Primera Regla

El sonido de la pluma de plata rascando el papel negro fue ensordecedor en el silencio de la sala. Al levantar la punta, la tinta dorada brilló por un instante bajo las luces halógenas, sellando mi destino.

Mi padre soltó un suspiro tembloroso, como si le acabaran de quitar una soga del cuello. No se daba cuenta de que acababa de poner esa misma soga alrededor del mío.

Aleksei no sonrió. No hubo ninguna celebración de victoria en su rostro tallado en hielo. Con un movimiento fluido, retiró el Anexo de debajo de mis manos, sopló suavemente sobre la tinta para secarla y se lo entregó a su abogado sin apartar sus ojos grises de los míos.

—Dmitri, Roberto —la voz de Aleksei cortó el aire, grave y autoritaria—. Salgan. Mi prometida y yo tenemos asuntos privados que discutir.

Mi padre parpadeó, dando un paso hacia mí por puro instinto paternal, pero un solo destello gélido en la mirada de Aleksei lo paralizó en seco.

—Pero, señor Volkov... los detalles de la ceremonia, la prensa... —balbuceó mi padre.

—La ceremonia es en cuarenta y ocho horas. Mis asistentes le enviarán las instrucciones de dónde debe pararse y a qué hora. Ahora, lárguese de mi edificio.

El tono no admitía réplica. Vi cómo el hombre que me crio agachaba la cabeza, recogía su maletín y salía por las pesadas puertas de roble sin siquiera mirarme a los ojos. El abogado lo siguió como una sombra, cerrando la puerta tras de sí con un clic metálico que resonó en mi pecho como el cerrojo de una celda.

Estábamos solos.

El pánico irracional me instó a levantarme y correr, pero mis piernas seguían siendo de gelatina. Él estaba de pie, a centímetros de mi espalda. El calor que emanaba de su cuerpo a través de su traje a medida me envolvía, sofocante y embriagador.

Aleksei apoyó ambas manos sobre la mesa de ónix, una a cada lado de mis brazos, encerrándome contra el respaldo de mi silla. Su rostro se acercó al mío hasta que su mejilla rozó mi cabello. Inhaló profundamente, un sonido áspero que me hizo temblar.

—Te lavaste con jabón neutro. Te frotaste la piel hasta enrojecerla intentando borrarme —susurró, su aliento cálido rozando el lóbulo de mi oreja, justo sobre la marca de sus dientes que latía furiosamente—. Pero todavía hueles a mí, krasotka. Debajo de ese perfume barato y de ese traje virginal... hueles a lo que hicimos en ese callejón de neón.

—Eres un bastardo —siseé, agarrando los reposabrazos de la silla para no girarme y abofetearlo. O peor, para no girarme y besarlo.

Una risa baja y oscura vibró en su pecho contra mi espalda.

—Soy el bastardo que ahora es tu dueño —corrigió él con una calma escalofriante—. Jugaste a ser valiente anoche, Victoria. Te entregaste a un extraño en la oscuridad para sentir que tenías el control antes de que te pusieran la correa. Fue exquisito. Pero el juego terminó.

Se enderezó y caminó lentamente hacia la cabecera de la inmensa mesa, sentándose en su sillón de cuero negro. Cruzó una pierna sobre la rodilla y me miró con la misma expresión calculadora de un depredador estudiando a su presa herida.

—Las cien noches comienzan oficialmente después de la boda —anunció, apoyando los codos en los reposabrazos e intercalando los dedos—. Pero la preparación de tu sumisión comienza hoy. Levántate.

La palabra fue un latigazo. Mi orgullo se encendió de golpe.

—Acabamos de firmar. Todavía no soy tu esposa. No voy a...

—¿Quieres que llame a Dmitri y le ordene ejecutar los pagarés de tu padre ahora mismo? —me interrumpió, su tono cayendo a cero grados—. Treinta años de prisión por fraude, desvío de fondos y asociación ilícita. Dije que te levantes.

