Mundo ficciónIniciar sesiónPara salvar a su familia de la ruina, Victoria es obligada a casarse con Aleksei Volkov, un gélido y despiadado CEO ruso. En un último acto de rebeldía antes de perder su libertad, ella se entrega a un desconocido en un club nocturno, viviendo la noche más ardiente de su vida... solo para descubrir al día siguiente que su amante clandestino es su futuro esposo. Y él siempre supo quién era ella. Aleksei no quiere un matrimonio de papel. Es un depredador, y acaba de encontrar a su presa. Para someterla, le impone un contrato perverso: —Cien noches. Tienes exactamente cien noches para entregarte a mí por completo. Si al amanecer de la noche cien logras mirarme a los ojos y decirme que no me deseas, te daré el divorcio y serás libre. Lo que comienza como una oscura guerra de poder en la cama, pronto se convierte en una adicción incontrolable. Pero cuando el primer amor de Aleksei regresa a la ciudad para amenazarlo todo, Victoria decide que no compartirá al hombre del que se ha enamorado. En la noche cien, tras un encuentro salvaje y definitivo, ella le deja los papeles del divorcio sobre las sábanas revueltas y huye del país. Lo que Victoria no sabe es que ha despertado el deseo vóraz del CEO. Al descubrir su huida, el magnate pierde la poca cordura que le quedaba y mueve cielo, tierra y mar para encontrarla. La distancia no es nada cuando la química lo quema todo. ¿Me persigues? —No, Victoria. Te estoy cazando.
Leer másEl bajo de la música electrónica no solo sonaba; me golpeaba el pecho, trepando por mis tacones hasta vibrar en mis huesos. El aire en Érebo olía a humo dulce, sudor caro y pecados que nadie se atrevería a confesar de día.
De pie junto a la barra de ónix, me ajusté el antifaz de encaje negro que me cubría la mitad del rostro y di un largo trago a mi vodka. El alcohol quemó mi garganta, pero no fue suficiente para adormecer la realidad que me aplastaba.
Miré el reloj de mi muñeca. Las dos de la madrugada.
En exactamente seis horas, mi vida dejaría de pertenecerme. A las ocho de la mañana, entraría en la gélida sala de juntas de Volkov Industries y firmaría un papel que me convertiría, a todos los efectos legales y prácticos, en una propiedad. Una esposa comprada para saldar la deuda multimillonaria que mi padre había ocultado hasta que el agua nos llegó al cuello. No sabía cómo era el rostro del hombre que me había comprado, solo sabía su apellido y su reputación: un monstruo que devoraba empresas y personas por igual.
Pero esta noche... esta maldita noche, yo seguía siendo mía.
Ese era mi único motivo para estar en un club clandestino donde la élite venía a ahogar su moralidad. Quería una última noche de control. Quería sentir algo que no fuera miedo o desesperación, aunque fuera con un completo extraño.
—No deberías beber con tanta prisa, ángel. La noche es demasiado joven para arruinarla.
La voz era profunda, un barítono oscuro que acarició mi nuca con un ligero acento extranjero que no logré identificar. Me giré de golpe.
Estaba de pie a menos de un metro de mí. Era imponente. Demasiado alto, demasiado ancho de hombros bajo un traje negro hecho a medida que gritaba dinero y letalidad a partes iguales. Llevaba una máscara veneciana, negra y lisa, que le cubría el rostro desde la frente hasta los pómulos. Pero lo que me dejó sin aliento fueron sus ojos.
A través de las ranuras de la máscara, un par de ojos de un gris tan claro que parecían hielo puro se clavaron en los míos. No me miraba como un hombre en un bar buscando compañía; me miraba como un depredador que acaba de encontrar a la presa que llevaba horas acechando.
—No recuerdo haberte pedido opinión —respondí, alzando la barbilla. Un intento patético de fingir valentía cuando mis rodillas acababan de temblar.
Una sonrisa lenta y arrogante curvó sus labios perfectamente delineados. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal. El olor a sándalo, tabaco negro y una colonia obscenamente cara me envolvió.
—No eres de las que piden permiso, ¿verdad? —murmuró, inclinándose lo suficiente para que su aliento cálido rozara mi mejilla—. Estás temblando. Y no es por el frío.
Antes de que pudiera responder con alguna insolencia, su mano grande y firme se posó en mi cintura. El calor de su palma traspasó la delgada seda roja de mi vestido, enviando una descarga eléctrica directa a mi centro. Instintivamente, apoyé mis manos en su pecho para empujarlo, pero era como intentar mover un muro de mármol. Sentí el músculo duro bajo la tela de su camisa.
—Suéltame —dije, aunque mi voz salió como un susurro traicionero.
—Tus palabras dicen una cosa, pero tus pupilas están dilatadas, ángel. —Su pulgar trazó el borde de mi cadera—. Estás buscando olvidar algo esta noche. O a alguien. Déjame ayudarte.
