Mundo ficciónIniciar sesiónEl sol entraba a raudales por el inmenso ventanal de la suite, burlándose de mi miseria.
No había dormido más de dos horas. Me había pasado la noche retorciéndome entre las sábanas de seda gris, con el cuerpo ardiendo de fiebre y la mente al borde del colapso. Cada vez que intentaba cerrar los ojos, el recuerdo de los dedos de Aleksei frotándome en la limusina volvía para torturarme. El pulso entre mis piernas había sido un latido constante, doloroso y humillante, pero el terror a su amenaza me impidió tocarme para aliviarlo.
Aleksei Volkov no había aparecido por la habitación en toda la noche. Me había dejado cocinándome en mi propia frustración.
Con las piernas temblando de agotamiento y rabia, me levanté de la cama. El camisón de seda se deslizó por mis muslos con una suavidad que me provocó un escalofrío. Me dirigí al vestidor. No iba a quedarme aquí encerrada esperando a que mi captor decidiera cuándo era hora de jugar conmigo. Yo tenía un trabajo. Tenía una vida, aunque estuviera hipotecada.
El vestidor era absurdamente grande. Filas de ropa de diseñador, zapatos y bolsos que costaban más que la deuda de mi padre estaban ordenados por color. Elegí lo más sobrio que encontré: un pantalón de sastre negro y una blusa de seda blanca con cuello de ojal.
Me detuve frente al cajón de la ropa interior. Mis dedos rozaron la madera, pero la voz letal de Aleksei resonó en mi nuca: «Si intentas ponértela de nuevo, te la arrancaré con los dientes».
Apreté la mandíbula y cerré el cajón de un golpe. Me vestí. La fricción de la costura del pantalón contra mi centro desnudo y sensible fue una tortura inmediata. Un recordatorio a cada paso de que, bajo la apariencia de una ejecutiva impecable, yo era suya.
Salí de la suite y bajé las escaleras flotantes. La mansión estaba sumida en un silencio inquietante, pero no estaba vacía. En el vestíbulo principal, frente a las gigantescas puertas dobles de cristal templado, había dos hombres. Trajes negros, espaldas anchas y manos cruzadas al frente.
Caminé hacia ellos con paso firme, ignorando el sudor frío que me bajaba por la nuca.
—Buenos días —dije, en tono cortés pero tajante—. Necesito que me abran la puerta. Mi turno en la corporativa empieza en cuarenta minutos.
Los hombres ni siquiera parpadearon. El más alto, un rubio con una cicatriz que le cruzaba la ceja, dio un medio paso lateral, bloqueando físicamente el escáner de seguridad de la salida.
—Lo lamento, señora Volkova. Tiene prohibido abandonar el perímetro.
El sonido de mi nuevo apellido en esa boca extraña me revolvió el estómago.
—¿Prohibido? Creo que hay un malentendido. Soy la esposa de su jefe, no su prisionera. Abran la puerta. Ahora.
—Las órdenes del Pakhan son absolutas —respondió el hombre, su tono carente de cualquier emoción. Al levantar la mano para acomodarse el audífono, la manga de su chaqueta subió unos centímetros, revelando una estrella negra tatuada en la muñeca.
El aire se me atascó en la garganta. Esa estrella... la había visto en documentales. Era la marca de los líderes de la Bratva, la mafia rusa. El pánico frío me paralizó. Volkov Industries no era solo un conglomerado depredador. Era una fachada.
—Vaya, vaya. ¿Alguien tiene prisa por irse en el primer día de nuestra luna de miel?
La voz grave, cargada de una ironía oscura, resonó desde el pasillo lateral. Aleksei emergió de las sombras. Llevaba el cabello ligeramente húmedo y un traje gris sin corbata que lo hacía ver aún más imponente y letal. Sostenía una taza de café negro en una mano, observándome con la misma mirada de un halcón que ha atrapado a un ratón intentando escapar del nido.
—Retírense —ordenó Aleksei en ruso. Los dos gorilas asintieron y desaparecieron hacia el exterior de la casa en menos de tres segundos, cerrando las puertas herméticamente.
Estábamos solos en el vestíbulo inmenso. Di un paso atrás por instinto.
—Tengo que ir a trabajar —solté, mi voz temblando a pesar de mis esfuerzos por sonar firme—. Tengo un contrato de prácticas. Si no me presento...
—Compré esa empresa a las seis de la mañana —me interrumpió, tomando un sorbo de su café—. Ya no tienes trabajo. Ya no tienes horario. A partir de hoy, tu única ocupación es existir en esta casa para mí.
La indignación superó al miedo.
—¡No soy un maldito objeto que puedas almacenar en tu repisa! —le grité, caminando hacia él—. Firmé un acuerdo matrimonial, Aleksei, no un contrato de esclavitud. Si crees que voy a pasarme cien días encerrada aquí esperando a que te dignes a venir a humillarme...
Aleksei no levantó la voz. No cambió de expresión. Pero con un movimiento tan rápido que mis ojos no lo registraron, dejó la taza sobre una mesa de cristal, agarró mi brazo y me tiró hacia él. Chocar contra su pecho duro como una pared me robó el aliento.
—Te dije que odio a las mentirosas, Victoria —siseó, su rostro a milímetros del mío, el olor a sándalo y café inundando mis sentidos—. Quieres jugar a la esposa rebelde. Quieres gritar y pelear porque es la única forma que tienes de ocultar lo que tu cuerpo me rogaba anoche a través de esa puerta cerrada.
—Te odio —susurré, con lágrimas de pura frustración picando en mis ojos.
—Mientes de nuevo. —Su mirada bajó hasta mi pecho, donde mis pezones estaban dolorosamente marcados contra la seda blanca de mi blusa debido al frío y a la cercanía de él—. Y hoy vas a aprender las consecuencias de intentar huir de mí.
Sin soltar mi brazo, me arrastró por el pasillo hacia las pesadas puertas dobles de su despacho. Yo tropezaba con mis propios pies, intentando zafarme inútilmente. Empujó la puerta con el hombro, me metió dentro y pateó la madera, cerrándola a nuestras espaldas con un sonido sordo y definitivo.
El despacho era lúgubre, forrado en madera de roble, con un enorme escritorio en el centro atestado de carpetas y computadoras.
Antes de que pudiera pronunciar una queja, Aleksei me agarró por la cintura, me levantó del suelo como si yo fuera una muñeca de trapo y me arrojó sobre el escritorio. Los portafolios, un tintero y los documentos cayeron al suelo de madera con un estruendo.
Aleksei se interpuso entre mis piernas abiertas, atrapándome en el borde de la mesa. Sus manos grandes agarraron mis muslos, justo donde la tela de mi pantalón se unía, apretando con fuerza. Sentí la dureza de su erección contra mí, incluso a través de todas las capas de ropa.
—Día dos, krasotka —susurró, su voz ronca y cargada de una lujuria negra y vengativa, mientras sus dedos comenzaban a tirar del cierre de mi pantalón hacia abajo—. Querías acción esta mañana. La vas a tener. Pero aquí adentro, los castigos se pagan con placer.







