Mundo de ficçãoIniciar sessãoSer rechazada por su pareja destinada debía haberla destruido… pero a Lía la rompió de una forma mucho más peligrosa. Humillada, herida y marcada como débil ante la manada, su vida parecía condenada al desprecio… hasta que algo dentro de ella despertó. Algo oscuro. Antiguo. Incontrolable. Cuando el temido Alfa Kael, frío, dominante e imposible de leer, comienza a fijarse en ella, Lía se ve atrapada en una conexión que no entiende… y que él se niega a aceptar. Porque acercarse a ella no solo es un riesgo para la manada… Es un riesgo para él. Entre deseo, rechazo y un poder que amenaza con consumirla, Lía deberá decidir si lucha por sobrevivir… o si deja que la oscuridad dentro de ella tome el control. Porque esta vez… no será la débil. Será el peligro.
Ler maisEl dolor no fue inmediato.
Eso fue lo peor. No fue un golpe. No fue un grito. No fue una caída. Fue… silencio. Un silencio tan pesado que parecía aplastarle el pecho mientras todos los ojos de la manada estaban sobre ella, esperando, observando… juzgando. Lía podía sentir cada mirada como si fueran cuchillas clavándose lentamente en su piel, una tras otra, sin prisa, sin piedad. Y él… Él ni siquiera la estaba mirando. ¿Por qué…? La pregunta apareció en su mente antes de que pudiera detenerla, antes de que pudiera prepararse para lo que estaba a punto de pasar. Su corazón latía demasiado rápido, como si ya supiera la respuesta… como si su cuerpo intentara advertirle que todo estaba a punto de romperse. —No eres digna de mí. Las palabras de Kael no fueron un grito. Fueron peores. Fueron frías. Firmes. Definitivas. Y cada sílaba cayó sobre ella como una sentencia. El aire abandonó sus pulmones de golpe, como si alguien le hubiera dado un puñetazo directo en el pecho. Sus manos temblaron ligeramente a sus costados, pero no se movió. No podía. No… esto no está pasando… Pero sí estaba pasando. Y todos lo estaban viendo. Un murmullo comenzó a extenderse entre la manada, bajo, venenoso, imposible de ignorar. No necesitaba escuchar las palabras para saber lo que decían. Lo sentía. Lo sabía. Humillación. Vergüenza. Lástima. No me mires así… por favor… Pero nadie apartó la vista. Porque ese era el momento. El momento donde una hembra era aceptada… O rechazada. Y ella… Ya sabía cuál era el suyo. —Kael… —su voz salió más débil de lo que quería, traicionándola, rompiéndose apenas al pronunciar su nombre—… yo… No pudo terminar. Porque él finalmente la miró. Y ojalá no lo hubiera hecho. Porque no había duda en sus ojos. No había conflicto. No había nada. Solo distancia. Solo rechazo. —Esto fue un error. Error. Esa palabra… Esa fue la que la destruyó. ¿Yo soy un error…? Algo dentro de Lía se quebró en ese instante, un sonido silencioso, interno, pero tan real que le dolió físicamente. Su pecho se apretó, su garganta ardió, y por un segundo… solo por un segundo… pensó que iba a llorar. Pero no lo hizo. No ahí. No frente a todos. —La rechazo. Tres palabras. Tres palabras que marcaron el final. El vínculo que apenas comenzaba a formarse se rompió con violencia, una sensación aguda atravesando su pecho como si algo invisible hubiera sido arrancado de ella sin cuidado. Lía jadeó, dando un paso atrás sin poder evitarlo, su cuerpo reaccionando antes que su mente. Dolor. Real. Crudo. Insoportable. Duele… duele demasiado… Sus dedos se cerraron en puños, sus uñas clavándose en sus palmas como si eso pudiera anclarla, como si pudiera evitar que se desmoronara ahí mismo frente a todos. No iba a darles ese gusto. No a ellos. No a él. Pero entonces… Algo cambió. Fue leve. Casi imperceptible. Pero estuvo ahí. Una presión en su pecho, distinta al dolor. Más profunda. Más densa. Como si algo dentro de ella hubiera reaccionado a esa ruptura… no con debilidad… Sino con ira. ¿Por qué…? Su respiración se volvió irregular, más pesada, mientras una sensación desconocida comenzaba a expandirse lentamente dentro de ella. No era calor. No era frío. Era… algo más. Algo que no entendía. Algo que la asustó. Pero también… La sostuvo. —Patético… —murmuró alguien entre la multitud. Y eso… Eso fue suficiente. Los ojos de Lía se alzaron de golpe, buscando el origen de la voz, pero todo lo que encontró fueron miradas llenas de juicio, de burla, de desprecio contenido. Siempre había sido así. Siempre. La débil. La que no encajaba. La que no era suficiente. No… Su respiración tembló. No quiero esto… Pero la sensación dentro de ella creció. Más fuerte. Más presente. No quiero sentirme así nunca más… Y por primera vez… Ese pensamiento no vino acompañado de tristeza. Vino acompañado de algo más. Algo peligroso. — Kael no se movió. Pero la estaba observando. Algo en ella había cambiado. Lo sintió. Aunque no lo entendiera del todo. Esa reacción… no era normal. No para alguien como ella. Y eso… No le gustó. — Lía bajó la mirada finalmente. No porque estuviera rota. Sino porque si se quedaba un segundo más ahí… Iba a perder el control. Y no sabía qué significaba eso. No sabía qué haría. Pero sabía… Que no sería bueno. Se giró. Un paso. Luego otro. Cada movimiento le costó más de lo que debería, como si su cuerpo aún estuviera procesando lo que