El cierre del supermercado siempre tenía algo de solemne. El estruendo de las persianas metálicas bajando contra el suelo de concreto marcaba el fin de la jornada, pero para Tamara, el silencio que seguía era lo más denso. Las luces blancas de los pasillos se apagaron, dejando solo las de emergencia, que bañaban el local en una penumbra azulada y fría.Marcus se acercó a la línea de cajas, cargando su mochila al hombro. Era un chico robusto, de rostro amable y manos callosas por el trabajo de reposición, que siempre encontraba una excusa para estar cerca de Tamara en los últimos minutos del turno.—Te ayudo con el arqueo, Tami. Ya sabes que la contadora se pone pesada si falta un peso —dijo él, dedicándole una sonrisa que pretendía ser casual, pero que cargaba un brillo de esperanza demasiado evidente.—Gracias, Marcus, pero ya casi termino. Solo me falta el fondo de caja —respondió ella sin levantar la vista del fajo de billetes. Su voz era suave, pero ponía una barrera invisible, un
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