Acechada bajo la luna

Acechada bajo la lunaES

Hombre lobo
Última actualización: 2026-04-07
Nahue  Recién actualizado
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Índice

Acechada bajo la luna, trata la historia de la tribu Lican una tan antigua como la noche misma y su versión de como surgieron los primeros hombres lobo.

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Capítulo 1

Prologo

En tiempos inmemoriales, mucho antes de que las ciudades de piedra y acero borraran las huellas de los antiguos de la faz de la Tierra, existía una tribu de guerreros y cazadores conocida como los Lican. Eran un pueblo noble y vigoroso, que vivía en perfecta armonía con la naturaleza salvaje que los rodeaba, pero por encima de todas las cosas, adoraban a la Luna.

Para ellos, la Luna no era simplemente una luminaria en el firmamento nocturno. Ella era la Madre Primordial, la deidad que guiaba sus pasos en la oscuridad y cuyo ciclo rítmico marcaba el pulso de sus propias vidas. Su culto no se limitaba a oraciones mudas; sus rituales eran danzas salvajes y cantos guturales que resonaban en los bosques profundos, bajo la mirada plateada y constante de su diosa.

A la cabeza de esta tribu estaba Iruk, un líder de fuerza inquebrantable y sabiduría profunda. No era solo el cacique de los Lican; era el "Líder de la Manada", el alfa entre hombres, el primero en la caza y el último en retirarse en la batalla. Su conexión con la Luna era legendaria, casi mística. Muchos en la tribu creían que podía escuchar el susurro de la Madre en el viento y que su voluntad estaba entrelazada con las fases lunares.

La adoración de los Lican era tan pura, tan ferviente, que no pasó desapercibida para la deidad que moraba en el satélite. Y una noche, una noche de Luna Nueva, en la que el mundo parecía sumido en una oscuridad total, la Madre Luna decidió responder a la devoción de su pueblo elegido.

No fue un rayo de luz deslummerante ni una voz atronadora. Fue una presencia. Un poder antiguo y primordial que descendió sobre la tribu Lican, empezando por su líder, Iruk. Sintieron cómo sus sentidos se agudizaban más allá de lo humanamente posible. El mundo, incluso en la oscuridad más profunda, se volvió nítido y lleno de detalles que antes ignoraban. El olor de la tierra mojada, el sonido del aleteo de un murciélago, el rastro de una presa a kilómetros de distancia; todo cobró vida.

Y entonces, el don se manifestó.

Al principio fue un cambio sutil. Sus cuerpos se volvieron más fuertes, sus reflejos más rápidos. Pero pronto descubrieron la verdadera naturaleza de la bendición de la Luna: la capacidad de transformarse en lobos.

Esta transformación, a diferencia de lo que cuentan las leyendas posteriores, no estaba ligada únicamente a la Luna Llena. Los Lican, gracias a su profunda conexión con la Madre, tenían la capacidad de cambiar de forma a voluntad, cuando el deseo o la necesidad lo requerían. Podían correr sobre cuatro patas con la velocidad del viento, rastrear con una precisión infalible y luchar con la ferocidad de la bestia que llevaban dentro.

No era una maldición, sino una simbiosis perfecta entre el hombre y el animal. Se convirtieron en los guardianes de los bosques, los protectores de su territorio. Y aunque podían cambiar de forma en cualquier momento, había un periodo en el que su poder alcanzaba su cenit.

Al caer la noche, cuando el sol se retiraba y la Luna tomaba su lugar en el cielo, los Lican sentían cómo una oleada de energía recorría sus cuerpos. Sus sentidos, ya de por sí agudos, se volvían hiperactivos. Su fuerza se duplicaba, su resistencia se volvía infinita. Era bajo la luz de su diosa cuando eran verdaderamente invencibles.

Y así, la tribu Lican prosperó, su nombre infundía respeto y temor en las tribus vecinas. Pero con el paso de los siglos, la leyenda se distorsionó, la pureza de su don se oscureció. El mundo cambió, y los descendientes de Iruk se dispersaron, llevándose consigo la sangre de los primeros hombres lobo.

La historia de los Lican se convirtió en un mito, una historia para asustar a los niños en las noches de tormenta. Pero en el corazón de los bosques más profundos, donde la luz de la Luna aún brilla con fuerza, todavía se escucha el eco de los aullidos de la antigua manada, recordando al mundo que la bendición de la Madre Luna nunca se extinguió del todo.

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Prologo
CAPÍTULO 1: Entre tiques y sombras
CAPÍTULO 2: El eco de un susurro
CAPÍTULO 3: El cristal que se quiebra
CAPÍTULO 4: El Santuario de Papel
CAPÍTULO 5: El peso de la corona de lobo
CAPÍTULO 6: El rugido del silencio
CAPÍTULO 7: En el bosque
CAPÍTULO 8: El Amuleto y el Susurro
CAPÍTULO 9: El límite de la paciencia
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