Mundo ficciónIniciar sesión"Te amo", fue lo último que le dije antes de que él me rompiera las costillas y me hundiera una daga de plata en el corazón. Elena Vance era la mediadora. Creía que su amor por el implacable Alcalde Julián Vane podía detener la guerra entre los Sintéticos y los rebeldes Colmillos de Hierro. Pero Julián la usó. En la Plaza de la Concordia, rodeada de un silencio sepulcral, él le reveló la verdad: ella solo era una herramienta para localizar a los rebeldes. Sin dudarlo, la ejecutó con la violencia de un verdugo, ignorando las súplicas de la mujer que le entregó su alma. Pero algo se rompió en Julián al ver el cuerpo inerte de Elena. Un arrepentimiento tardío y oscuro lo llevó a activar el Protocolo Lázaro, un secreto de estado que rebobina el tiempo a cambio de un sacrificio incalculable. El mundo regresó al "Día de la Inyección", pero el tiempo dejó cicatrices. Ahora, Elena ha despertado con el recuerdo vívido del acero atravesando sus pulmones. Ella lo odia con cada fibra de su ser, mientras Julián, quien no recuerda el asesinato pero se siente inexplicablemente atraído hacia ella, la reclama con una posesividad enfermiza. Él no sabe por qué siente que ella le pertenece, ni por qué su propia sangre le quema cuando la ve.
Leer másLa Plaza de la Concordia, el corazón de cristal de Lumina, nunca había estado tan silenciosa. El zumbido constante de los drones de vigilancia había cesado, y las pantallas gigantes que normalmente escupían propaganda sobre la "Pureza Biológica" estaban apagadas, como lápidas negras rodeando el perímetro.
Elena caminaba hacia el centro, sus botas dejando huellas de barro en el mármol inmaculado. Llevaba una túnica blanca, un símbolo de tregua que se sentía pesado sobre sus hombros. Como mediadora de los Colmillos de Hierro, los licántropos de nacimiento que morían en los suburbios, ella había puesto su vida en juego para pactar este encuentro.
Su corazón martilleaba, pero no de miedo. Era una mezcla de esperanza y alivio.
—¿Julián? —llamó ella. Su voz rebotó en los edificios vacíos—. Ya estoy aquí. Tal como lo prometiste.
De entre las sombras de las columnas de la alcaldía, surgió él. Julián Vane caminaba con su habitual elegancia marcial, el uniforme negro impecable, pero esta vez no traía a su guardia pretoriana. Estaba solo. Elena sintió que un nudo se deshacía en su garganta. Si él venía solo, es que realmente quería la paz.
Corrió los últimos metros hacia él, deteniéndose a un suspiro de distancia.
—Sabía que vendrías —dijo Elena, buscando desesperadamente sus ojos grises—. Sabía que, detrás de ese muro de hierro que construiste, seguías siendo el hombre bueno del que me enamoré. Lumina puede ser diferente, Julián. No más sangre, no más suero forzado. Podemos unir a los nacidos con los creados. Podemos ser... nosotros.
Julián no respondió de inmediato. La observó con una fijeza gélida, como un cientifico estudiando un insecto antes de atravesarlo con un alfiler. Lentamente, extendió un brazo y la rodeó por la cintura, tirando de ella hacia su pecho. Elena cerró los ojos, apoyando la mejilla en su hombro, creyendo por un segundo que el abrazo era correspondido.
Pero entonces, sintió el frío.
Julián se inclinó, rozando su oído con los labios en un gesto que desde lejos parecería un secreto de amantes.
—Qué pequeña eres, Elena —susurró él, y su voz era un témpano de hielo—. Qué increíblemente ingenua. ¿Realmente creíste que un hombre como yo dejaría el poder por un sentimiento tan vulgar como el amor?
Elena intentó separarse, pero el brazo de él era una cadena de acero.
—Julián, ¿qué estás...?
—Nunca te quise —continuó él, cada palabra una puñalada—. Fuiste la herramienta perfecta. La mediadora que me entregó los nombres y las ubicaciones de los Colmillos de Hierro en bandeja de plata. La guerra no se acaba hoy, Elena. Hoy comienza la limpieza total.
La empujó con una fuerza brutal. Elena cayó de espaldas sobre el mármol, el impacto le robó el aire. Cuando levantó la vista, Julián ya tenía la daga de plata en la mano. El metal brillaba con un resplandor azulado, sediento.
—¡No, Julián! ¡Por favor! —suplicó ella, arrastrándose hacia atrás, sus manos raspándose contra el suelo—. ¡Te amo! ¡Lo hice por ti!
Él no dudó. Se lanzó sobre ella, clavando su rodilla en el estómago de Elena para inmovilizarla. Con un rugido de furia contenida, hundió la daga en su pecho. El sonido fue un crujido seco, un estallido de hueso cuando el metal partió su esternón y le quebró dos costillas por la pura violencia del golpe.
Elena arqueó la espalda, su boca abriéndose en un grito mudo que terminó en un borbotón de sangre caliente. El dolor era un incendio devorando sus pulmones. Sus dedos, débiles y temblorosos, rozaron la mejilla de Julián, manchándola de rojo.
—Te... amo... —logró articular con su último aliento, una chispa de ámbar extinguiéndose en sus ojos.
Julián se quedó paralizado sobre ella. El peso de su cuerpo muerto parecía haber multiplicado su gravedad por mil. Miró sus manos, empapadas en la sangre dorada y densa de la mujer que acababa de asesinar, y algo en su mente se fracturó. El velo de fanatismo cayó, dejándolo solo con la realidad de su crimen.
—¿Elena? —susurró, su voz rompiéndose—. ¡Elena! ¡No! ¡Despierta!
