El estruendo de las ráfagas de ametralladora devoró el mundo.
La habitación, que hace apenas unos segundos era un santuario de lujuria oscura, se convirtió en una trampa de cristal y plomo. Aleksei me mantenía aplastada contra la alfombra con todo el peso de su cuerpo, su pecho duro como una placa de acero sobre mi espalda desnuda. Cada vez que una bala destrozaba la mampostería sobre nosotros, él tensaba los músculos, usándose a sí mismo como un escudo humano.
—¡Gatea hacia el vestidor! —rugió