acababa de pasar, como si su alma estuviera intentando alcanzarla mientras se alejaba. No llores… Tragó saliva con dificultad. No les des eso… Pero el dolor seguía ahí. Y la presión también. Creciendo. Esperando. — Cuando finalmente salió del claro… Se rompió. No en gritos. No en lágrimas descontroladas. Sino en silencio. Sus rodillas cedieron, cayendo al suelo mientras su respiración se volvía irregular, sus manos apoyándose contra la tierra como si necesitara sostenerse de algo… de lo que fuera. —¿Qué… me está pasando…? —susurró, su voz apenas audible. Y entonces… Lo sintió de nuevo. Más fuerte. Más claro. Esa energía. Esa oscuridad. Esa presencia dentro de ella. No era externa. No venía de fuera. Venía de ella. Siempre había estado ahí. Dormida. Esperando. — Si él te rechazó… La voz no sonó en el aire. Sonó en su mente. Su cuerpo se tensó. Sus ojos se abrieron. —¿Qué…? Entonces deja de ser débil… El susurro fue más claro. Más profundo. Más real. Un escalofrío recorrió su espalda. Pero no fue solo miedo. Fue… algo más. — Sus manos dejaron de temblar. Su respiración se estabilizó lentamente. Y cuando levantó la mirada… Ya no era la misma.La felicidad empezó a instalarse en los pequeños detalles. Detalles tan absurdamente cotidianos que, honestamente, daban miedo.Porque Lía ya no despertaba con el corazón acelerado, repasando rutas de escape en su cabeza ni revisando si tenía las botas listas junto a la cama. Ahora, abría los ojos y buscaba de forma automática el calor abrasador de Kael entre las sábanas. Y cuando no lo encontraba... lo extrañaba. Ese vacío matutino era nuevo. Peligrosamente nuevo.La luz plateada del amanecer apenas comenzaba a romper la línea del horizonte cuando ella se desperezó lentamente. El espacio a su lado estaba vacío, pero el colchón seguía tibio, guardando el rastro del Alfa. Lía sonrió apenas, hundiendo el rostro en la almohada ajena. Supuso que Kael llevaría horas despierto, lidiando con informes de la frontera o patrullas de guerreros. Cosas de Alfa.O eso creyó, hasta que un rumor inusual subió desde la planta baja. Risas. Voces masculinas bajas y una carcajada femenina que reconoció a
Después de aquella conversación bajo la luz de la luna, algo irrevocablemente profundo cambió entre ellos. No fue una transformación brusca, ni una explosión de esas que sacuden los cimientos de la mansión; fue algo más silencioso, como una puerta pesada que se abría lentamente dentro del pecho de ambos. Desde esa noche, la idea de un futuro dejó de sentirse como un mito lejano en las historias de la manada y comenzó a palparse como algo… posible. Peligrosamente posible.Lía lo notó primero en Kael. En la manera en que los ojos dorados del Alfa comenzaron a seguirla por cada rincón de la casa. Ya no la observaba únicamente con ese deseo voraz que solía quemar el aire, ni solo con el amor protector de un compañero. Había un matiz nuevo en su mirada: una calidez devastadora, densa, como si de verdad pudiera proyectar los próximos cincuenta años de su existencia reflejados en los ojos de ella.La mañana siguiente nació envuelta en una serenidad casi irreal. Lía se movía por la cocina, te
La lluvia finalmente había desaparecido, dejando tras de sí un silencio limpio y renovado. Después de días enteros cubriendo el territorio con un manto gris, el cielo se abrió lentamente esa noche, permitiendo que una luna imponente e inmaculada iluminara el bosque húmedo. El reflejo plateado se colaba por los ventanales de la mansión, bañándolo todo en una calma real. No esa tregua disfrazada que habían vivido semanas atrás, sino una ligereza genuina.Incluso la manada parecía respirar con un ritmo diferente. Y Kael también.Lía lo notó mientras subían juntos las escaleras hacia la habitación principal. Él llevaba una mano firme pero increíblemente suave descansando en la parte baja de su espalda, guiándola sin prisa mientras conversaban en voz baja sobre trivialidades. Cosas absurdamente simples. Platos de comida, horarios de entrenamiento, y aquel guerrero joven que accidentalmente había terminado de cabeza en el lago esa mañana.Nada importante. Y quizás, precisamente por eso, era
Había algo profundamente peligroso en la felicidad. Algo silencioso y traicionero. Porque no llegaba con estruendos ni advertencias; se filtraba despacio, casi sin pedir permiso, instalándose en las grietas de la rutina hasta que, de pronto, se volvía tan necesaria como el aire.Eso era exactamente lo que le estaba ocurriendo a Lía. La mansión, que antes le parecía un laberinto de piedra fría y secretos de sangre, ahora se sentía… cálida. Ya conocía los crujidos exactos de la madera durante la madrugada, el aroma del café recién colado que subía de la cocina al amanecer, y el eco de las risas de los guerreros que, poco a poco, habían dejado de ser extraños para convertirse en rostros familiares.Pero, por encima de todo, conocía a Kael.No al Alfa mítico del que hablaban las leyendas. No al hombre que imponía un silencio sepulcral con solo poner un pie en una habitación. Conocía al hombre que la buscaba entre sueños para pegarla a su pecho, como si necesitara confirmar rítmicamente qu
Último capítulo