Tamara permanecía de rodillas sobre la alfombra, con la piel erizada por el frío residual de la noche y el eco de los huesos recolocándose en su sitio. El silencio de la habitación fue interrumpido por el suave chirrido de la puerta. Elena entró con el rostro desencajado, pero al ver a su hija en aquel estado —desnuda, temblorosa y con ese brillo antinatural en sus ojos verdes—, su instinto maternal tomó el mando.
Sin decir una palabra, Elena tomó la manta de lana gruesa que descansaba a los pies de la cama y envolvió con ella los hombros de Tamara. El contacto humano la ancló de nuevo a la realidad.
—Sabía que este día llegaría, pero nunca imaginé que serías tan... luminosa —susurró Elena, acariciando el cabello enmarañado de su hija.
La mujer se puso de pie y caminó hacia un pequeño cuadro de la Virgen que colgaba en la pared. Tras mover el marco, reveló una pequeña hendidura en el muro de donde extrajo una cajita de madera tallada. Al abrirla, un destello plateado iluminó sus dedos.
—Tu padre me pidió que te diera esto solo cuando "la luna te reclamara" —dijo Elena, dejando caer el objeto en la palma de Tamara.
Era un dije de plata antigua, pesado y frío. Representaba una luna menguante que abrazaba, como una columna protectora, la cabeza de un lobo blanco tallado con un detalle asombroso. Los ojos del lobo en el dije eran diminutas esmeraldas, idénticas a los de ella. Al cerrarlo en su puño, Tamara sintió una extraña calma, una vibración que parecía armonizar el caos en su sangre.
—Es el sello de los Lican —explicó su madre—. Te protegerá de aquellos que buscan la luz para destruirla. Úsalo, Tamara. Es lo único que nos queda de él.
A la mañana siguiente, Tamara intentó aferrarse a los restos de su antigua vida con una desesperación silenciosa. Se puso su uniforme del supermercado, ocultando el dije bajo la camisa, y caminó hacia su turno de las ocho. Necesitaba el ruido de la ciudad, el olor a café barato y la monotonía de la caja registradora para convencerse de que seguía siendo la misma estudiante de abogacía de siempre.
Pero Zack tenía otros planes.
Mientras Tamara escaneaba una caja de cereales para una clienta, una voz profunda y aterciopelada retumbó en su mente, haciéndola saltar.
«No puedes esconderte tras un mostrador de plástico, Tamara. El bosque te reclama».
Tamara apretó los dientes, ignorando la voz mientras contaba el cambio. «Déjame en paz, Zack. Estoy trabajando», pensó ella con furia, proyectando su rechazo hacia el vínculo.
«¿Trabajando?», la risa mental de Zack fue como un trueno lejano, cargada de una arrogancia que la irritaba. «Estás perdiendo el tiempo cobrando limosnas mientras tu manada espera a su Reina. Puedo oler tu ansiedad desde aquí. Puedo oler cómo tu piel extraña el roce del viento».
—¿Señorita? Mi cambio... —reclamó la clienta, sacando a Tamara de su trance mental.
—Lo siento —masculló ella, entregando los billetes con manos temblorosas.
A las pocas horas, la situación se volvió insoportable. No era solo la voz; Zack empezó a enviarle imágenes. El olor del rocío sobre el musgo, la sensación de la tierra fresca bajo las garras, el sabor de la libertad absoluta. La conexión era tan fuerte que Tamara empezó a ver sombras de lobos moviéndose entre los pasillos de las latas de conserva.
«Vete de mi cabeza», exigió ella mentalmente, cerrando los ojos con fuerza.
«Ven al bosque al terminar el turno, o iré yo a buscarte al supermercado. Y dudo que tus clientes estén preparados para ver a un Alfa negro en la sección de lácteos».
La amenaza, aunque dicha con un tono burlón, era real. Tamara supo en ese momento que Zack no era alguien a quien se pudiera ignorar con un silencio administrativo. Él era la tormenta, y ella, la loba que debía aprender a cabalgarla.