El estruendo de las ráfagas de ametralladora devoró el mundo.La habitación, que hace apenas unos segundos era un santuario de lujuria oscura, se convirtió en una trampa de cristal y plomo. Aleksei me mantenía aplastada contra la alfombra con todo el peso de su cuerpo, su pecho duro como una placa de acero sobre mi espalda desnuda. Cada vez que una bala destrozaba la mampostería sobre nosotros, él tensaba los músculos, usándose a sí mismo como un escudo humano.—¡Gatea hacia el vestidor! —rugió en mi oído, su voz áspera cortando el caos ensordecedor—. ¡Ahora, Victoria! ¡Muévete!No pensé. El instinto de supervivencia, impulsado por el terror absoluto, tomó el control. Me arrastré por el suelo lleno de cristales rotos, sintiendo pequeños cortes arder en mis rodillas y palmas. Aleksei no se separó de mí ni un milímetro, cubriéndome con su sombra masiva mientras avanzábamos a rastras hacia la oscuridad del inmenso clóset.Una vez adentro, se puso de rodillas con una agilidad felina, me a
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