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CAPÍTULO 5: El peso de la corona de lobo

El sol se hundía tras los edificios, proyectando sombras alargadas y afiladas que se filtraban por la ventana de la cocina, donde el vapor de la tetera silbaba con una urgencia casi humana. Tamara entró en la casa con el libro de la biblioteca aún quemándole en la memoria. Su madre, Elena, estaba de espaldas, ordenando unas conservas, pero se tensó al notar la energía que su hija traía consigo.

—¿Qué es la sangre de Iruk, mamá? —La pregunta de Tamara no fue un grito; fue una sentencia. Su voz tenía una vibración profunda, una autoridad que parecía hacer vibrar la vajilla en el estante.

Elena se quedó inmóvil. Sus hombros cayeron, cargando de repente con el peso de diecinueve años de mentiras. Al darse vuelta, vio los ojos de su hija: dos esmeraldas encendidas que reclamaban su herencia.

—Tu padre... él no murió en una cama de hospital, Tamara —susurró Elena, con la voz rota—. No hubo un paro cardíaco. Lo cazaron.

Tamara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies, pero no se tambaleó. Se mantuvo erguida, con una frialdad glacial recorriendo sus venas.

—Lo descubrieron —continuó su madre, acercándose con manos temblorosas—. Eran hombres que conocían las sombras, hombres que temen lo que no pueden controlar. Tu padre se entregó para que nosotros tuviéramos tiempo de huir. Juré protegerte, ocultar tu rastro, rezar para que ese fuego nunca despertara en ti... pero la sangre no olvida, hija. La sangre de Iruk siempre vuelve a su dueño.

Tamara no lloró. El dolor fue procesado por un instinto superior que priorizaba la supervivencia sobre el luto. Asintió una sola vez, un gesto de aceptación solemne que asustó a su propia madre por su falta de fragilidad. Sin decir palabra, subió las escaleras.

Al entrar en su cuarto, la tormenta interna finalmente estalló. Pero no fue un berrinche humano. Fue un torbellino de fuerza bruta. Con un solo movimiento de su brazo, el escritorio de madera pesada voló contra la pared opuesta, astillándose como si fuera papel. Desgarró las cortinas con una fuerza que sus dedos delgados no deberían poseer y volcó el estante de sus libros de derecho, viendo cómo los códigos civiles quedaban desparramados, tan inútiles ahora como leyes escritas para hormigas.

Minutos después, Tamara se sentó en el centro del desastre. Cerró los ojos y empezó a meditar, regulando su respiración. Observó sus manos: estaban intactas, pero sentía la fuerza latente bajo la piel blanca. El secreto de su padre no era una tragedia para ella; era un arma. Un legado de guerreros que ahora le pertenecía.

A la mañana siguiente, la rutina se sintió como una máscara mal ajustada. Tamara llegó al supermercado para su turno de seis horas. El aire acondicionado del local le resultaba asfixiante y el ruido de la gente le provocaba una irritación constante que lograba reprimir con una voluntad de hierro.

Marcus intentó acercarse un par de veces, pero la mirada de Tamara era tan distante y gélida que el chico ni siquiera se atrevió a articular palabra. Ella se movía con una eficiencia mecánica, contando dinero y escaneando productos mientras su mente estaba en el bosque, en la sangre y en el nombre que lo cambió todo.

Al terminar su turno, se quitó el chaleco del uniforme y salió por la puerta trasera, buscando el camino hacia la facultad. Fue entonces cuando el aire cambió. El aroma a pino y tierra húmeda, el mismo que había sentido días atrás, inundó sus pulmones.

Él estaba allí, apoyado contra un muro de ladrillos en el callejón lateral. No vestía la chaqueta de cuero esta vez, sino una camiseta oscura que dejaba ver la potencia de sus hombros. Su presencia llenaba el espacio, haciendo que el entorno urbano pareciera pequeño y artificial.

—Has estado buscando respuestas en el lugar equivocado, Tamara —dijo él. Su voz era como un trueno lejano, cargada de una seguridad absoluta.

Tamara se detuvo a tres metros, manteniendo su espacio, con la barbilla en alto. No mostró miedo, solo una curiosidad peligrosa.

—¿Quién eres? —preguntó ella, desafiante.

—Zack —respondió él, simplemente. Sin apellidos, como si no necesitara etiquetas humanas—. Y tú eres mucho más de lo que crees ser, aunque todavía no sepas cómo aullar.

Zack dio un paso hacia ella, pero se detuvo al ver que Tamara no retrocedía. Una chispa de reconocimiento brilló en los ojos del hombre; había encontrado a su igual, aunque ella fuera una "luna" rebelde que aún no aceptaba su lugar.

—Te espero en el Bosque Dickens al anochecer —sentenció Zack, dándole la espalda para marcharse—. No lleves libros, Tamara. Esta noche, tu única ley será el instinto.

Tamara se quedó sola en el callejón, viendo cómo la figura de Zack se perdía entre la multitud. El corazón le latía con una cadencia nueva, una que no pedía permiso, sino que dictaba el ritmo de su nueva existencia.

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