo vivo —me acerco lo miro directamente a ese par de mares azules que se gasta y por los cuales me siento muy atraída.

—Por favor haré lo que tú quieras, lo que me pidas a cambio de que lo dejes ir…

—¡No… Ad! —casi grita mi nombre.

—Está bien preciosa —sonríe como para hacer que moje las bragas —lo dejaré vivo —entonces, dispara a una de sus piernas.

En un movimiento casi inconsciente golpeo su frente y me lanzo sobre él en el mismo momento que saco las manos de las bridas, tomo la pistola y lo apunto directamente a la cabeza sentada a horcajadas sobre su pecho.

—¿Dónde m****a están los hombres con cojones ahora? —todo el mundo desenfunda de nuevo mientras yo coloco la pistola ahora en la garganta del mafioso salido de la revista —si no suplicas y mi amigo muere —paso la lengua por el pabellón de su oreja y jadea excitado aun cuando estoy casi asfixiándolo —con todo y tus preciosos ojos te voy a matar ¡Déjalo ir! —, me siento muy tentada a moverme como si le estuviese follándole el pecho, pero me contengo.

El hombre hace una señal con la mano.

Los chicos guardan las armas y yo dejo de apretar la garganta del sujeto. Sonríe. Es un Kamikaze, un masoquista, reconozco esa satisfacción en el rostro acerca de la depravación en los hombres cuando investigué sobre de las debilidades y fortalezas de la conducta humana para poder realizar mi trabajo en las calles.

¡Ok! soy autodidacta y se me hizo sencillo.

—Tienes que darles algo… —pienso un poco mirándolo directamente a los ojos.

—¿Qué te parece tu propia cabeza con un tiro en la frente? —definitivo su sonrisa rompe bragas.

—Mataran a tu amigo – frunzo los labios.

—Y yo te mataré a ti —sonrío solo con los labios —ya me está pareciendo un trato justo —le hago un guiño y ya lo tengo montado en la olla, pero eso no me sirve para nada si Leonardo sale más lastimado.

—Si no fueras un encargo ya estuvieses muerta ¿Lo sabes verdad? —sonrío solo con los labios de nuevo bajando por un momento la mirada y separa los labios, completamente cautivado.

—Y si no fueras tan bello también lo estuvieras, idiota —separo la pistola, de un salto me levanto de su torso y la colocó en la parte superior de la cabeza del sujeto —ahora ordénales que lo dejen ir y me voy con ustedes, si conoces los códigos entonces debes saber que no faltaré a mi palabra —hace otra seña y el hombre que tiene sujeto a Leonardo lo suelta —ahora que todo se dirijan a los autos y creo que tendremos un trato…

—¡No lo hagas, no! —me giro hacia él y los ojos se le llenan de lágrimas —de todas maneras, te matarán —susurra. Afirmo, mejor yo que él.

Pronuncio un: “volveré” sin voz y las lágrimas me ahogan.

—Les prohíbo matar al chico —dice con voz rasposa —¡Muchacho! —señala hacia Leonardo—dile a Donato que se quede con los diez grandes como pago, me llevo a la chica, pero la próxima vez que cometa un error parecido, sí mataré a alguien o quizás a todos —se levanta ágilmente tal como yo lo haría, no puedo confiar en él y continúo apuntándolo —no confías en mí ¿Eh, pequeña pantera? —niego haciendo tiempo de que Leo se retire.

—¡Lo siento! No confío en nadie que porte un traje tan fino —sonríe ladeado y parece que estuviese nevando por el escalofrío que me recorre.

—Golpeaste a cuatro hombres incluyéndome, lograste que todos mis hombres bajaran las armas, tu amigo está a salvo yendo a casa de Donato y ¿aún me apuntas con mi propia pistola? Tienes más bolas que todos aquí debo admitirlo considerando que mi palabra también vale —resopla creo que enfadado tomando en cuenta su postura.

Me muerdo el labio sopesando si entregársela o no cuando estira la mano.

—¿Qué puedo decir? Me encanta el drama —le entrego la pistola en su propia mano y él me da paso para adentrarme a uno de los autos.

***

El camino se hace muy largo considerando que no tengo la menor idea de ¿a dónde vamos? de ¿quiénes son? y mucho menos ¿que desean de mí?

Lanzo un silbido muy poco elegante cuando salgo del todoterreno, pero la belleza de casa que tengo enfrente me desestabiliza por completo.

—Es bueno que te guste porque esta será tu casa de ahora en adelante —me detengo.

—¡Espera! —toco su brazo —¿no me matarás? —niega —¿entonces que hago aquí?

—Eres un premio —escucho como exhala el aire al hablar.

—Un premio… —repito arrugando la frente —¿de qué?

—Mas bien para quien —dice tranquilamente mientras continúa caminando.

Firma unos documentos que no puedo ver porque es un gigante, la casa está llena de hombres, lujos y antigüedades supongo de un costo altísimo. Todo está a mi merced, pero esto es la mafia y según he escuchado: si les robo matarán a cada uno de mis familiares y amigos. Platica por teléfono, le entregan un maletín con joyas, solo veo, por un lado.

—Está bien, genio —claudico ante mi curiosidad —¿soy el premio para quién?

—Para mi padre…

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