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Entregada Completamente

La orden colgó en el aire, pesada y absoluta. «Quítate la bata».

Miré al hombre del maletín plateado. Tenía la mirada clavada en el suelo de mármol, como si supiera que levantar la vista hacia mí le costaría la vida. Luego miré a Aleksei. Su pecho aún subía y bajaba con los restos de nuestro clímax contra la ventana, pero sus ojos grises ya habían adoptado esa frialdad quirúrgica del Pakhan.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Estaba a punto de marcarme. Como a ganado. Como a una propiedad inalienable. Y la parte más enferma de mi mente, la que había nacido en las últimas semanas bajo su yugo, rugía de excitación ante la idea.

Dejé caer la bata de seda negra. Se deslizó por mis hombros y se apiló alrededor de mis pies desnudos. Solo llevaba puestas las inservibles tiras negras del bikini.

El hombre de negro abrió su maletín sobre una pequeña mesa auxiliar de cristal. El destello metálico de las agujas, los frascos de tinta negra y el zumbido eléctrico de la máquina de tatuar al encenderse me pusieron la piel de gallina.

—Acuéstate en la tumbona —ordenó Aleksei, su voz ronca rebotando en la acústica de la piscina.

Obedecí, sintiendo el cuero sintético frío contra mi espalda. Aleksei se acercó y, sin mediar palabra, enganchó un dedo en la fina tira de tela que cubría la parte izquierda de mi cadera baja y tiró de ella, bajándola hasta exponer el hueso ilíaco y la piel pálida y sensible justo encima de mi ingle.

—Aquí —le dijo Aleksei al tatuador en ruso, señalando la curva de mi cadera.

El hombre asintió, se puso unos guantes de látex negro y se acercó con la máquina zumbando.

Mi corazón empezó a latir desbocado. Nunca me había tatuado. El miedo al dolor se mezcló con la extrema vulnerabilidad de estar casi desnuda bajo las luces de la piscina, con la humedad del orgasmo reciente aún pegajosa entre mis muslos.

Aleksei debió notar el temblor de mis rodillas. Se sentó en el borde de la tumbona, atrapando mi cadera derecha con su mano grande y pesada, anclándome al asiento.

—Mírame a mí, ángel —susurró él, inclinándose sobre mí, bloqueando por completo mi visión del tatuador—. No mires la aguja. Solo mírame a mí.

La primera punzada se sintió como fuego líquido.

Solté un grito agudo, arqueando la espalda por instinto. El dolor era agudo, concentrado en una de las zonas más sensibles de mi cuerpo. Pero la mano de Aleksei en mi cadera me mantuvo inmóvil contra el cuero de la tumbona.

—Shhh... quieta —ronroneó él, y su otra mano subió hasta mi rostro, acariciando mi mejilla sudorosa—. Respira. Toma mi dolor, Victoria.

La máquina seguía zumbando, trazando líneas que ardían como si me estuvieran cortando con un bisturí caliente. Empecé a jadear, con lágrimas de dolor físico acumulándose en las comisuras de mis ojos.

Aleksei no soportó verme llorar de esa forma. Sus pupilas se dilataron. Deslizó su mano desde mi mejilla hasta mi cuello, trazando la cadena del candado de platino, y luego bajó hasta acariciar mis senos expuestos.

El contraste fue brutal. El dolor ardiente de la aguja abajo, y el placer eléctrico de sus dedos frotando mis pezones endurecidos arriba. Mi cerebro hizo cortocircuito.

—Así me gusta —gruñó él, al ver que mis quejidos de dolor se transformaban en gemidos roncos—. Concéntrate en mis manos. Piensa en lo profundo que estaba dentro de ti hace cinco minutos.

Se inclinó aún más y capturó mis labios en un beso feroz. Su lengua invadió mi boca, saboreando mis jadeos. Era una distracción perfecta y sádica. Mientras el tatuador marcaba mi carne con tinta, Aleksei marcaba mi mente con fuego.

Moya zhena —susurraba contra mis labios, besándome con una desesperación oscura—. Vas a llevar mi nombre en tu piel hasta que te mueras. Nadie podrá mirarte desnuda sin saber que te he follado, que te he roto y que te he reconstruido para mí.

Las palabras sucias y posesivas actuaron como un narcótico. El dolor de la aguja se fundió con el latido caliente en mi bajo vientre. Estaba retorciéndome de excitación bajo su toque, completamente expuesta ante un extraño silencioso que me estaba tatuando, mientras el líder de la mafia rusa me devoraba la boca.

