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CAPÍTULO 4: El Santuario de Papel

La Biblioteca Central de la Facultad de Derecho no era un lugar para estudiar; era un lugar para desaparecer. Ubicada en el ala más antigua del edificio, se accedía a ella tras cruzar un pasillo de techos abovedados donde la calefacción nunca llegaba. Al empujar las pesadas puertas de roble con herrajes de bronce, el aroma golpeó a Tamara con una fuerza renovada por sus sentidos hipersensibles: era una mezcla embriagadora de vainilla rancia (el dulce adiós de la celulosa degradándose), cuero viejo, cera para muebles y el rastro metálico de la humedad filtrándose por los muros de piedra.

El recinto era una catedral de conocimiento silencioso. Tres niveles de estanterías de madera oscura subían hacia un techo de vitrales que, a esa hora de la tarde, filtraban una luz ámbar y polvorienta. Las escaleras de caracol de hierro forjado crujían con un lamento metálico ante el menor peso, y las mesas de estudio, largas y macizas, conservaban las cicatrices de miles de plumas y libros arrastrados a lo largo de un siglo.

Tamara caminó por el pasillo central, sus pasos apenas audibles sobre la alfombra de corredor roja, hoy desgastada hasta los hilos. Sus ojos esmeralda escaneaban los lomos dorados de los libros de derecho romano y tratados internacionales, pero no se detuvo allí. Algo más allá de la lógica la empujaba hacia el fondo, hacia la sección de "Historia Regional y Antropología", una esquina olvidada donde la luz de los vitrales no llegaba y las lámparas de banquero, con sus tulipas de vidrio verde, proyectaban círculos de luz mortecina.

Se sentía observada por los bustos de mármol de antiguos juristas que jalonaban las paredes, pero su atención estaba fija en una estantería lateral, oculta tras una columna corintia.

—¿Buscas algo específico, Vespera? —la voz del bibliotecario, el señor Arístides, un hombre cuya piel parecía hecha del mismo pergamino que custodiaba, la sobresaltó.

Tamara recuperó la compostura, aunque el corazón le martilleaba contra las costillas.

—Solo curiosidad, Arístides. Busco algo sobre leyendas de las tribus locales... o genealogías antiguas. Nombres que no figuran en los libros de texto.

El anciano la miró por encima de sus gafas de media luna. Sus ojos pequeños parecieron notar el brillo inusual en las pupilas de la joven.

—El derecho se basa en hechos, pero la historia de estas tierras se basa en mitos que se niegan a morir. Mira en la sección de crónicas de los primeros colonos. Estante bajo, a la izquierda.

Tamara se arrodilló, ignorando el frío del suelo de mármol. Sus dedos delgados recorrieron los lomos de cuero agrietado hasta que uno, sin título visible y atado con una cuerda de cáñamo podrida, hizo que la electricidad volviera a recorrer sus brazos.

Al abrirlo, una lluvia de polvo bailó en el haz de luz de su linterna del celular. Era un diario manuscrito de un misionero del siglo XVIII. Las páginas estaban amarillentas, con manchas de humedad que parecían mapas de mundos olvidados. Pasó las hojas con cuidado, saltando rezos y descripciones de cosechas, hasta que una palabra, escrita con una caligrafía temblorosa y tinta negra descolorida, la dejó sin aliento.

"IRUK"

El texto decía:

"No son hombres, ni son bestias, aunque habitan ambas formas por la gracia de la que brilla en lo alto. Hablan de un linaje que no conoce la muerte natural, sino el traspaso de la esencia. El primero de ellos, Iruk, el de la sangre pura, juró que su manada protegería el velo entre este mundo y el abismo. Los nativos los llaman Lican, y dicen que su marca no está en la piel, sino en el fulgor esmeralda de sus ojos cuando la Luna reclama su primogenitura."

Tamara sintió que el aire de la biblioteca se volvía gélido. Sus dedos acariciaron la palabra "esmeralda" en el papel. Recordó las palabras de su madre sobre los ojos de su padre, recordó al extraño del supermercado y la forma en que Lucy Ficher retrocedió hoy ante su mirada.

De repente, un sonido seco la hizo saltar. Un libro había caído de una mesa cercana, aunque no había nadie allí. Al levantar la vista, Tamara vio su propio reflejo en el cristal de un armario de exhibición de mapas antiguos.

Su rostro de tez blanca estaba lívido, pero sus ojos... sus ojos verdes ya no eran solo profundos. En la penumbra de la biblioteca, parecían emitir un destello propio, una luminiscencia animal que desafiaba cualquier explicación médica.

Cerró el libro de golpe, el estruendo resonando como un disparo en el silencio del santuario. Tenía que irse. Tenía que confrontar a su madre. La biblioteca le había dado el nombre, pero la verdad sobre su padre y lo que estaba despertando en su propio cuerpo solo podía encontrarla en casa.

Al salir, el viento frío de la tarde golpeó su rostro, y por primera vez en su vida, Tamara no sintió frío. Sintió que el viento le traía historias, olores de presas lejanas y el eco de un aullido que aún no se atrevía a soltar.

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