Mundo ficciónIniciar sesiónSelena era una de esas chicas populares del colegio, de esas que le hacían bulling, de esas que nunca mirarían a un chico como él. Cristian llevaba anteojos y no paraba de leer en todo el día. Pero los años demostrarían que en realidad ellos estaban destinados a estar juntos. Selena regresa a la ciudad donde creció después de varios años en el extranjero y una relación que terminó de forma desastrosa. Cristian es ahora el CEO de una editorial. Destino o casualidad, nadie lo sabe pero se encontraràn y se enamorarán y tal vez, cuando el pasado vuelva, la podrá perdonar.
Leer másLa ropa estaba tirada por todos lados. En el piso se encontraba primero una camisa verde, después unos pantalones y al final un brasier y un blúmer a juego justo enfrente de la puerta.
Se podían escuchar los besos desenfrenados y la respiración a destiempo mientras sus cuerpos danzaban por la habitación terminando en la cama. —Te necesito, por favor— su voz ronca y baja se disipó en un gemido mientras se escuchaba la saliva esparcirse por toda su longitud. Versos de placer se elevaban por el aire antes de escuchar cómo la cama se lamentaba del peso de los dos y del movimiento brusco. —Tomas— gimió ella. Ya debía estar dentro de ella y debía estarla invadiendo con todo su grosor. Sus manos le debían estar recorriendo cada curva de su cuerpo delgado y blanco como un cadáver. —¡No te detengas!— exclamó. La velocidad aumentó, se podía escuchar por el choque de sus cuerpos y la intensidad de la respiración. —Ah, sí— ella estaba justo al borde del orgasmo. Seguramente lo estaba sujetando del cuello mientras él intentaba ir aún más profundo y ella lo aceptaba todo, cada centímetro de él. Temblando y gimiendo mientras el ritmo continuaba, constante. Hasta que ella no pudo evitar gritar, corriéndose y aferrándose aún más a su cuerpo moreno y marcado. —Morgana— Tomas terminó justo después, gritando su nombre. Una escena romántica como en los libros de amor que tanto me gustaba leer en secreto. Lo único no tan romántico es que yo estaba escuchando todo detrás de esa puerta y él era mi esposo. Después de quedarme a escuchar esa escena debí darme cuenta de cuánto me gustaba autodestruirme. Pero no, no fue ese día, fue mucho después que lo entendí... Supongo que todos han escuchado hablar de la gota que desborda el vaso, pues por suerte a mí se me desbordó ese día porque ese fue el final de todo, o mejor dicho, el principio de toda una historia loca. Nunca pensé que regresaría a San Francisco; después de haber conocido Europa, pasear por los adoquines de Roma y quedarme en una acogedora casa en la Costa Amalfitana con mi esposo había sido un sueño, pero como todos los sueños era hora de despertar. Nuestra vida en Roma se había vuelto monótona, lo admito, pero nunca vi venir lo que el destino tenía preparado para mí. El aeropuerto tenía ese olor particular que normalmente todos tienen. El viento como siempre soplaba intenso en esa ciudad. Tal vez estaba demasiado cansada porque ni siquiera me molesté demasiado cuando Tomas me llamó al teléfono. —Selene, por favor, vuelve, no hagas una estupidez— me dijo, pero ya era demasiado tarde, me había largado para siempre. —Después de traicionarme con tu secretaria creo que ya es hora de firmar el divorcio.— y así colgué, mientras pedía un taxi para regresar a casa. La maleta era pesada, después de todo 10 años de mi vida no podían caber en una sola bolsa de mano. Al menos las ruedas me ayudaban a arrastrar con el arrepentimiento de haberme marchado cuando terminé la preparatoria. En mi defensa, casarme con el novio que tenía desde hacía 3 años y mudarme a Roma no parecía una idea tan mala. —¿Celeste Roberts?— su taxi había llegado. Fue gracioso, no mi di cuenta de que había utilizado esa vieja cuenta de email que usaba para escribir bajo un seudónimo. Roberts era mi apellido de soltera. Pero esa chica llena de sueños que escribía novelas de amor ya no estaba, ahora era Selene Tipton, que ahora me parecía un nombre sin ritmo y poco elegante. —Via Eustachio 62...