El tiempo pareció dilatarse mientras la garra de ónix de Silas descendía, cortando el aire con la promesa de una ejecución inminente. Pero antes de que el golpe mortal alcanzara su objetivo, un latido sísmico recorrió los cimientos del Castillo de Blackwood. No fue un sonido, sino una onda expansiva de pureza absoluta que emanó del centro del salón. Tamara, de pie entre los escombros, cerró los ojos y envolvió con su mano derecha el dije de plata que colgaba de su cuello. El metal sagrado no so