Mundo ficciónIniciar sesiónEl sonido metálico de la cremallera de mi pantalón bajando resonó como un disparo en el silencio del despacho.
Mis manos volaron instintivamente para detener las suyas, pero Aleksei atrapó mis muñecas con una sola mano, inmovilizándolas por encima de mi cabeza contra la dura madera del escritorio. Con la mano que le quedaba libre, tiró de la tela de mi pantalón de sastre hacia abajo, arrastrándola por mis caderas hasta atorarla en mis rodillas.
El contraste del aire frío de la habitación contra mi piel desnuda me hizo soltar un jadeo tembloroso. Había cumplido la Regla Número Uno. No había nada entre su escrutinio y mi centro hinchado y sensible tras una noche entera de tortuosa abstinencia.
Aleksei bajó la mirada. Sus ojos grises, usualmente tan calculadores y gélidos, se oscurecieron hasta convertirse en tormenta. Su pecho subía y bajaba con una pesadez nueva bajo el impecable traje gris.
—Tan obediente, a pesar de tus gritos —murmuró, su voz bajando una octava, ronca y cargada de una satisfacción oscura. Su pulgar trazó una línea lenta desde mi ombligo hasta el comienzo de mis muslos—. Te dolía anoche. Lo sé. Y obedeciste mi regla de no tocarte. Estás a punto de desbordarte, moya zhena.
—Te odio —logré articular, pero sonó más como un gemido ahogado cuando sus dedos largos finalmente rozaron mi humedad.
—Eso espero. Porque el odio es lo único que va a mantenerte cuerda.
No hubo ternura ni preparación pausada. Aleksei no me dio tiempo de pensar ni de racionalizar el hecho de que estábamos en su despacho, a plena luz del día, con decenas de hombres armados al otro lado de las puertas de roble.
Con un movimiento seco, desabrochó su cinturón. El sonido de la hebilla cayendo me aceleró el pulso a niveles peligrosos. Liberó su dureza y, agarrando mis caderas con ambas manos, se hundió en mí de una sola estocada implacable.
Un grito rasgó mi garganta, pero él lo silenció aplastando su boca contra la mía. El beso fue salvaje, un choque de dientes y lenguas que sabía a café, sándalo y posesión absoluta. Su sabor me invadió mientras su cuerpo estiraba el mío, llenándome por completo con una profundidad que me dejó sin aliento.
Comenzó a moverse. El ritmo no era para hacer el amor; era para marcar territorio. Cada embestida me empujaba contra los documentos esparcidos en el escritorio, mi espalda desnuda por la blusa desabotonada frotándose contra el cuero y la caoba.
—Saliste de la habitación para intentar huir de mí —gruñó contra mi cuello, mordiendo la piel justo en el salto de mi pulso—. Dime, Victoria. ¿Adónde creías que ibas a ir?
—A... a recuperar mi vida... —jadeé, clavando mis uñas en sus hombros anchos a través de la tela de su camisa. El placer amenazaba con desconectar mi cerebro. Era una punzada letal y eléctrica que me subía por la espina dorsal con cada golpe de sus caderas.
Aleksei soltó una risa áspera y me embistió con más fuerza, haciéndome arquear la espalda.
—Tu vida es esto. Tu vida soy yo —sentenció, su pulso marcándose en su mandíbula tensa—. Eres mía legalmente. Eres mía financieramente. Y juzgando por cómo te contraes a mi alrededor... eres mía instintivamente.
El pánico a que alguien entrara se mezclaba tóxicamente con la necesidad de que no se detuviera nunca. Mis piernas temblaban, enredadas alrededor de su cintura. La humillación de la derrota mental fue aplastada por la biología de mi propio cuerpo. Me estaba arrastrando al borde del precipicio, exigiéndome una rendición física total.
—Aleksei, por favor... —Lloriqueé, odiándome por la súplica, odiándome por la forma en que mis caderas comenzaron a empujar contra él, buscando más fricción.
—¿Por favor, qué? —exigió, deteniéndose de golpe, enterrado profundamente dentro de mí.
El vacío del movimiento me hizo sollozar de frustración. Abrí los ojos, encontrándome con su mirada depredadora a centímetros de la mía. Quería que lo admitiera. Quería quebrar mi último muro de resistencia.
—No pares —susurré, con lágrimas de pura sobreestimulación picando en mis ojos—. No pares.
Una sonrisa arrogante y letal curvó sus labios.
—Buena chica.
Volvió a moverse con una brutalidad calculada que me destrozó cualquier rastro de cordura. La presión en mi bajo vientre estalló. Vi luces detrás de mis párpados mientras mi cuerpo se convulsionaba alrededor de él en un orgasmo tan violento que me robó la voz. Sentí su propio gruñido gutural vibrar en mi pecho, seguido del calor abrasador de su clímax derramándose dentro de mí.
Nos quedamos así por un minuto eterno. Mi respiración era errática, mi cabeza colgaba hacia atrás sobre el borde del escritorio. Aleksei apoyó la frente contra la mía, su respiración pesada mezclándose con la mía. Por un instante, el monstruo desapareció, dejando solo a un hombre que parecía tan afectado por la intensidad del momento como yo.
Pero el espejismo duró poco.
Un timbre estridente y metálico rompió el silencio. No era su teléfono móvil, sino el dispositivo satelital negro y encriptado que estaba sobre la esquina del escritorio.
El cuerpo de Aleksei se tensó instantáneamente. Toda la bruma de la lujuria desapareció de sus ojos como si alguien hubiera tirado de un interruptor. Se separó de mí con una frialdad que me dejó sintiéndome vacía y absurdamente vulnerable, con la ropa a medio quitar y el cuerpo aún temblando por las réplicas del placer.
Se ajustó la ropa en dos movimientos precisos, dándome la espalda. Levantó el auricular.
—Da —dijo, su voz volviendo a ser ese témpano de hielo inquebrantable.
Escuchó por tres segundos. Vi cómo los músculos de su espalda se tensaban bajo la camisa arrugada. Cuando volvió a hablar en ruso, su tono era tan afilado que cortaba el aire.
—¿Cuándo aterrizó?
La respuesta al otro lado de la línea lo hizo apretar la mandíbula. Colgó el teléfono de un golpe seco contra la base. Se quedó de pie, mirando hacia el enorme ventanal, ignorándome por completo.
Me subí los pantalones con manos torpes, sintiendo el calor de la humillación subiendo por mi cuello.
—Aleksei... —murmuré, confundida por el cambio drástico en la atmósfera.
Él no se giró.
—Arréglate la blusa y sube a la habitación, Victoria —ordenó, su mente claramente a miles de kilómetros de distancia, en algún lugar oscuro donde yo no estaba invitada—. Y no salgas de ahí hasta que yo te busque. Tenemos visitas.