No esperó mi respuesta. Su agarre se tensó y, con una facilidad aterradora, me guio lejos de la pista principal, hacia el pasillo sumido en la penumbra donde se alineaban las habitaciones privadas del club. Yo debería haber gritado. Debería haber corrido. Pero la química que emanaba de él me tenía anestesiada. La furia y el dolor por mi inminente matrimonio se transformaron de golpe en un deseo primitivo.
Quería perderme en este extraño. Quería que me rompiera en pedazos para no tener que armarme mañana.
Me empujó hacia el interior de una habitación iluminada solo por una luz roja de neón y cerró la puerta con pestillo a sus espaldas. El sonido metálico resonó como una sentencia.
En un segundo, me acorraló contra la pared fría. Sus labios capturaron los míos con una fuerza devastadora. No hubo dulzura, no hubo preguntas. Fue un choque de trenes. Su lengua invadió mi boca, reclamando todo el oxígeno, saboreando el vodka de mis labios. Gemí en su boca, rindiéndome por completo, hundiendo mis dedos en su cabello oscuro.
Su mano subió por mi muslo, apartando la seda roja de mi vestido sin ningún cuidado. La fricción de sus dedos ásperos contra mi piel desnuda me hizo arquear la espalda.
—Krasotka... —gruñó contra mi cuello, su voz ronca vibrando contra mi piel. Era ruso. Las consonantes ásperas rodaron en su lengua como un hechizo oscuro—. Ti takaya sladkaya...
No entendía una sola palabra, pero el tono dominante y posesivo hizo que una humedad caliente se acumulara entre mis piernas. Mi cuerpo entero le rogaba que no se detuviera.
Me levantó por las caderas como si no pesara nada, obligándome a rodear su cintura con mis piernas. La pared fría en mi espalda contrastaba con el calor abrasador de su cuerpo contra el mío. Con una destreza que demostraba demasiada experiencia, bajó la cremallera de su pantalón.
Cerré los ojos detrás del encaje de mi antifaz cuando sentí su dureza presionando contra mi centro, a través de la fina tela de mi ropa interior. Estaba perdiendo la cabeza. No sabía su nombre, no le había visto el rostro completo, y estaba a punto de entregarle lo último que me quedaba de dignidad.
—Mírame —ordenó él. El ruso había desaparecido, reemplazado por un español perfecto, frío y autoritario.
Abrí los ojos. Sus pupilas grises estaban oscurecidas por la lujuria, pero había algo más en ellas. Algo calculador. Algo que me heló la sangre por un milisegundo, pero el deseo era más fuerte.
—Por favor... —Supliqué, odiando la debilidad en mi voz, pero moviendo mis caderas contra él, buscando fricción.
Él soltó una risa baja, casi sádica. Apartó mi ropa interior a un lado con un movimiento seco y se hundió en mí de una sola estocada.
Un grito ahogado escapó de mis labios. Me llenó por completo, estirándome, reclamándome. Me aferré a sus hombros, clavando mis uñas en su chaqueta, mientras él comenzaba a moverse con un ritmo implacable, animal. Cada embestida me robaba el aliento, golpeándome contra la pared, enviando oleadas de un placer tan intenso que rozaba el dolor.
—Da... así me gusta... —susurraba él, mezclando los idiomas en medio del frenesí—. Llora para mí, ángel.
No pensé en mi padre. No pensé en la deuda. No pensé en la boda de mañana. Solo existía el impacto de su cuerpo contra el mío, el sudor brillando en su cuello y la forma en que sus manos grandes poseían mis caderas como si hubiera nacido para sostenerlas.
Llegué al clímax en una explosión de luces blancas detrás de mis párpados, gimiendo suplicante, temblando violentamente en sus brazos. Segundos después, él gruñó de forma gutural, acelerando el ritmo hasta derramarse dentro de mí con una última embestida que me dejó sin aire.
Nos quedamos allí, respirando erráticamente, mi cabeza apoyada en su hombro. Mi corazón latía a mil por hora. Lentamente, la bruma del placer comenzó a disiparse y la realidad me abofeteó. ¿Qué demonios acababa de hacer?
Él me bajó lentamente hasta que mis tacones tocaron el suelo. Mis piernas amenazaban con ceder. Me ajusté el vestido con manos temblorosas, presa de un ataque de pánico súbito. Tenía que irme. Tenía que salir de allí antes de que encendieran las luces o me pidiera un nombre que no podía darle.
Di un paso hacia la puerta, huyendo de su lado, pero antes de que pudiera alcanzar el picaporte, él me agarró por la muñeca. Me tiró hacia atrás, estrellando mi espalda contra su pecho.
Apartó mi cabello hacia un lado con una suavidad engañosa. Sus labios rozaron mi oreja. Sentí sus dientes atrapar el lóbulo de mi oreja en un mordisco agudo que me hizo jadear.
—Mía —susurró él en español.
