La Ex

Las horas que siguieron a mi encierro en la habitación fueron una tortura mental.

Había hecho exactamente lo que me ordenó. Me arreglé la blusa temblando, subí las escaleras de mármol como un autómata y me encerré en la inmensa suite. El eco del portazo de su despacho me persiguió todo el camino.

Me metí bajo la ducha intentando borrar el olor a su piel, el rastro de su saliva en mi cuello y la evidencia humillante de mi propio clímax corriendo por mis muslos. Pero frotarme con rabia no sirvió de nada. El recuerdo de sus caderas empujándome contra la caoba del escritorio estaba tatuado a fuego en mi biología.

«Tenemos visitas.»

Esa frase se repetía en mi cabeza mientras el agua caliente me quemaba la espalda. ¿Quién podía tener el poder de hacer que Aleksei Volkov, un hombre que parecía no temerle a Dios ni al diablo, se tensara de esa manera? ¿Quién había aterrizado?

Cuando salí del baño, el sol ya se había ocultado tras el bosque que rodeaba la fortaleza. Encontré un vestido de seda esmeralda sobre la inmensa cama gris. Era ceñido, de tirantes finos y con un corte en la falda que dejaba al descubierto toda mi pierna derecha hasta la cadera.

Me lo puse frente al espejo de cuerpo entero. La seda fría se adhirió a mis pezones sensibilizados y bajó acariciando mi vientre y mi centro desnudo. La Regla Número Uno seguía en pie. Me sentía obscena, expuesta y absurdamente hermosa. Él me estaba convirtiendo en su trofeo privado.

Un golpe seco en la puerta me sacó de mis pensamientos.

—Señora Volkova —la voz monótona de uno de los guardias sonó desde el pasillo—. El Pakhan la espera en el comedor para la cena.

No respondí. Tomé una bocanada de aire, levanté la barbilla y abrí la puerta.

El comedor principal era un salón inmenso y sombrío, iluminado solo por lámparas de araña que proyectaban luces ámbar sobre una mesa de cristal negro diseñada para veinte personas. Pero solo había dos puestos ocupados. Uno en la cabecera, y otro justo a su derecha.

Aleksei ya estaba sentado. Se había cambiado el traje arrugado por una camisa negra de seda que se ceñía letalmente a los músculos de sus hombros. Tenía un vaso de vodka con un solo cubo de hielo en la mano izquierda, y con la derecha deslizaba el dedo por la pantalla de una tableta encriptada.

Ni siquiera levantó la vista cuando los tacones de mis zapatos resonaron contra el suelo de mármol.

La indiferencia me golpeó el estómago con más fuerza que un insulto. Hacía unas horas estaba gruñendo mi nombre, enterrado profundamente dentro de mí, y ahora me trataba como si yo fuera un mueble más de la mansión.

Me deslicé en la silla a su derecha. Un camarero invisible apareció de las sombras, sirvió vino tinto en mi copa y volvió a desvanecerse en silencio.

—No has probado la comida —murmuré, mirando el plato de cordero intacto frente a él.

—No tengo apetito. Come tú —respondió él en un tono plano, sin despegar los ojos grises de la pantalla.

Su frialdad encendió una chispa de furia letal en mi pecho. ¿Ah, sí?, pensé. Vas a ignorarme después de llevarme al cielo y dejarme caer al infierno. El nombre de la visita no pronunciada flotaba en el ambiente, una intrusa invisible que me estaba robando su atención.

Y de repente, me di cuenta de una verdad aterradora: odiaba que me ignorara mucho más de lo que odiaba que me castigara. La jaula de terciopelo estaba empezando a funcionar. Quería recuperar los ojos del depredador. Quería quebrar su máscara de hielo.

Tomé mi tenedor. Mis manos no temblaban. Con un movimiento deliberado y calculado, golpeé el borde de mi plato. El cubierto de plata resbaló de mis dedos y cayó al suelo de mármol con un tintineo resonante.

Aleksei suspiró pesadamente, claramente irritado por la interrupción.

—Pediré que traigan otro —dijo, levantando por fin la vista de la tableta, listo para llamar a un sirviente.

—No es necesario. Yo lo recojo.

Me deslicé lentamente de mi silla. El mantel de lino negro caía hasta el suelo, creando un refugio oscuro bajo la mesa. Me agaché, pero no miré hacia el tenedor.

Mi mirada se clavó en las largas piernas de Aleksei. Estaba sentado con los muslos ligeramente separados. La tela fina de su pantalón negro de sastre no dejaba mucho a la imaginación.

Mi respiración se agitó. El peligro de lo que estaba a punto de hacer era embriagador.

Levanté la mano derecha. El aire rozó mi centro desnudo por la abertura del vestido mientras me estiraba hacia él. Rozé con la punta de mis dedos el interior de su rodilla, subiendo lentamente por la cara interna de su muslo.

Escuché cómo, arriba de la mesa, el vaso de cristal que él sostenía golpeaba contra la mesa de golpe.

Deslicé mi palma abierta un centímetro más arriba, atreviéndome a rozar la pesada dureza que descansaba bajo la cremallera de su pantalón. No era de piedra. Estaba caliente, y la forma en que el músculo reaccionó inmediatamente a mi toque me arrancó una sonrisa oscura.

Iba a acariciarlo de verdad, a demostrarle que yo también podía jugar su maldito juego, pero antes de que pudiera cerrar mis dedos sobre él, su mano grande y letal bajó como un rayo en la oscuridad bajo la mesa.

Aleksei atrapó mi muñeca con una fuerza brutal, deteniendo mis dedos a milímetros de su erección.

El agarre fue tan firme que solté un pequeño gemido ahogado. Él tiró de mi brazo hacia arriba, obligándome a levantarme de debajo del mantel de un solo tirón.

Aparecí sobre la mesa, con el cabello ligeramente revuelto y la respiración superficial.

Sus ojos ya no eran de hielo. El gris había sido devorado por completo por el negro de sus pupilas dilatadas. El depredador había vuelto, y parecía dispuesto a arrancarme la cabeza a mordiscos. La vena de su cuello latía con una violencia contenida.

Todavía sosteniendo mi muñeca bajo la mesa, se inclinó hacia mí hasta que su rostro quedó a centímetros del mío. El olor a sándalo y vodka me inundó los sentidos.

—¿Crees que puedes provocarme cuando estoy lidiando con mis negocios, Victoria? —susurró, su voz tan grave y ronca que vibró en el centro de mi pecho.

—Solo... recogía mi tenedor —jadeé, mirándole los labios.

Aleksei apretó un poco más mi muñeca y luego me soltó con un desdén que me hizo estremecer. Se puso de pie en toda su imponente altura, limpiándose la boca con la servilleta de tela sin apartar sus ojos de tormenta de los míos.

—Levántate y ve a la habitación —ordenó. No había gritos, solo una autoridad absoluta y aterradora que me hizo temblar las rodillas—. Ahora.

Tragué saliva, incapaz de apartar la mirada.

—¿Qué... qué vas a hacerme? —susurré.

Una sonrisa lenta, oscura y llena de promesas sádicas curvó sus labios.

—Voy a enseñarte lo que le pasa a una esposa cuando decide intentar morder la mano de su dueño. Arriba.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP