El eco de mis propios pasos sobre los escalones de mármol me sonaba a una marcha fúnebre.
Aleksei caminaba detrás de mí. No me tocaba, pero no hacía falta. Sentía la pesadez de su mirada clavada en mi espalda, en la abertura del vestido esmeralda, en cada movimiento de mis caderas. Su silencio era infinitamente más aterrador que sus amenazas.
Cuando llegamos a las dobles puertas de la suite, las empujé con manos temblorosas. Entré a la penumbra de la inmensa habitación, iluminada solo por la lu