Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl estruendo de las ráfagas de ametralladora devoró el mundo.
La habitación, que hace apenas unos segundos era un santuario de lujuria oscura, se convirtió en una trampa de cristal y plomo. Aleksei me mantenía aplastada contra la alfombra con todo el peso de su cuerpo, su pecho duro como una placa de acero sobre mi espalda desnuda. Cada vez que una bala destrozaba la mampostería sobre nosotros, él tensaba los músculos, usándose a sí mismo como un escudo humano.
—¡Gatea hacia el vestidor! —rugió en mi oído, su voz áspera cortando el caos ensordecedor—. ¡Ahora, Victoria! ¡Muévete!
No pensé. El instinto de supervivencia, impulsado por el terror absoluto, tomó el control. Me arrastré por el suelo lleno de cristales rotos, sintiendo pequeños cortes arder en mis rodillas y palmas. Aleksei no se separó de mí ni un milímetro, cubriéndome con su sombra masiva mientras avanzábamos a rastras hacia la oscuridad del inmenso clóset.
Una vez adentro, se puso de rodillas con una agilidad felina, me agarró por la cintura y me levantó del suelo. En la penumbra, vi cómo su mano golpeaba el marco de un espejo de cuerpo entero.
No era un espejo. Con un siseo hidráulico, el panel de cristal se deslizó hacia un lado, revelando una compuerta de acero y un pasillo oscuro.
Aleksei me empujó hacia el interior sin delicadeza y entró detrás de mí, golpeando un botón rojo en la pared. La puerta de acero se cerró de golpe. Y de repente, el infierno exterior desapareció.
El silencio en el cuarto del pánico fue tan absoluto que me zumbaban los oídos. La habitación cúbica se iluminó con una luz de emergencia tenue y rojiza. Las paredes eran de puro concreto reforzado.
Mis pulmones buscaban aire desesperadamente. Estaba temblando de pies a cabeza, encogida en una esquina del frío suelo de acero, completamente desnuda, con la piel erizada y la respiración cortada por sollozos ahogados.
Aleksei se dejó caer de rodillas frente a mí. Su respiración también era agitada, pesada. Sus ojos grises, usualmente tan fríos y calculadores, estaban desorbitados por una urgencia que nunca le había visto.
Sus manos, grandes y ásperas, volaron hacia mi rostro, mi cuello, mis hombros.
—Mírame —exigió, agarrando mis mejillas con ambas manos para obligarme a levantar la cabeza—. Victoria. ¿Estás herida? ¿Te dio algo?
Negué con la cabeza frenéticamente, incapaz de articular una palabra.
—Dímelo —gruñó él, sus manos bajando por mis brazos, palpando mis costillas, mis caderas, asegurándose de que la sangre que manchaba mis rodillas era solo por el cristal y no por el plomo.
—Estoy bien... —jadeé, intentando enfocar la vista en la luz roja—. Estoy bien, Aleksei.
Fue entonces cuando lo sentí. Un líquido espeso, caliente y pegajoso resbaló por mi hombro izquierdo cuando él me tocó. Bajé la mirada.
El impecable brazo de su camisa negra de seda estaba desgarrado a la altura del bíceps. La tela estaba empapada en sangre oscura que goteaba hacia el suelo metálico.
El aire se me atascó de nuevo en la garganta, pero esta vez no fue por miedo a morir. Fue por él. El hombre que me había comprado, el monstruo que me había forzado a rendirme, acababa de recibir una bala por cubrirme con su cuerpo.
—Estás sangrando —susurré, mi voz temblando por una emoción que me aterraba admitir. Llevé mis manos, aún temblorosas, hacia su brazo herido—. Aleksei...
Él miró su brazo como si el agujero de bala fuera un simple rasguño sin importancia. Volvió a clavar sus ojos de tormenta en los míos.
—Es solo un roce —murmuró, su voz bajando de tono, volviéndose ronca y peligrosamente suave. Levantó su mano sana y, con el pulgar, limpió una lágrima rezagada que caía por mi mejilla. El roce dejó una leve mancha roja en mi piel—. Pensaron que podían entrar a mi casa. Pensaron que podían tocar lo que es mío.
La palabra "mío" resonó en las paredes de acero, pero esta vez no sonó a una amenaza financiera. Sonó a una promesa de guerra.
La adrenalina del tiroteo se mezcló tóxicamente con la resaca del orgasmo que acababa de darme minutos atrás. Estábamos encerrados en una caja fuerte subterránea, yo desnuda y él sangrando, y de repente, la habitación se quedó sin oxígeno.
La mirada de Aleksei bajó hacia mis labios. El depredador herido seguía siendo un depredador.
No esperé a que me lo ordenara. No hubo ninguna regla, ni conteo, ni coerción. Fui yo. Movida por una necesidad primitiva de sentir que ambos estábamos vivos, me abalancé sobre él.
Mis manos se enredaron en su cabello oscuro y estrellé mi boca contra la suya.
Aleksei soltó un gruñido gutural, un sonido de pura sorpresa que rápidamente se transformó en posesión absoluta. Sus brazos fuertes, ignorando por completo la herida de bala, me envolvieron y me aplastaron contra su pecho. El beso fue salvaje, un choque de dientes y lenguas que sabía a cobre, sudor y desesperación.
Me levantó del suelo y me prensó contra la fría pared de acero de la habitación. Yo enrosqué mis piernas alrededor de su cintura, frotando mi centro húmedo contra la tela dura de su pantalón. Lo necesitaba dentro de mí. Necesitaba que borrara el sonido de las balas con su nombre.
—Moya zhena —jadeó contra mi boca, mordiendo mi labio inferior, sus manos devorando mis caderas con una urgencia frenética—. Si alguien intenta quitárteme... quemaré esta puta ciudad hasta los cimientos.
Estaba a punto de arrancar su propio cinturón cuando la luz estroboscópica roja de la habitación parpadeó.
Un crujido de estática inundó el pequeño espacio, seguido por la voz metálica del abogado y jefe de seguridad, Dmitri, a través del intercomunicador de emergencia.
—Pakhan. ¿Me copia? —La voz de Dmitri sonaba tensa, carente de su usual frialdad robótica.
Aleksei se detuvo de golpe. Apoyó la frente contra la mía, respirando con pesadez, intentando domar a la bestia que yo había desatado. Cerró los ojos un segundo, ajustó su agarre en mis muslos y giró la cabeza hacia el panel de acero.
—Habla, Dmitri. ¿El perímetro está asegurado? —respondió, su tono volviendo a ser el bloque de hielo inquebrantable del CEO.
—Sí. Mis hombres han neutralizado a dos de los tiradores. El resto huyó hacia el bosque. La mansión está a salvo, señor.
Yo dejé caer la cabeza en el hombro de Aleksei, cerrando los ojos, agradeciendo a Dios. Habíamos sobrevivido.
Pero la voz de Dmitri volvió a sonar por el altavoz, rompiendo mi frágil alivio en mil pedazos.
—Pero tenemos un problema mayor, Aleksei —continuó Dmitri, abandonando las formalidades por primera vez—. Recuperamos un teléfono desechable de uno de los cadáveres. No venían a asesinarte a ti.
El cuerpo de Aleksei se tensó como la cuerda de un arco bajo mis brazos.
—¿Qué quieres decir? —siseó.
—El teléfono no tiene fotos tuyas ni de la casa. Solo tiene una foto y un mensaje. —Dmitri hizo una pausa que me heló la sangre—. Es una foto de la boda. De ella. El objetivo principal no eras tú, Aleksei. Venían a matar a tu esposa.







