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CAPÍTULO 6: El rugido del silencio

​La facultad de derecho se sentía ese día como una jaula de cristal. Tamara estaba sentada en el fondo del aula de Derecho Penal, pero su mente no registraba las teorías sobre el dolo o la culpa. Sus oídos, ahora traidores, filtraban el zumbido de las luces fluorescentes y el rasgueo de cincuenta bolígrafos sobre el papel, convirtiéndolos en un estruendo insoportable.

​Al terminar la clase, mientras guardaba sus cosas con movimientos lentos y calculados, una sombra se proyectó sobre su banco.

​—Vaya, la huérfana de padre parece que hoy también tiene humos —soltó Lucy Ficher, rodeada de su séquito de siempre. Lucy lucía un abrigo de cachemira color crema que gritaba opulencia—. Me contaron que ayer saliste huyendo de la biblioteca. ¿Qué pasa, Vespera? ¿Los libros de verdad te dan miedo o es que te diste cuenta de que nunca vas a estar a nuestra altura?

​Tamara se quedó inmóvil. El insulto a su padre fue como una chispa en un barril de pólvora. Bajo la mesa, sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos, perforando casi la piel blanca. Sintió un calor abrasador subir por su columna, un gruñido sordo que vibraba en sus pulmones pero que no llegaba a sus labios. En su mente, vio la imagen clara de sus manos cerrándose alrededor del cuello de porcelana de Lucy, escuchando el crujido de su arrogancia.

​Fue un esfuerzo titánico. El sudor frío perló su frente mientras su voluntad de hierro encadenaba a la bestia.

​Se levantó con una parsimonia que hizo que Lucy retrocediera un paso, instintivamente. Tamara la miró; sus ojos verdes estaban tan encendidos que parecían joyas radiactivas en la penumbra del aula.

​—Lucy —dijo Tamara, y su voz sonó extrañamente calmada, con una densidad que cortaba el aire—. No tienes idea de lo cerca que estás de desaparecer. Disfruta de tu ropa cara y de tus palabras vacías mientras puedas. Porque el mundo en el que yo vivo no entiende de apellidos, solo de fuerza. Y tú... tú no eres más que ruido.

​No esperó respuesta. Pasó por al lado de Lucy, y el aire que desplazó al caminar llevaba una carga estática que hizo que a la rubia se le erizara el vello de los brazos. Lucy se quedó muda, con la boca abierta, sintiendo por primera vez que el dinero de su padre no podía protegerla de la mirada de esa mujer.

​Una vez en el patio de la universidad, bajo el cielo gris plomizo de la tarde, Tamara sacó su teléfono. Sus dedos temblaban levemente, no por el encuentro con Lucy, sino por la anticipación de lo que vendría. Escribió un mensaje rápido:

​"No me esperes hoy madre, te quiero. Pero necesito saber más de mí."

​Bloqueó la pantalla y comenzó a caminar. El Bosque Dickens no estaba lejos, pero se sentía como si estuviera en otro continente. Era una reserva de robles y pinos centenarios que la ciudad había intentado domesticar con senderos de grava, pero que en su corazón seguía siendo salvaje y oscuro.

​A medida que se internaba en la espesura, los ruidos de los motores y las sirenas se desvanecían, reemplazados por el crujido de las hojas secas bajo sus pies y el susurro del viento entre las copas de los árboles. Tamara no necesitaba linterna; su visión nocturna se estaba desplegando, revelando texturas y matices de gris que nunca antes había percibido.

​Entonces, lo sintió.

​Antes de verlo, su nariz captó esa esencia abrumadora y puramente masculina. Era Zack. Olía a tormenta inminente, a resina de pino y a un almizcle animal que despertaba en Tamara una respuesta biológica que la asustaba y la atraía a partes iguales. Era una fragancia que no pedía permiso; reclamaba territorio.

​Zack estaba allí, de pie en un pequeño claro donde la luz de la luna, casi llena, lograba perforar el follaje. Llevaba unos pantalones oscuros y una chaqueta abierta, revelando su pecho sólido. Su postura era la de alguien que no teme a nada porque él es el peligro más grande del lugar.

​—Llegas a tiempo, Tamara —dijo él, volviéndose hacia ella. Sus ojos oscuros brillaron con un reconocimiento salvaje al ver el resplandor en los de ella—. Pensé que quizás las leyes de los hombres te habrían retenido un poco más.

​Tamara se detuvo a unos pasos, sintiendo cómo la presencia física de Zack la envolvía como una marea caliente. Su respiración se agitó, no por el cansancio, sino por la proximidad de aquel hombre que parecía conocer todos sus secretos.

​—Las leyes de los hombres ya no significan nada para mí, Zack —respondió ella, manteniendo la barbilla en alto, su orgullo de loba rebelde brillando en cada palabra—. Ahora dime... ¿por qué estoy aquí?

​Zack sonrió, una expresión depredadora que acentuaba su mandíbula marcada. Se acercó un paso, invadiendo su espacio personal, permitiendo que Tamara se embriagara de su aroma.

​—Estás aquí para dejar de pretender que eres humana. Estás aquí para que te enseñe a ser lo que tu sangre exige.

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