El trozo de tela negra que Aleksei había dejado sobre la cama no podía llamarse traje de baño. Era, en el mejor de los casos, un par de tiras de seda que apenas cubrían mis pezones y un hilo minúsculo que se perdía entre mis glúteos.
Me miré en el espejo del baño, sintiendo que el corazón me latía en la garganta. La pequeña cerradura de platino en mi cuello brillaba, haciendo juego con la obscenidad del bikini. Estaba aterrorizada, sí. Pero después de las confesiones de la noche anterior, el te