El silencio de la plaza se volvió insoportable. Julián apretó el cadáver contra su pecho, aullando de un dolor que no era físico, un arrepentimiento que quemaba más que la plata.
—No te dejaré ir —rugió al cielo vacío—. Si tengo que quemar el tiempo, lo haré.
Con manos frenéticas, activó el dispositivo en su muñeca, el enlace directo al núcleo de la ciudad.
—Iniciando Protocolo Lázaro. Autorización: Vane-001. Sobrecarga el núcleo temporal. ¡Hazlo ahora!
Un destello blanco, más brillante que mil soles, consumió la plaza, borrando el dolor, la sangre y el cadáver de Elena.
...
Despertar.
Elena se sentó de golpe en su cama, las sábanas enredadas en sus piernas como sudarios. Sus manos volaron a su pecho, buscando la herida, el hueso roto, la daga. No había nada. Solo el latido frenético de su corazón y el rastro de un llanto que no recordaba haber empezado.
Miró el reloj: 06:00 AM. Día de la Inyección Obligatoria.
—Me mataste —susurró al aire viciado de su habitación, sus ojos ámbar brillando con un odio que no pertenecía a esa mañana—. Recuerdo el sabor de tu traición, Julián. Recuerdo el sonido de mis huesos rompiéndose bajo tu mano.
Se levantó, y esta vez, cuando se miró al espejo, no vio a la mediadora que creía en la paz. Vio a la loba que iba a devorar al hombre que la llamó "herramienta". La guerra no se iba a detener; Elena se encargaría de que esta vez, el mármol de la plaza se tiñera con la sangre de él.
El mundo se quebró en un estallido de estática blanca.No fue una explosión de fuego, sino de sonido. Una frecuencia aguda, inhumana, surgió desde el núcleo de la Alcaldía, expandiéndose por la Plaza de la Concordia como una onda de choque que congeló el aire al instante. Julián, que estaba a punto de asestar un golpe definitivo a Caleb, sintió que sus tímpanos estallaban. Sus súper sentidos, potenciados por el Suero Alpha, se convirtieron en su peor enemigo: cada vibración del aire era como un millar de agujas perforándole el cráneo.A su lado, Caleb Thorne, el coloso de los rebeldes, soltó un alarido sordo antes de caer de rodillas, con las manos presionando sus oídos hasta hacerse sangre. El humo blanco, denso y gélido, comenzó a brotar de las grietas del suelo, devorando la ciudad en una niebla que borraba el horizonte.—¿Qué… es… esto? —logró jadear Julián antes de que su visión se fundiera a negro.Lo último que vio fue el ático, donde el resplandor ámbar de Elena se apagaba bru
El estruendo de la explosión hizo que la habitación vibrara como si el edificio de la Alcaldía fuera un gigante herido. Los fragmentos de cristal de las ventanas reforzadas llovieron sobre la alfombra de seda, brillando como diamantes bajo la luz de emergencia roja que comenzó a girar en el techo.Elena tenía a Julián inmovilizado contra el colchón, sus dedos clavados en sus hombros con una fuerza que hacía crujir las costuras del uniforme del Alcalde. Su respiración era un gruñido bajo, animal, y sus ojos ámbar desprendían una luminiscencia dorada que iluminaba las facciones de él. Por un segundo, Julián no vio a una prisionera; vio a la muerte vestida de mujer, y la sensación le provocó una erección involuntaria, una chispa de deseo oscuro mezclada con la adrenalina del combate.—Dime, Julián… —susurró ella, su voz vibrando contra la garganta de él—. ¿Estás listo para descubrir por qué me llamaste tu ruina?Julián, con un movimiento rápido que desafiaba la presión sobre su cuello, a
El silencio en la oficina del Alcalde era tan denso que podía cortarse con el mismo bisturí que Julián sostenía entre sus dedos enguantados. El Dr. Aris, el médico jefe de la Unidad de Élite, se movía con una rapidez nerviosa, ajustando los sensores biométricos alrededor de las sienes de Elena. La chica seguía pálida, hundida en el cuero negro de la silla, con una respiración tan superficial que parecía el último rastro de un fantasma.—Dígame qué tiene —ordenó Julián. No era una petición; era una amenaza latente que hacía que el aire en la habitación se sintiera cargado de estática.—Señor Alcalde, sus constantes vitales están... estables, técnicamente —balbuceó Aris, sin apartar la vista de la pantalla holográfica que flotaba sobre Elena—. Pero su actividad cerebral es una tormenta. Es como si estuviera reviviendo un trauma masivo en bucle. Su sistema nervioso está colapsando bajo el peso de un estrés postraumático que no debería estar ahí.Julián se acercó, ignorando el protocolo d
La puerta de la oficina de Julián se cerró con un siseo hidráulico que sonó como una sentencia. Elena se quedó de pie, inmóvil, mientras sus ojos escaneaban el lugar. Era un espacio frío, lleno de ángulos rectos y tecnología de punta que brillaba con un azul eléctrico. Desde los ventanales, Lumina se extendía como un cementerio de cristal bajo el cielo artificial.Julián se quitó la chaqueta de gala y la arrojó sobre el escritorio. Se desabrochó los dos primeros botones de la camisa, revelando una piel pálida y tensa. Se movía con una lentitud calculada, como un animal que sabe que tiene a su presa acorralada y quiere disfrutar del miedo antes del golpe final.—Habla —soltó él. Su voz era un trueno bajo—. ¿Cómo sabías mi nombre antes de que te lo dijera? ¿Cómo sabías que te estaba buscando en mis sueños?Elena soltó una carcajada seca, cargada de veneno. Se acercó a él, ignorando el peligro, hasta que el olor a sándalo y metal de su perfume la golpeó de frente.—No son sueños, Julián.
Último capítulo