Fueron veinte minutos de agonía y éxtasis.

Cuando la máquina finalmente dejó de zumbar, me sentí exhausta, como si hubiera corrido un maratón. El tatuador limpió la zona, aplicó un parche transparente de curación y empacó sus cosas en silencio récord antes de desaparecer por las puertas de cristal.

Me quedé allí, respirando agitadamente. Aleksei se apartó un poco para admirar el trabajo.

Bajé la vista, mi pecho subiendo y bajando con fuerza.

Ahí estaba. Justo sobre mi hueso pélvico izquierdo, en tinta negra y trazos elegantes pero afilados: la letra A entrelazada de forma intrincada con una pequeña estrella negra de ocho puntas, el símbolo de la Bratva. Una marca de sangre, de fuego y de propiedad.

Aleksei pasó la yema del pulgar suavemente por el borde del parche transparente. El roce me hizo estremecer.

—Perfecta —susurró él, mirándome con una devoción que rozaba la locura. Se inclinó y besó mi frente con una ternura que me desarmó por completo—. Mía. Definitivamente mía.

Esa noche, me llevó a la cama y me hizo el amor con una delicadeza que no le conocía. No hubo castigos, no hubo órdenes sucias. Solo fue él, adorando cada centímetro de mi cuerpo, asegurándose de no rozar la piel herida de mi cadera. Me sentí amada. Me sentí a salvo en el centro del infierno.

Me quedé dormida en su pecho, envuelta en sábanas de seda, con la marca de mi dueño latiendo rítmicamente contra mi piel.

Me desperté de madrugada con la garganta seca.

La habitación estaba a oscuras. Aleksei dormía profundamente a mi lado, algo extremadamente raro en él. Su brazo inmenso cruzaba mi cintura, posesivo incluso en la inconsciencia.

Con mucho cuidado, me deslicé fuera de la cama sin despertarlo. Me puse el camisón de seda y caminé hacia la pequeña barra del otro lado de la suite para servirme un vaso de agua.

Mientras bebía, la pantalla del teléfono satelital de Aleksei, que había dejado sobre el tocador, se iluminó en silencio.

No solía invadir su privacidad. El miedo a sus represalias siempre había sido más fuerte. Pero desde el tatuaje, sentía que no había secretos entre nosotros. Que yo le pertenecía, y él me pertenecía a mí.

Me acerqué, más por curiosidad que por otra cosa. Había recibido un mensaje encriptado. El remitente era el abogado, Dmitri.

La pantalla no requería contraseña para las previsualizaciones de texto corto. Leí las tres líneas que parpadeaban en letras blancas sobre el fondo negro. Y el mundo entero se detuvo. El aire escapó de mis pulmones como si me hubieran pateado el estómago.

El mensaje decía: «Pakhan, la expropiación final de la familia de Victoria está lista. Como ordenó, los fondos han sido transferidos a las cuentas offshore de Irina. Liquidación de la esposa programada para la Noche 100 sin contratiempos. Las pruebas incriminatorias contra el padre de ella ya están en manos de la fiscalía.»

El vaso de agua resbaló de mis manos y se estrelló contra la alfombra gruesa, sin hacer ruido.

Liquidación de la esposa programada para la Noche 100.

Mi mente colapsó. Las rodillas me temblaron. Llevé una mano temblorosa a la venda de mi cadera, donde la letra de su nombre aún ardía en mi piel.

"Para siempre", me había dicho. Me había marcado. Me había obligado a rendirme. Me había hecho creer que me protegería del mundo.

Todo era una maldita mentira.

No me había salvado de la deuda. Le había pagado a Irina para que ella se quedara con mi familia, y él planeaba deshacerse de mí al final del plazo original. Yo solo había sido un juguete. Una perra a la que adiestró para entretenerse durante tres meses antes de tirarla a la basura y mandar a mi padre a la cárcel.

Miré hacia la cama. Aleksei seguía durmiendo, su rostro tallado en las sombras pareciendo el de un ángel caído.

Las lágrimas de traición que amenazaban con salir se secaron de golpe, reemplazadas por una rabia tan helada y pura que me paralizó el corazón. El Síndrome de Estocolmo murió en ese instante.

Me toqué el candado de platino en el cuello. No había puerta en esta jaula. Pero yo misma la iba a volar en pedazos.

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