Preguntas Eróticas

La temperatura en la habitación parecía haber subido diez grados de golpe.

Aleksei estaba sentado en el borde del inmenso colchón, con la espalda recta y el pecho desnudo brillando ligeramente por el sudor de nuestro encuentro anterior. Me miraba con esa calma letal que me aterraba y me encendía a partes iguales.

—Siéntate —ordenó, palmeando sus propios muslos.

Tragué saliva. Estaba completamente desnuda, adolorida y temblando, pero la autoridad en su voz no admitía rebelión. Me arrastré por las sábanas grises y me senté a horcajadas sobre sus piernas, apoyando mis manos en sus hombros anchos.

Aleksei deslizó sus manos por mi cintura, bajando hasta agarrar mis glúteos con firmeza.

—Las reglas son simples, Victoria —explicó, su tono bajo, casi un ronroneo vibrante—. Yo pregunto. Tú respondes con la puta verdad. Si intentas desviar la respuesta, si te quedas en silencio, o si detecto que me estás mintiendo para proteger tu estúpido orgullo... recibirás un castigo. Y te aseguro que tu piel va a arder.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. La vulnerabilidad de estar desnuda sobre él, sabiendo que tenía el control absoluto de mi cuerpo, me humedeció el centro de nuevo.

—Empieza —lo desafié en un susurro, alzando la barbilla.

Aleksei sonrió. Era la sonrisa del diablo a punto de cobrar un alma.

—Pregunta número uno. —Su pulgar acarició mi cadera—. Cuando te até a esa cabecera de madera y te negué mi polla... ¿te gustó no tener el control?

Mi orgullo instintivo saltó como un resorte. Yo era una ejecutiva, una mujer independiente antes de él. Admitir que amaba ser inmovilizada parecía una traición a mí misma.

—No —respondí rápido, apartando la mirada—. Me dolió. Fue frustrante.

El movimiento fue tan rápido que no lo vi venir. Aleksei me agarró por la cintura, me levantó en vilo y, en un segundo, me giró y me puso boca abajo sobre su regazo. Mi pecho chocó contra sus rodillas y mi trasero quedó elevado, expuesto e indefenso.

Antes de que pudiera soltar un grito de sorpresa, su mano grande y pesada bajó con fuerza.

El impacto del golpe contra mi nalga desnuda resonó en toda la habitación. Un ardor agudo, caliente y repentino floreció en mi piel. Grité, apretando los dientes, mientras una sacudida eléctrica se disparaba desde el lugar del impacto directamente hacia mi clítoris.

—Mentira —siseó Aleksei, su mano descansando sobre la piel enrojecida que acababa de castigar—. Te corriste tan fuerte que casi rompes la madera de la cabecera. Te pregunto de nuevo, ángel. ¿Te gustó ser mi puta esclava atada a la cama?

Mis ojos se llenaron de lágrimas. No de dolor, sino de una excitación tan humillante y abrumadora que no podía respirar. Odiaba que tuviera razón.

—¡Sí! —solloce, aferrándome a sus piernas—. ¡Me encantó! Me encantó que me quitaras el control. Me volvió loca.

Aleksei soltó un gruñido de aprobación. Su mano dejó de ser un castigo y comenzó a masajear suavemente la zona enrojecida, aliviando el ardor y convirtiéndolo en un calor adictivo. Me levantó de nuevo y me sentó a horcajadas frente a él, limpiando una lágrima de mi mejilla con su pulgar.

—Buena chica. La verdad sabe mucho mejor, ¿no crees? —murmuró—. Pregunta número dos.

Mi corazón latía desbocado. Estaba en sus manos, completamente a su merced.

—Cuando Irina entró a mi oficina y me llamó su cariño... —Aleksei inclinó la cabeza, sus ojos grises perforando los míos—. ¿Qué pasó por tu cabeza, Victoria? ¿Por qué te subiste a mi escritorio a frotarte contra mi verga?

Esta vez no iba a mentir. El recuerdo del golpe en mi piel aún palpitaba, recordándome las consecuencias. Y honestamente, ya no quería ocultarlo.

—La odié —confesé, mi voz temblando por la intensidad del recuerdo—. Odié cómo te miró. Odié que creyera que tenía algún derecho sobre ti. Quería dejarle claro a esa perra que te follo todas las noches y que eres mío.

