Mundo ficciónIniciar sesiónEl eco de mis propios pasos sobre los escalones de mármol me sonaba a una marcha fúnebre.
Aleksei caminaba detrás de mí. No me tocaba, pero no hacía falta. Sentía la pesadez de su mirada clavada en mi espalda, en la abertura del vestido esmeralda, en cada movimiento de mis caderas. Su silencio era infinitamente más aterrador que sus amenazas.
Cuando llegamos a las dobles puertas de la suite, las empujé con manos temblorosas. Entré a la penumbra de la inmensa habitación, iluminada solo por la luna que se colaba a través del ventanal de piso a techo.
Escuché el clic metálico de la cerradura a mis espaldas. Aleksei había echado llave.
Me giré lentamente. Él estaba apoyado contra la madera oscura de la puerta, aflojándose los botones de la camisa de seda negra con una lentitud que me erizó la piel. Sus ojos ya no eran la tormenta fría de la cena; eran dos abismos de pura depredación.
—Fuiste muy valiente allá abajo, krasotka —murmuró, su voz rasposa rompiendo el silencio—. Tocarme bajo la mesa mientras intentaba resolver una crisis de seguridad. Querías mi atención.
Tragué saliva, retrocediendo un paso por instinto.
—Me estabas ignorando —dije, mi voz traicionándome con un leve temblor—. Como si no existiera.
Una risa oscura y carente de humor vibró en su pecho. Se separó de la puerta y caminó hacia mí. Su sombra parecía devorar la luz de la habitación.
—Te ignoraba porque si te miraba un segundo más con ese vestido, iba a arrancártelo frente a mis hombres y follarme tu insolencia ahí mismo, sobre los platos de cristal.
El aire se me atascó en los pulmones. El calor de sus palabras se disparó directo a mi bajo vientre, humedeciendo mi centro al instante. Odiaba el efecto que tenía sobre mí, odiaba que una simple frase cruda pudiera borrar todo mi resentimiento.
Aleksei se detuvo a un palmo de distancia. De uno de los bolsillos de su pantalón oscuro, sacó algo que me hizo paralizar. Era una corbata de seda negra, gruesa y pesada.
—Quítate el vestido. Ahora.
Mi orgullo intentó luchar.
—Aleksei...
—Uno —contó, su tono carente de cualquier paciencia. Levantó la seda oscura, deslizándola entre sus dedos largos.
No esperé al dos. Mis manos volaron a los tirantes del vestido esmeralda. Lo deslicé por mis hombros y dejé que la seda cayera al suelo con un susurro, agrupándose alrededor de mis tobillos. Me quedé completamente desnuda frente a él, expuesta a la luz plateada de la luna y al escrutinio devorador de sus ojos grises.
—Date la vuelta —ordenó.
Obedecí, con el corazón golpeándome las costillas. Sentí su pecho caliente rozar mi espalda desnuda. Sus manos subieron por mis hombros, apartando mi cabello hacia un lado. Esperaba que atara mis manos, pero en lugar de eso, la fría y suave seda de la corbata se deslizó sobre mis ojos.
Apretó el nudo en mi nuca, sumiéndome en una oscuridad total.
El pánico inicial fue aplastado casi de inmediato por una expectación asfixiante. Sin mi vista, cada otro sentido se agudizó. Escuchaba el sonido de su respiración pesada. Olía el sándalo, el vodka y el calor puro que emanaba de su piel.
—El problema de tu valentía, Victoria, es que tu boca miente, pero tu cuerpo no —susurró cerca de mi oído. Sus manos grandes y ásperas se posaron en mis caderas, apretando con posesividad posesiva—. Así que esta noche, vas a aprender a pedirlo.
Sus dedos bajaron por mi vientre y encontraron mi centro hinchado. El primer roce me arrancó un jadeo agudo que rompió el silencio de la habitación. No hubo preparación tierna. Estaba mojada y lista para él, y él lo sabía.
Comenzó a frotarme con una precisión cruel. El ritmo era lento, tortuoso. Yo me retorcía contra sus manos, arqueando la espalda, buscando más fricción, pero la ceguera me desorientaba. Estaba flotando en un mar de sensaciones eléctricas, completamente a merced de sus dedos.
—Aleksei... por favor... —gemí, perdiendo cualquier rastro de cordura.
—Esa no es la palabra —ronroneó. Sus dedos aceleraron el ritmo, llevándome al borde del precipicio, ese lugar donde la presión se vuelve casi insoportable y las luces estallan detrás de los párpados.
Estaba a un segundo de romperme en pedazos. Mi cuerpo se tensó como la cuerda de un arco.
Y entonces, se detuvo.
El vacío fue una bofetada física. Lloriqueé, mis caderas empujando el aire en un intento patético de recuperar su tacto.
—No... —supliqué, con la respiración errática.
Sentí sus labios rozar mi cuello, sus dientes mordiendo ligeramente mi pulso desbocado.
—Dime a quién le perteneces —exigió, su voz un trueno bajo en la oscuridad de mi mente—. Dilo en mi idioma.
Había escuchado a sus hombres llamarlo así. Sabía lo que significaba. Mi cerebro racional gritaba que no lo hiciera, que si le daba esa palabra, le estaría entregando la última pieza de mi alma. Pero la biología es una fuerza implacable, y la abstinencia de la noche anterior me había quebrado.
—Aleksei... —jadeé, intentando negociar.
Sus manos se apartaron de mis caderas por completo. El abandono se sintió peor que el fuego.
—Dilo.
Una lágrima de pura sobreestimulación rodó bajo la venda de seda oscura. Me rendí. Tiré mi dignidad al suelo de mármol junto al vestido esmeralda.
—Soy tuya... Gospodin —susurré, la palabra extraña sabiendo a cenizas y a miel en mi boca. Amo. Dueño.
Escuché su gruñido gutural, un sonido primitivo de absoluta victoria.
—Da, moya zhena.
Sus manos volvieron a mí, pero esta vez fue brutal. Un solo movimiento y me llevó al abismo. El orgasmo me golpeó con tanta violencia que mis rodillas cedieron. Aleksei me sostuvo por la cintura, dejando que mi cuerpo se convulsionara contra el suyo mientras la venda negra absorbía mis lágrimas. Mi mente se quedó en blanco, arrasada por el placer.
Me giró entre sus brazos mientras mis piernas aún temblaban. Sus labios buscaron los míos en un beso desesperado, salvaje, con el sabor del triunfo absoluto. Él estaba a punto de levantarme para llevarme a la cama y cobrar su parte del premio.
Pero el beso jamás terminó.
Un estallido ensordecedor destrozó la noche.
El inmenso ventanal de piso a techo voló en pedazos. Una lluvia de cristales afilados estalló hacia el interior de la habitación, seguida de un zumbido letal que cruzó el aire justo donde mi cabeza había estado un segundo antes.
Balas.
Aleksei no gritó. Con reflejos que no eran humanos, me agarró por la nuca y la cintura, lanzando sus noventa kilos de puro músculo sobre mí para tirarnos al suelo.
El impacto contra el suelo me robó el aire. Aleksei me cubrió por completo con su cuerpo masivo, aplastándome contra la alfombra mientras una segunda ráfaga de fuego automático destrozaba las lámparas y la cabecera de la cama sobre nosotros.
—¡Quédate abajo! —rugió, su voz ahogada por el ruido de la destrucción, sacándome la venda de los ojos de un solo tirón violento.
El placer había desaparecido, reemplazado por el olor a pólvora, cristal roto y la certeza absoluta de que el infierno de Aleksei Volkov acababa de alcanzarnos.







