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CAPÍTULO 9: El límite de la paciencia

El reloj de la pared del supermercado parecía burlarse de Tamara, avanzando con una lentitud exasperante. Cada pitido del escáner era amplificado por sus oídos lobunos, y la voz de Zack seguía vibrando en su nuca como un aliento cálido. Cuando finalmente el marcador marcó el fin de su turno, Tamara sintió un alivio que le recorrió la espina dorsal. Se quitó el chaleco del uniforme con rapidez, dejando al descubierto el dije de plata que descansaba sobre su pecho, oculto bajo su blusa.

—¡Tamara! ¡Espera! —la voz de Marcus cortó el aire del pasillo de empleados, cerca de la salida trasera.

Ella se detuvo, cerrando los ojos por un segundo para contener un susurro mental de Zack que se reía de la interrupción. Se giró para encontrar a Marcus, quien se veía sudoroso y con una intensidad en la mirada que cruzaba la línea de lo incómodo.

—Marcus, de verdad, tengo mucha prisa —dijo ella, tratando de mantener la voz neutra.

—Siempre tienes prisa, Tami. Llevo meses intentando que salgamos, te he cuidado, te he esperado en cada turno... Yo sé que tú sientes lo mismo, que solo te haces la difícil por tus estudios —Marcus se acercó, acortando el espacio de una manera que hizo que el instinto de la loba blanca erizara el vello de los brazos de Tamara.

Tamara exhaló un suspiro largo. Ya no tenía energía para sutilezas. La conexión con la manada le había arrebatado la paciencia para los juegos humanos.

—Escúchame bien, Marcus —dijo ella, clavando sus ojos esmeralda en los de él con una frialdad que lo hizo parpadear—. No me interesa salir contigo. Nunca me ha interesado. Si no te lo dije antes de forma tan directa fue porque no quería herirte, porque apreciaba tu compañerismo. Pero se acabó. No hay nada entre nosotros, ni lo habrá.

El rostro de Marcus se transformó. El chico amable y servil desapareció, dejando paso a una máscara de humillación y rabia mal contenida. Su ego, herido ante la verdad brutal, estalló.

—¿Ah, sí? ¿Después de todo lo que he hecho por ti? ¡Eres una ingrata, Vespera! ¡Te crees mucho por esos ojos verdes y tus libros de leyes, pero no eres más que una cajerita de cuarta! —Marcus gritó, perdiendo los estribos.

Llevado por un impulso violento, Marcus levantó la mano derecha, cerrando el puño con la intención de golpear el rostro de Tamara para "enseñarle su lugar".

Tamara no se movió. No por miedo, sino porque sintió el cambio en el aire antes de que el golpe siquiera iniciara su trayectoria. Un frío glacial llenó el pasillo y el aroma a tormenta y pino de Zack se volvió sofocante.

Justo cuando el puño de Marcus estaba a centímetros de ella, una mano grande, de dedos largos y una fuerza inhumana, interceptó el brazo del chico en el aire. El crujido de los huesos de la muñeca de Marcus bajo esa presión fue audible en el silencio del callejón.

—No volverás a ponerle una mano encima —la voz de Zack no fue un grito, fue un rugido contenido que hizo que las paredes del supermercado parecieran temblar.

Zack estaba allí, surgido de la nada, como una sombra que se materializa. Su estatura imponente hacía que Marcus pareciera un niño pequeño. Sus ojos oscuros estaban fijos en el chico con una promesa de muerte tan clara que Marcus se puso pálido al instante, el sudor de la ira convirtiéndose en sudor de terror puro.

Zack apretó un poco más, obligando a Marcus a caer de rodillas por el dolor, mientras Tamara observaba la escena con una calma inquietante. El Alfa había llegado, y el mundo de los hombres acababa de entender quién era el verdadero dueño de la noche.

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