Mundo ficciónIniciar sesiónAcechada bajo la luna, trata la historia de la tribu Lican una tan antigua como la noche misma y su versión de como surgieron los primeros hombres lobo.
Leer másEn tiempos inmemoriales, mucho antes de que las ciudades de piedra y acero borraran las huellas de los antiguos de la faz de la Tierra, existía una tribu de guerreros y cazadores conocida como los Lican. Eran un pueblo noble y vigoroso, que vivía en perfecta armonía con la naturaleza salvaje que los rodeaba, pero por encima de todas las cosas, adoraban a la Luna.
Para ellos, la Luna no era simplemente una luminaria en el firmamento nocturno. Ella era la Madre Primordial, la deidad que guiaba sus pasos en la oscuridad y cuyo ciclo rítmico marcaba el pulso de sus propias vidas. Su culto no se limitaba a oraciones mudas; sus rituales eran danzas salvajes y cantos guturales que resonaban en los bosques profundos, bajo la mirada plateada y constante de su diosa. A la cabeza de esta tribu estaba Iruk, un líder de fuerza inquebrantable y sabiduría profunda. No era solo el cacique de los Lican; era el "Líder de la Manada", el alfa entre hombres, el primero en la caza y el último en retirarse en la batalla. Su conexión con la Luna era legendaria, casi mística. Muchos en la tribu creían que podía escuchar el susurro de la Madre en el viento y que su voluntad estaba entrelazada con las fases lunares. La adoración de los Lican era tan pura, tan ferviente, que no pasó desapercibida para la deidad que moraba en el satélite. Y una noche, una noche de Luna Nueva, en la que el mundo parecía sumido en una oscuridad total, la Madre Luna decidió responder a la devoción de su pueblo elegido. No fue un rayo de luz deslummerante ni una voz atronadora. Fue una presencia. Un poder antiguo y primordial que descendió sobre la tribu Lican, empezando por su líder, Iruk. Sintieron cómo sus sentidos se agudizaban más allá de lo humanamente posible. El mundo, incluso en la oscuridad más profunda, se volvió nítido y lleno de detalles que antes ignoraban. El olor de la tierra mojada, el sonido del aleteo de un murciélago, el rastro de una presa a kilómetros de distancia; todo cobró vida. Y entonces, el don se manifestó. Al principio fue un cambio sutil. Sus cuerpos se volvieron más fuertes, sus reflejos más rápidos. Pero pronto descubrieron la verdadera naturaleza de la bendición de la Luna: la capacidad de transformarse en lobos. Esta transformación, a diferencia de lo que cuentan las leyendas posteriores, no estaba ligada únicamente a la Luna Llena. Los Lican, gracias a su profunda conexión con la Madre, tenían la capacidad de cambiar de forma a voluntad, cuando el deseo o la necesidad lo requerían. Podían correr sobre cuatro patas con la velocidad del viento, rastrear con una precisión infalible y luchar con la ferocidad de la bestia que llevaban dentro. No era una maldición, sino una simbiosis perfecta entre el hombre y el animal. Se convirtieron en los guardianes de los bosques, los protectores de su territorio. Y aunque podían cambiar de forma en cualquier momento, había un periodo en el que su poder alcanzaba su cenit. Al caer la noche, cuando el sol se retiraba y la Luna tomaba su lugar en el cielo, los Lican sentían cómo una oleada de energía recorría sus cuerpos. Sus sentidos, ya de por sí agudos, se volvían hiperactivos. Su fuerza se duplicaba, su resistencia se volvía infinita. Era bajo la luz de su diosa cuando eran verdaderamente invencibles. Y así, la tribu Lican prosperó, su nombre infundía respeto y temor en las tribus vecinas. Pero con el paso de los siglos, la leyenda se distorsionó, la pureza de su don se oscureció. El mundo cambió, y los descendientes de Iruk se dispersaron, llevándose consigo la sangre de los primeros hombres lobo. La historia de los Lican se convirtió en un mito, una historia para asustar a los niños en las noches de tormenta. Pero en el corazón de los bosques más profundos, donde la luz de la Luna aún brilla con fuerza, todavía se escucha el eco de los aullidos de la antigua manada, recordando al mundo que