Cuando las puertas del Gran Salón se abrieron por completo, el estruendo del metal contra la piedra murió en un vacío absoluto. La recámara principal del Castillo de Blackwood no era una habitación, era una catedral a la decadencia. El techo, que en algún momento debió albergar frescos renacentistas, se había desplomado parcialmente, dejando que la luz de la luna filtrara columnas de plata sobre una alfombra de huesos pulverizados y ceniza. El aire allí no solo era frío; era denso, con una pres