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CAPÍTULO 3: El cristal que se quiebra

El Aula Magna de la Facultad de Derecho era un monumento al rigor: techos altísimos con molduras de yeso descascarilladas, hileras de bancos de roble oscuro tallados con las iniciales de generaciones de estudiantes y un aire denso, impregnado de polvo antiguo y café recalentado. El eco de los pasos sobre el suelo de mármol solía ser música para Tamara, pero hoy, cada sonido era un martillazo.

Sentada en su lugar habitual, Tamara intentaba concentrarse en la clase de Derecho de Familia, pero algo había cambiado. No eran cambios físicos visibles, sino una invasión sensorial.

Podía escuchar el siseo de la tiza del profesor sobre la pizarra a veinte metros de distancia como si estuviera dentro de su oído. Podía oler el perfume floral y excesivo de una chica tres filas atrás, y el rastro metálico de las monedas en el bolsillo del compañero de al lado. Sus ojos esmeralda, fijos en el código, captaban el más mínimo movimiento de una mosca en el rincón más alto del salón. Se sentía expuesta, vibrando en una frecuencia que nadie más compartía.

—Parece que la "cajera estrella" hoy no puede ni sostener la lapicera —una voz aguda y cargada de veneno rompió su concentración.

Era Lucy Ficher.

Lucy era la antítesis de Tamara. Hija de uno de los jueces más influyentes de la ciudad, se movía por los pasillos como si el edificio fuera una extensión de su vestidor. Era una chica de una belleza prefabricada: cabello rubio platino siempre perfectamente alisado, uñas esculpidas en un tono nude impecable y ropa de diseñador que desentonaba con la austeridad de la universidad pública. Tenía una mirada azul gélida, acostumbrada a mirar por encima del hombro a cualquiera que no tuviera un apellido de renombre.

Lucy se inclinó sobre el banco de Tamara, dejando escapar un olor a loción cara que, en el estado actual de Tamara, le resultó nauseabundo, como si estuviera oliendo químicos puros.

—¿Te quedaste contando centavos hasta tarde, Vespera? —continuó Lucy con una sonrisa de suficiencia, rodeada de sus dos habituales seguidoras—. Se nota en tu cara. Estás... rara. Como si te faltara el aire. Quizás el derecho es demasiado para alguien acostumbrada a embolsar leche.

Normalmente, Tamara habría ignorado el comentario con un silencio digno, la técnica que había usado durante tres años para evitar conflictos innecesarios. Pero hoy, algo en su pecho gruñó. Un calor repentino le subió por el cuello y sus dedos apretaron el borde del banco de madera con una fuerza que hizo crujir el barniz.

Tamara se levantó lentamente. No fue un movimiento brusco, sino fluido, casi felino. Al ponerse de pie, su figura delgada pareció ganar una presencia que antes no tenía. Miró a Lucy directamente a los ojos. Por primera vez, Tamara no vio a una rival intimidante, sino a una presa ruidosa.

—Lucy —dijo Tamara. Su voz no fue un grito; fue un susurro bajo, ronco, que pareció vibrar en la madera del salón—. Llevas años intentando llenar tu vacío con mi nombre. Pero hoy, tu voz me produce un dolor de cabeza que no estoy dispuesta a tolerar.

Lucy parpadeó, desconcertada por la falta de sumisión.

—¿Cómo te atreves...?

—Cállate —la interrumpió Tamara. El comando fue tan seco y autoritario que Lucy, por puro instinto, cerró la boca—. Tu perfume apesta a desesperación y tus celos se huelen desde la entrada. Si vuelves a acercarte a menos de un metro de mí, te juro que vas a descubrir que debajo de esta piel de "cajera" hay algo que tu papi no puede comprar ni defender.

Un silencio sepulcral cayó sobre las filas cercanas. Los ojos de Tamara brillaron con un verde tan oscuro que por un segundo parecieron negros. Lucy dio un paso atrás, tropezando con su propio bolso de marca. El miedo, un miedo primario e inexplicable, cruzó su rostro perfecto. No entendía por qué, pero sentía que estaba frente a un depredador.

Sin decir una palabra más, Tamara recogió sus libros. El profesor entró al salón, pero ella ya no podía estar allí. Necesitaba aire fresco. Necesitaba el aroma del bosque, el silencio de la naturaleza.

Al salir al pasillo, sus manos temblaban, pero no de miedo, sino de una energía contenida que pedía a gritos ser liberada. El nombre de Iruk volvió a cruzar su mente como una descarga eléctrica.

"Sangre de Iruk..."

Ahora sabía que no era solo una frase de un loco. Era una advertencia de que su vida, tal como la conocía, estaba llegando a su fin.

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