Pero esta vez, su voz no estaba cargada de lujuria. Era gélida. Era una sentencia de muerte. Era la voz de un dueño.
El terror puro me inyectó adrenalina. Me solté de su agarre de un tirón violento, abrí la puerta y salí corriendo por el pasillo de neón. No miré atrás. Corrí entre la multitud, empujando cuerpos sudorosos hasta salir a la calle helada de la ciudad, intentando desesperadamente borrar el sonido de esa palabra de mi mente.
Mañana sería la esposa de un monstruo corporativo. Pero esta noche, le había entregado mi alma al diablo en la oscuridad. Y algo me decía que el diablo no olvidaba una deuda.
La orden colgó en el aire, pesada y absoluta. «Quítate la bata».Miré al hombre del maletín plateado. Tenía la mirada clavada en el suelo de mármol, como si supiera que levantar la vista hacia mí le costaría la vida. Luego miré a Aleksei. Su pecho aún subía y bajaba con los restos de nuestro clímax contra la ventana, pero sus ojos grises ya habían adoptado esa frialdad quirúrgica del Pakhan.Un escalofrío me recorrió la espalda. Estaba a punto de marcarme. Como a ganado. Como a una propiedad inalienable. Y la parte más enferma de mi mente, la que había nacido en las últimas semanas bajo su yugo, rugía de excitación ante la idea.Dejé caer la bata de seda negra. Se deslizó por mis hombros y se apiló alrededor de mis pies desnudos. Solo llevaba puestas las inservibles tiras negras del bikini.El hombre de negro abrió su maletín sobre una pequeña mesa auxiliar de cristal. El destello metálico de las agujas, los frascos de tinta negra y el zumbido eléctrico de la máquina de tatuar al ence
El trozo de tela negra que Aleksei había dejado sobre la cama no podía llamarse traje de baño. Era, en el mejor de los casos, un par de tiras de seda que apenas cubrían mis pezones y un hilo minúsculo que se perdía entre mis glúteos.Me miré en el espejo del baño, sintiendo que el corazón me latía en la garganta. La pequeña cerradura de platino en mi cuello brillaba, haciendo juego con la obscenidad del bikini. Estaba aterrorizada, sí. Pero después de las confesiones de la noche anterior, el terror venía acompañado de una punzada caliente y húmeda en mi bajo vientre. Sabía exactamente a lo que bajaba.Caminé por los pasillos silenciosos del ala oeste hasta llegar a las puertas dobles de cristal esmerilado. Las empujé.El área de la piscina interior era una obra maestra arquitectónica. Mármol negro, agua climatizada e iluminada desde el fondo, y tres inmensas paredes de cristal de piso a techo que daban directamente a los exuberantes jardines traseros de la propiedad.Me acerqué al cri
La temperatura en la habitación parecía haber subido diez grados de golpe.Aleksei estaba sentado en el borde del inmenso colchón, con la espalda recta y el pecho desnudo brillando ligeramente por el sudor de nuestro encuentro anterior. Me miraba con esa calma letal que me aterraba y me encendía a partes iguales.—Siéntate —ordenó, palmeando sus propios muslos.Tragué saliva. Estaba completamente desnuda, adolorida y temblando, pero la autoridad en su voz no admitía rebelión. Me arrastré por las sábanas grises y me senté a horcajadas sobre sus piernas, apoyando mis manos en sus hombros anchos.Aleksei deslizó sus manos por mi cintura, bajando hasta agarrar mis glúteos con firmeza.—Las reglas son simples, Victoria —explicó, su tono bajo, casi un ronroneo vibrante—. Yo pregunto. Tú respondes con la puta verdad. Si intentas desviar la respuesta, si te quedas en silencio, o si detecto que me estás mintiendo para proteger tu estúpido orgullo... recibirás un castigo. Y te aseguro que tu pi
El impacto de mi espalda contra el inmenso colchón de la cama me robó el aire por un segundo.Aleksei no me dio tiempo de reaccionar. Se abalanzó sobre mí con la agilidad de un depredador. Antes de que pudiera mover los brazos, agarró mis dos muñecas con una sola de sus enormes manos y las empujó por encima de mi cabeza, aplastándolas contra la pesada cabecera de madera oscura.La seda negra de su corbata se deslizó entre mis brazos. Con movimientos rápidos, precisos y despiadados, envolvió la tela alrededor de mis muñecas y la ató a los gruesos barrotes de la cabecera.Tiré de mis manos por puro instinto, pero el nudo era implacable. La seda no cortaba mi piel, pero no cedía ni un milímetro. Estaba inmovilizada. Completamente expuesta, con las piernas abiertas y el pecho agitado bajo su mirada devoradora.Aleksei se alejó un paso de la cama. Estaba medio vestido. Su camisa blanca colgaba abierta, revelando su pecho tallado y cubierto por una fina capa de sudor brillante. Su pantalón





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