— aún recordaba la dirección, la pequeña casa que compré con el dinero de mi primer libro publicado online. He de decir que fue todo un éxito, pero los lectores querían conocerme y yo no podía permitirlo, o mejor, Tomas nunca lo habría permitido. Por eso dejé de escribir, borré todas mis cuentas; el libro seguía online y aún me daba algunos pesos, pero las personas se aburrieron del misterio y mi libro pasó a ser historia. La brisa entraba fría y furiosa por la ventanilla, el trayecto fue un poco largo pero disfruté de ver las nubes corriendo por el cielo. Una vez que llegué a la puerta tomé esa llave que ni siquiera recordaba que estaba en mi bolso. La puerta chirrió, el olor rancio me hizo estornudar y el polvo se metió por mi garganta. Sí, definitivamente tenía trabajo que hacer. Y la verdad era más del que pensaba, pues mi celular estaba sonando otra vez; en la pantalla el nombre de Tomas, tenía que obtener ese divorcio y hacerlo ya.El eco de la última palabra vibrando en la bocina de mi teléfono me dejó helada, con los dedos entumecidos alrededor del aparato. «Él es mío». La amenaza seguía flotando en el aire denso de la calle, pero guardé el celular en mi bolso antes de que Cristian se diera la vuelta. Sentía las pulsaciones en la garganta, un tamborileo desbocado que no sabía si era por el miedo a ser descubierta o por el recuerdo fresco de sus labios devorando los míos en el sofá. Me subí al asiento del copiloto de su auto intentando respirar con normalidad, acomodando los pliegues de mi ropa con una calma que no poseía. El trayecto hacia el restaurante fue una tortura silenciosa. El aire acondicionado del coche funcionaba a la perfección, un contraste helado con el sofocante infierno que habíamos dejado atrás en la oficina, pero el ambiente se sentía igual de cargado. Cristian manejaba con la vista fija en el pavimento, manteniendo sus manos firmes sobre el volante de cuero. Sin embargo, sus nudillos esta
- Cristian- lo tomé de la mano. - Lo siento- mi voz se quebró. De mis ojos salieron lágrimas saladas que terminaron por toda mi mejilla. -Respira - ahora sentía como su respiración regresaba a la normalidad. - Respira- me senté a su lado. Parecía que sus ojos ya podían ver la realidad. Y me miraron con esa vulnerabilidad que solía tener. Tal vez había regresado a ser ese chico de preparatoria que podía verme en sus pesadillas. Pero yo ya no era esa chica que lo molestaba. Antes quería que me notara. Yo deseaba que me recordara para siempre y ahora solo quería ser olvidada, que él no hubiera mencionado nunca màs mi nombre, el real. -Respira- lo tomé del cuello para asegurarme que su corazón latía a un rítmo moderado. - Todo está bien ahora. Poco a poco su respiración y la mia se unieron en un compás rítmico. Mientras mis manos seguían en su cuello las suyas subieron al mio. El calor que desprendían las paredes nos envolvían. -No llores- me dijo con una voz dulce que
Cuando finalmente todos nos dejaron solos pensé que era mi turno de hacer algo de trabajo. Chupar un poco ese caramelo que me había sido negado durante demasiado tipo. - Señorita Roberts- otra vez con esa -Llamame...- sentí como mi lengua se enredaba entre el deseo de ser yo misma y la necesidad de esconderme detrás de - Llamame...Celeste. - Celeste- tomó un respiro profundo antes de seguir- yo me voy para la casa ¿te gustaría acompañarme? podemos terminar la revición ahí. Aún parecía que se estaba conteniendo pero ya ese fuego que nos quemaba no era tan intenso. Me pregunté qué le hizo cambiar de opinión y al llegar a la casa tuve la respuesta. - En serio sin necesitas presentar un nuevo manuscrito.- dijo mientras me entregaba el café helado. - y yo en serio te dije que no tengo ideas- respondí recostandome mientras disfrutaba del café. - tal vez yo te podría ayudar con eso. - dijo mientras buscaba algo en su librero. Aunque en realidad yo pensaba en otra forma d
La puerta del ascensor se abrió sin previo aviso. O tal vez si lo avisó con ese timbre que me pareció escuchar. Pero yo estaba muy concentrada en mi clítoris pulsante ante el deseo que se había quedado dormido en mi interior la noche anterior. - Joder, que calor- gritó alguien antes de hacer volar los papeles por los aires. -Que diablos pasó aquí? - la voz de Cristian resonó en toda la oficina. Por un momento no supe en dónde estaba. Me quedé totalmente aturdida. Cristian tenía la camisa puesta y el café aún en su mano. Y yo no tenía una falda sino unos jeans que aunque resaltaban mis formas, cadera ancha y cintura más delgada, no era tan emocionante para jugar en el ascensor. -Todo fue un sueño? - susurré intentando volver a la realidad. -El aire acondicionado se descompuso - dijo una chica que llevaba unos té helados para todos. - No gracias Patricia - sonrió Se veía que estaba intentando calmarse pero que esa situación lo estaba sacando de sus casillas. - Si lo
Último capítulo