la bendición de la Madre Luna nunca se extinguió del todo.El tiempo pareció dilatarse mientras la garra de ónix de Silas descendía, cortando el aire con la promesa de una ejecución inminente. Pero antes de que el golpe mortal alcanzara su objetivo, un latido sísmico recorrió los cimientos del Castillo de Blackwood. No fue un sonido, sino una onda expansiva de pureza absoluta que emanó del centro del salón. Tamara, de pie entre los escombros, cerró los ojos y envolvió con su mano derecha el dije de plata que colgaba de su cuello. El metal sagrado no solo brilló; estalló en una deflagración de luz plateada y blanca tan intensa que Silas se vio obligado a retroceder, cubriéndose el rostro con sus alas de murciélago mientras emitía un siseo de agonía.La transformación de la Luna Blanca no fue un proceso de dolor y huesos rompiéndose, sino una transmutación divina. El aura blanca que siempre la había acompañado se solidificó, envolviendo su cuerpo en un capullo de energía lunar que comenzó a expandirse. Su forma humana se desvaneció, fundiéndose
No hubo una señal de inicio, ni un grito de guerra; simplemente, la paciencia de la criatura se evaporó y el aire fue sustituido por el silbido cortante de sus alas de murciélago abriéndose con la fuerza de un vendaval. Silas, esa masa amorfa de pesadilla y ónix, se impulsó desde su trono de escombros con una potencia que pulverizó las piedras bajo sus pies, convirtiéndose en un borrón de color gris ceniza y sombras violáceas. El primero en reaccionar fue Zack, cuyo instinto de Alfa Negro le permitió interceptar la trayectoria de la bestia, pero el choque fue similar a chocar contra una montaña en movimiento. Zack, transformado en su forma más letal, hundió sus garras en el torso de la criatura, buscando carne que desgarrar, pero sus dedos solo encontraron una superficie coriácea y fría que repelió el ataque como si fuera acero blindado. Silas, con una agilidad que su tamaño no sugería, giró sobre su propio eje y golpeó a Zack con el dorso de su mano derecha. Las garras de ónix dejaro
Cuando las puertas del Gran Salón se abrieron por completo, el estruendo del metal contra la piedra murió en un vacío absoluto. La recámara principal del Castillo de Blackwood no era una habitación, era una catedral a la decadencia. El techo, que en algún momento debió albergar frescos renacentistas, se había desplomado parcialmente, dejando que la luz de la luna filtrara columnas de plata sobre una alfombra de huesos pulverizados y ceniza. El aire allí no solo era frío; era denso, con una presión barométrica que hacía que los oídos de Jackson y Zack pitaran. Grandes pilares de granito, corroídos por una humedad negra que parecía latir, sostenían una cúpula donde las sombras se retorcían como serpientes.En el centro de este desierto de piedra, sentado sobre un montículo de escombros que imitaba un trono, no aguardaba el vampiro aristócrata que Valerius recordaba de las viejas crónicas. Lo que estaba frente a ellos era una aberración que desafiaba la taxonomía de lo oculto. Silas habí
La escalera de caracol del Castillo de Blackwood ascendía como el esófago de una bestia petrificada. El aire, ya viciado en los niveles inferiores, se volvía aquí una amalgama asfixiante de ozono, piedra húmeda y el rastro químico del miedo que Silas emanaba desde las alturas. Zack encabezaba la marcha, con sus garras rozando ocasionalmente los muros de granito, dejando surcos profundos que revelaban su estado de alerta absoluta. Valerius lo seguía de cerca, con su herida del hombro ya cerrada gracias a su fisiología superior, aunque su traje de seda oscura lucía jirones que daban fe de la brutalidad de Lilitu. Jackson y Tamara flanqueaban a Claris, quien caminaba en un silencio clínico, con sus ojos amatista brillando intermitentemente mientras procesaba las corrientes de energía que fluían por la estructura.Al final del ascenso, desembocaron en una antecámara circular iluminada por candelabros de hierro cuyos cirios goteaban una cera negra que parecía viva. Allí, bloqueando el acce
Último capítulo