Aleksei cerró los ojos por un segundo. Su respiración se atascó. La confesión sucia y territorial fue como gasolina en un incendio para él. Sus manos me apretaron las caderas con tanta fuerza que supe que me dejaría moretones.

—Mío —repitió él, saboreando la palabra como si fuera un manjar exquisito—. Eres un monstruo celoso disfrazado de princesa, Victoria. Me vuelves jodidamente loco.

Se inclinó y me besó, un choque de dientes y lenguas cargado de violencia y pasión. Su mano bajó a mi centro, frotando mi humedad, comprobando cómo mis propias verdades me estaban excitando.

Se separó un centímetro, respirando pesadamente contra mis labios.

—Última pregunta.

Tragué saliva. La intensidad en sus ojos había cambiado. Ya no era un juego erótico. Había una gravedad oscura, casi peligrosa en su mirada.

—Te compré —comenzó él, su voz un susurro ronco—. Arruiné a tu padre. Te obligué a casarte conmigo. Te puse un candado en el cuello y te convertí en mi propiedad. Si ahora mismo me levantara, abriera la puerta de la mansión y te dijera que eres libre... ¿saldrías corriendo, Victoria?

El silencio cayó sobre nosotros como una lápida.

Miré al hombre frente a mí. El diablo. El jefe de la mafia rusa que había destruido mi vida pasada solo para construirme un templo en su infierno. Pensé en mi apartamento vacío, en mi padre cobarde, en la vida aburrida y gris que tenía antes de que él me arrastrara a la oscuridad. Y luego pensé en la forma en que su cuerpo me llenaba, en cómo mataría por mí, en la devoción enferma que ardía en sus ojos grises.

La respuesta brotó de mi alma con una certeza que me asustó.

—No —susurré, acunando su rostro rudo entre mis manos temblorosas—. No me iría.

—¿Por qué? —exigió él, su voz casi quebrando, necesitando escucharlo de mis propios labios.

—Porque esta es mi jaula. Y tú eres mi dueño —confesé, las lágrimas rodando libremente por mis mejillas, aceptando finalmente el Síndrome de Estocolmo que me había devorado—. Porque estoy tan enferma de ti que prefiero pudrirme en tu cama antes que ser libre allá afuera. No quiero la libertad, Aleksei. Te quiero a ti.

Un rugido gutural y primitivo estalló en el pecho de Aleksei.

Fue el sonido de la victoria absoluta. El sonido del diablo reclamando el alma que le había costado meses conseguir.

Me agarró, lanzándome de espaldas contra el colchón con una fiereza que me robó el aliento. Se acomodó entre mis piernas y se hundió en mí de una sola estocada desgarradora. No hubo palabras sucias esta vez. Solo hubo adoración cruda. Me amó con una desesperación violenta, embistiendo hasta lo más profundo de mis entrañas, sellando nuestra promesa enferma con cada golpe.

Me corrió mientras gritaba su nombre, y él se vació dentro de mí segundos después, colapsando sobre mi pecho, aferrándose a mí como si yo fuera su único oxígeno.

Nos quedamos abrazados en la oscuridad, envueltos en sábanas grises, sudor y verdades.

Cuando mi respiración finalmente se estabilizó, Aleksei levantó la cabeza de mi cuello. Acarició mi cabello húmedo y depositó un beso suave en mi frente.

—Mañana por la tarde tenemos invitados en la mansión, ángel —murmuró él, con esa sonrisa diabólica asomando de nuevo—. Los altos mandos de Moscú vienen a discutir rutas de distribución.

Parpadeé, confundida por el cambio de tema en medio de nuestra intimidad. —¿Por qué me dices eso ahora?

—Porque los voy a recibir en el ala oeste. Y quiero que sepas que mañana usarás ese diminuto bikini negro que compré para ti. Bajaremos a la piscina de cristal, la que tiene vista a los jardines.

Tragué saliva, recordando que los cristales de esa piscina eran de piso a techo y daban a las zonas donde estarían sus socios.

—Aleksei... pueden vernos.

—Esa es la idea —ronroneó, bajando su mano para acariciar mi vientre desnudo—. Tú y yo tenemos un juego de exhibición pendiente, Victoria. Y quiero que todos esos bastardos vean exactamente a quién le pertenece la mujer más hermosa de este puto imperio, sabiendo que si se atreven a mirarte más de tres segundos... les sacaré los ojos.

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