El cierre del supermercado siempre tenía algo de solemne. El estruendo de las persianas metálicas bajando contra el suelo de concreto marcaba el fin de la jornada, pero para Tamara, el silencio que seguía era lo más denso. Las luces blancas de los pasillos se apagaron, dejando solo las de emergencia, que bañaban el local en una penumbra azulada y fría.
Marcus se acercó a la línea de cajas, cargando su mochila al hombro. Era un chico robusto, de rostro amable y manos callosas por el trabajo de reposición, que siempre encontraba una excusa para estar cerca de Tamara en los últimos minutos del turno.
—Te ayudo con el arqueo, Tami. Ya sabes que la contadora se pone pesada si falta un peso —dijo él, dedicándole una sonrisa que pretendía ser casual, pero que cargaba un brillo de esperanza demasiado evidente.
—Gracias, Marcus, pero ya casi termino. Solo me falta el fondo de caja —respondió ella sin levantar la vista del fajo de billetes. Su voz era suave, pero ponía una barrera invisible, una distancia de cortesía que él parecía no querer ver.
—Igual me quedo. No me gusta que salgas sola tan tarde, y menos hoy. Hay gente rara dando vueltas —Marcus se apoyó en el mostrador, invadiendo ligeramente su espacio personal. Estiró la mano para acomodar un tiquet que se había volado, rozando los dedos de Tamara por un segundo.
Ella retiró la mano con naturalidad, como si necesitara alcanzar la engrapadora, evitando el contacto sin hacer un desplante directo.
—Sé cuidarme sola, lo sabes. Llevo años haciendo este camino —le dijo con una media sonrisa, intentando suavizar la negativa—. Además, mi madre me espera con la cena. No te preocupes por mí, de verdad. Ve a descansar, que mañana entras temprano.
—Pero podríamos pasar por un café antes de que llegues a tu casa, solo quince minutos... —insistió él, interpretando la amabilidad de Tamara como una invitación a seguir intentándolo.
—Hoy no, Marcus. Tengo la cabeza llena de artículos del Código Civil. Necesito silencio.
Ella cerró el cajón de la caja con un golpe seco que resonó en el pasillo vacío. Se colgó su bolso bandolera y caminó hacia la salida. Marcus la siguió, convencido de que su "insistencia protectora" era lo que ella necesitaba, aunque Tamara ya estaba mentalmente a kilómetros de allí.
El trayecto a casa fue inusualmente silencioso. Las calles de la ciudad, iluminadas por farolas amarillentas, se sentían más anchas de lo normal. Tamara caminaba con paso firme, su figura delgada pero erguida proyectando una sombra larga contra las paredes. A pesar de su autosuficiencia, no podía quitarse de encima la sensación de que el aire estaba cargado de electricidad.
Al llegar a su pequeño apartamento, el olor a guiso casero la recibió como un abrazo. Su madre, una mujer de manos fuertes y ojos cansados pero dulces, estaba terminando de poner la mesa.
—Hola, ma —Tamara dejó las llaves en el cuenco de la entrada y le dio un beso en la mejilla—. Huele increíble.
—Te guardé lo mejor, hija. Te ves pálida, ¿mucho estudio hoy en los ratos libres?
—Algo así —mintió Tamara, sentándose a la mesa.
Cenaron casi en silencio, compartiendo los detalles cotidianos de las facturas por pagar y las noticias del barrio. Su madre era su ancla, la mujer que le había enseñado que una mujer no necesitaba a nadie para mantener un techo sobre su cabeza, pero también era el recordatorio constante de la fragilidad de la vida.
Cuando finalmente se refugió en su habitación, Tamara no abrió sus libros de leyes. Se quedó sentada en el borde de la cama, mirando hacia la ventana donde la luna empezaba a asomarse entre las nubes.
Se desató la coleta, dejando que su cabello castaño cayera sobre sus hombros, y se miró en el espejo del armario. Sus ojos verdes, esas esmeraldas oscuras, parecían brillar con una intensidad que no recordaba.
"La sangre de Iruk..."
Las palabras del extraño de la chaqueta de cuero daban vueltas en su mente como un mantra. ¿Quién era ese hombre? ¿Y por qué ese nombre, Iruk, le resultaba tan extrañamente familiar, como un recuerdo enterrado bajo capas de olvido? No era un nombre que hubiera escuchado en sus clases de derecho, ni en la televisión. Era algo más antiguo, algo que vibraba en sus propios huesos.
Se acostó y cerró los ojos, pero el sueño no llegó fácilmente. Sentía una inquietud bajo la piel, un calor que nacía en su pecho y se extendía hacia sus extremidades. Pensó en el extraño, en su aroma a bosque y en la autoridad que emanaba de su presencia.
—Iruk... —susurró Tamara en la oscuridad de su cuarto, sin saber que al pronunciar ese nombre, estaba despertando un legado que el tiempo no había logrado borrar.