Castigada

El interior de la limusina estaba sumido en una penumbra pesada, iluminada solo por los destellos fugaces de las farolas de la ciudad que lograban atravesar los cristales tintados.

Mis muslos temblaban bajo las manos de Aleksei. Estaba atrapada sobre su regazo, rodeada por el inmenso mar de tul y seda de mi propio vestido de novia, completamente expuesta ante la mirada escrutadora del hombre que acababa de comprarme.

—Dijiste que no mentías —murmuró él. Su pulgar áspero trazó una línea lenta desde mi rodilla hasta la cara interna de mi muslo, enviando una descarga eléctrica directa a mi columna vertebral—. Pero estás temblando, Victoria. Y tu corazón late tan rápido que puedo sentirlo contra mi pecho. Estás aterrorizada... pero también estás empapada por mí.

Cerré los ojos, sintiendo que la humillación me quemaba el rostro. Quería gritarle, quería golpearlo, pero la verdad era innegable. La fricción de su pulgar subiendo un centímetro más me arrancó un jadeo patético. Mi cuerpo traicionero recordaba a la perfección lo que esas mismas manos me habían hecho en aquel club clandestino.

—Por favor... no aquí —susurré, agarrando la solapa de su camisa desabrochada. No sabía si le estaba pidiendo que se detuviera o que terminara de una vez por todas con esta tortura.

Aleksei soltó una risa baja y oscura.

—Eres mía. "Aquí" o donde yo decida.

Sus dedos largos y expertos finalmente encontraron mi centro. Un gemido se escapó de mi garganta cuando me frotó con precisión despiadada. Mi espalda se arqueó instintivamente, empujando mis caderas contra su mano. El aire acondicionado golpeaba mi piel desnuda, pero donde él me tocaba, yo era puro fuego.

Da, moya zhena (Sí, mi esposa) —ronroneó en mi oído, su aliento caliente chocando contra mi cuello—. Demuéstrame cuánto me odias mientras te deshaces en mis dedos.

El ritmo de su mano era implacable. Rápido, firme, dominante. Me estaba ahogando en sensaciones. Clavé las uñas en sus hombros anchos, perdiendo cualquier rastro de cordura. El mundo exterior desapareció. Solo existía el roce de su piel, el olor a su loción de sándalo y la presión que se acumulaba en mi bajo vientre, prometiendo un estallido inminente.

—Aleksei... —jadeé su nombre, la primera vez que lo decía sin veneno. Fue una súplica involuntaria. Estaba tan cerca, a solo unos segundos del borde del precipicio.

De repente, la limusina frenó suavemente.

Antes de que mi cerebro procesara el movimiento del vehículo, la mano de Aleksei desapareció. El vacío fue tan repentino y brutal que solté un grito ahogado de frustración.

Abrí los ojos, desorientada y jadeando por aire. Él me agarró por la cintura, me levantó de su regazo y me depositó sin cuidado en el asiento de cuero a su lado. Con dos movimientos secos y calculados, me bajó la pesada falda del vestido, cubriendo mis muslos por completo.

—¿Q-qué...? —balbuceé, la respiración entrecortada, mi cuerpo vibrando por el orgasmo negado que me palpitaba en las venas con dolor.

Aleksei se abrochó la camisa y se ajustó el corbatín con una calma que me dio ganas de asesinarlo. Su rostro había recuperado esa quietud aterradora. Ni una gota de sudor, ni un indicio del deseo salvaje que lo había dominado hacía cinco segundos. Era como si hubiera apagado un interruptor.

El intercomunicador de la limusina zumbó y la voz metálica del abogado Dmitri resonó: —Señor Volkov, hemos llegado. El perímetro está asegurado.

—Bajamos en un segundo —respondió Aleksei en ruso. Luego, giró lentamente el rostro hacia mí. Sus ojos grises brillaban con un triunfo cruel. Se inclinó hasta que nuestros labios casi se rozaron—. Primera lección de las cien noches, krasotka: yo decido cuándo empiezas, y yo decido cuándo terminas.

Me quedé sin palabras. La crueldad de la privación física me golpeó más fuerte que una bofetada.

Aleksei abrió la puerta del auto antes de que el chófer pudiera hacerlo. Me ofreció su mano para salir. Frente a nosotros se alzaba una mansión moderna y brutalista, una fortaleza de cristal negro y concreto en medio de un bosque privado, vigilada por hombres fuertemente armados. Mi nueva prisión.

Tomé su mano con los dedos rígidos. Frente a los guardias, él era el esposo protector. Puso su mano posesiva en la parte baja de mi espalda y me guio hacia el interior.

La casa era inmensa y escalofriantemente silenciosa. Aleksei me llevó directamente hacia unas escaleras flotantes, subiendo hasta el segundo piso, y abrió unas dobles puertas de madera maciza.

La habitación principal era del tamaño de mi antiguo apartamento entero. En el centro, una enorme cama king-size con sábanas de seda gris grafito dominaba el espacio, frente a un ventanal de piso a techo que mostraba la noche espesa del bosque.

Me soltó en medio de la habitación.

—El vestidor está a tu derecha. Hay ropa de tu talla, elegida bajo mis instrucciones —dijo él, su voz resonando en el silencio de la suite—. Quítate esa armadura. Quiero que te laves, te pongas el camisón de seda que está sobre la cama, y te acuestes.

Lo miré, cruzando los brazos sobre mi pecho en un intento inútil de protegerme, aunque por dentro la sangre me zumbaba. La humedad entre mis muslos era un recordatorio constante de la tortura en la limusina.

—¿Y tú? —pregunté, odiándome por la forma temblorosa en la que salió mi voz. ¿Acaso iba a terminar lo que empezó en el auto?

Aleksei metió las manos en los bolsillos de su pantalón a medida y me observó como si estuviera leyendo mi mente. Esa sonrisa oscura y retorcida volvió a aparecer.

—Tengo reuniones con mis lugartenientes de Moscú por videoconferencia. Trabajaré en el despacho. Dormirás sola.

El rechazo me golpeó el estómago, cortando de tajo mi dignidad y dejándome temblando de sobreestimulación. Me había llevado al borde de la locura y me iba a dejar así. Abandonada. Deseándolo.

—Eres un sádico maldito —escupí, la rabia finalmente superando a la lujuria.

Aleksei dio tres pasos lentos hacia mí. Instintivamente retrocedí, pero mi espalda chocó contra uno de los pilares de la cama. Él apoyó una mano en la madera, atrapándome.

—Soy el hombre al que le perteneces —corrigió en un susurro letal—. Y tengo una última regla para esta noche, Victoria.

Su mirada bajó deliberadamente hacia mi falda y luego subió a mis ojos.

—Sé cómo te sientes ahora mismo. Sé que te duele el pulso entre las piernas. Pero te lo prohíbo. Si descubro que uno solo de tus dedos baja a tocarte esta noche para aliviar lo que yo te provoqué... el castigo que te impondré mañana te hará rogar por misericordia.

El pánico se mezcló con la indignación. No podía hablar.

Aleksei se alejó lentamente. Caminó hacia la salida sin mirar atrás. Salió al pasillo y, un segundo después, escuché el eco sordo y definitivo de la llave girando en la cerradura desde el otro lado de la puerta.

Me había encerrado. Sola. En su cama. Dejándome a solas con el latido punzante que me castigaba entre los muslos.

La noche uno apenas comenzaba, y él ya me había demostrado que mi mayor enemigo no era su tiranía, sino mi propio cuerpo.

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