Mundo ficciónIniciar sesiónEl pitido monótono del escáner era el metrónomo que marcaba el ritmo de la tarde en el supermercado "La Unión". Para Tamara Vespera, aquel sonido era casi hipnótico, una banda sonora necesaria para desconectar su mente de los densos códigos civiles y las leyes procesales que solían abarrotar su cabeza.
A sus 26 años, Tamara no era la típica estudiante de cuarto año de abogacía. Mientras sus compañeros de facultad aprovechaban el receso para adelantar pasantías en bufetes elegantes, ella prefería la honestidad agotadora de la caja registradora. Le permitía pagar sus apuntes y ayudar en casa, manteniendo esa independencia que había pulido a la fuerza desde los siete años. Se acomodó un mechón de su cabello castaño, que solía llevar recogido en una coleta práctica pero rebelde, y suspiró. A través del cristal de la entrada, el sol comenzaba a declinar, tiñendo el cielo de un naranja violáceo que le producía una extraña inquietud. —Son ochocientos cincuenta pesos, señora —dijo Tamara con una sonrisa profesional. Al levantar la vista, sus ojos verdes captaron la luz fluorescente del local. No eran verdes claros, sino de un tono profundo y denso, como esmeraldas ocultas en el fondo de un bosque antiguo; unos ojos que, según decía su madre, eran el vivo retrato de los de su padre. La mención de su padre siempre dejaba un rastro agridulce. El paro cardíaco fulminante que se lo llevó cuando ella era apenas una niña había dejado un vacío absoluto, convirtiendo su hogar en un santuario de dos mujeres que aprendieron a bastarse a sí mismas. Su madre nunca volvió a ser la misma, pero Tamara había heredado de ella la tez blanca y esa constitución delgada que, aunque la hacía parecer frágil, escondía una resistencia física sorprendente. —¿Te falta mucho para terminar, Tami? —le preguntó Carlos, el reponedor, mientras pasaba con una transpaleta. —Una hora más —respondió ella, mirando el reloj de pared—. Hoy la ciudad se siente... pesada, ¿no crees? —Es la luna, muchacha. Dicen que esta noche es la más grande del año. Los clientes están más insoportables de lo común. Tamara asintió mecánicamente, pero una vibración inusual recorrió su columna vertebral. No era cansancio. Era algo más primitivo, una especie de electricidad estática que hacía que el vello de sus brazos se erizara bajo la camisa del uniforme. De repente, un cliente alto, vestido con una chaqueta de cuero oscura, se detuvo frente a su caja. No traía productos, solo la observaba. Tamara sintió que sus ojos esmeralda se dilataban por instinto. El hombre tenía un aroma extraño: a pino, a tierra mojada y a algo que su mente urbana no lograba identificar. —¿Desea algo? —preguntó ella, tratando de mantener la voz firme. El hombre sonrió de una manera que no llegó a sus ojos. —Solo quería ver si la sangre de Iruk seguía siendo tan pura después de tantos inviernos —susurró el desconocido, tan bajo que Tamara dudó si realmente lo había dicho. Antes de que pudiera responder, el hombre dio media vuelta y salió del supermercado, perdiéndose en la penumbra del estacionamiento. Tamara se quedó inmóvil, con las manos apoyadas en el mostrador frío. Su corazón latía con una fuerza inusual, rítmica y poderosa, como si algo en su interior estuviera intentando romper las cadenas de la rutina y salir a recibir a la noche que acababa de nacer.






