La temperatura en la habitación parecía haber subido diez grados de golpe.
Aleksei estaba sentado en el borde del inmenso colchón, con la espalda recta y el pecho desnudo brillando ligeramente por el sudor de nuestro encuentro anterior. Me miraba con esa calma letal que me aterraba y me encendía a partes iguales.
—Siéntate —ordenó, palmeando sus propios muslos.
Tragué saliva. Estaba completamente desnuda, adolorida y temblando, pero la autoridad en su voz no admitía rebelión. Me arrastré por la