El sonido metálico de la cremallera de mi pantalón bajando resonó como un disparo en el silencio del despacho.
Mis manos volaron instintivamente para detener las suyas, pero Aleksei atrapó mis muñecas con una sola mano, inmovilizándolas por encima de mi cabeza contra la dura madera del escritorio. Con la mano que le quedaba libre, tiró de la tela de mi pantalón de sastre hacia abajo, arrastrándola por mis caderas hasta atorarla en mis rodillas.
El contraste del aire frío de la habitación contra