Las horas que siguieron a mi encierro en la habitación fueron una tortura mental.
Había hecho exactamente lo que me ordenó. Me arreglé la blusa temblando, subí las escaleras de mármol como un autómata y me encerré en la inmensa suite. El eco del portazo de su despacho me persiguió todo el camino.
Me metí bajo la ducha intentando borrar el olor a su piel, el rastro de su saliva en mi cuello y la evidencia humillante de mi propio clímax corriendo por mis muslos. Pero frotarme con rabia no sirvió