La bilis me subió por la garganta. Lo odiaba. Odiaba la forma en que el poder le quedaba tan natural, como una segunda piel. Con movimientos rígidos, me puse de pie. El austero traje sastre blanco de falda lápiz y saco abotonado hasta el cuello de repente se sentía como una armadura de papel frente a él.

Aleksei me recorrió de pies a cabeza. Sus ojos grises oscurecieron un tono.

—Regla Número Uno —dictó en voz baja, pero la acústica de la sala hizo que la orden me golpeara con fuerza—. A partir de este segundo, y hasta que yo decida lo contrario, no volverás a usar ropa interior. Ni de día, ni de noche.

El aire abandonó mis pulmones. Lo miré con los ojos muy abiertos, sintiendo que el calor me subía por el cuello hasta las mejillas.

—Estás enfermo —susurré, incrédula—. Trabajo en una corporación, camino por la calle, veo a mi familia...

—Y en cada corporación, en cada calle y frente a cada persona que veas, sabrás que estás completamente expuesta. Y sabrás que es por mí —sentenció él, su voz cargada de una posesividad absoluta—. No quiero barreras entre tu piel y el mundo exterior, excepto la ropa que yo te permita usar. Quítatela. Ahora.

—Aleksei, por favor, esto es una sala de juntas, hay cámaras...

—Quítatela.

Su mirada era un muro de concreto. No había negociación posible. Estábamos a cien metros de altura, rodeados de ventanales que daban a la ciudad gris, y el hombre más poderoso del país me estaba ordenando desnudar mi intimidad en su centro de poder.

Un temblor violento se apoderó de mis manos. Lentamente, movida por una mezcla tóxica de terror por mi padre y una excitación oscura y retorcida que me negaba a admitir, llevé las manos a los botones de mi falda lápiz.

Desabroché el cierre trasero. El sonido de la cremallera pareció eco en la sala inmensa. Aleksei no movió un músculo, pero vi cómo su mandíbula se tensaba y su respiración se volvía superficial.

Deslicé la mano bajo la tela blanca de mi falda. Enganché los dedos en el encaje de mi ropa interior. La misma que él había arrancado sin piedad hacía apenas seis horas. Despacio, la deslicé por mis muslos y luego por mis pantorrillas, balanceándome en mis tacones hasta que la pequeña prenda de seda quedó en mi mano.

El contraste del aire acondicionado directo contra mi centro al rojo vivo me provocó un escalofrío tan brusco que tuve que apretar los dientes. Estaba desnuda bajo la falda. Total y absolutamente vulnerable.

Caminé los tres pasos que me separaban de él y dejé la prenda de encaje sobre la inmaculada mesa de ónix negro, justo frente a sus manos entrelazadas.

Aleksei miró la seda por un segundo eterno. Luego, levantó la vista hacia mí. Había un fuego salvaje y primitivo en esos ojos grises que prometía consumirme viva. Estiró la mano, tomó el trozo de encaje y se lo guardó en el bolsillo interior de su chaqueta del traje, justo sobre su corazón.

—Buena chica —murmuró, en un tono que me hizo vibrar desde el estómago hasta los pies—. El chofer te está esperando abajo para llevarte a probar tu vestido de novia.

Me señaló la puerta con un leve movimiento de cabeza.

—Ve.

Me di la vuelta, sintiendo cada roce de la tela rígida de la falda contra mi piel desnuda. Caminar se convirtió en un martirio exquisito. La fricción, el frío, la humillación. Todo era un recordatorio constante de a quién le pertenecía ahora.

Mientras empujaba las dobles puertas para salir al pasillo lleno de ejecutivos, su voz me alcanzó una última vez, baja y letal.

—Y Victoria... si intentas ponértela de nuevo, te la arrancaré con los dientes en medio de tu propia boda.

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