Seda y Sumisión

El impacto de mi espalda contra el inmenso colchón de la cama me robó el aire por un segundo.

Aleksei no me dio tiempo de reaccionar. Se abalanzó sobre mí con la agilidad de un depredador. Antes de que pudiera mover los brazos, agarró mis dos muñecas con una sola de sus enormes manos y las empujó por encima de mi cabeza, aplastándolas contra la pesada cabecera de madera oscura.

La seda negra de su corbata se deslizó entre mis brazos. Con movimientos rápidos, precisos y despiadados, envolvió la tela alrededor de mis muñecas y la ató a los gruesos barrotes de la cabecera.

Tiré de mis manos por puro instinto, pero el nudo era implacable. La seda no cortaba mi piel, pero no cedía ni un milímetro. Estaba inmovilizada. Completamente expuesta, con las piernas abiertas y el pecho agitado bajo su mirada devoradora.

Aleksei se alejó un paso de la cama. Estaba medio vestido. Su camisa blanca colgaba abierta, revelando su pecho tallado y cubierto por una fina capa de sudor brillante. Su pantalón negro de traje colgaba bajo en sus caderas.

Se cruzó de brazos y me observó desde los pies de la cama, como si fuera una obra de arte retorcida que él acababa de crear.

—Te creíste la dueña del puto infierno por diez minutos, ¿verdad? —ronroneó, su voz oscura, grave y cargada de un peligro que me hizo temblar el bajo vientre—. Jugaste a ser la jefa en mi escritorio. Me encantó, Victoria. Me voló la puta cabeza ver cómo mi esposa me exigía que la follara.

—Entonces suéltame —lo desafié, tirando inútilmente de mis ataduras, arqueando la espalda—. Deja que te toque de nuevo.

Una sonrisa lenta, sádica y hermosa curvó sus labios. Negó con la cabeza.

—No. Porque ahora tengo que recordarte de quién es el maldito infierno.

Se subió a la cama gateando, como una pantera acechando a su presa. En lugar de interponerse entre mis piernas, se detuvo a mi lado. Bajó el rostro hasta mi cuello, justo donde descansaba el candado de platino. Su lengua caliente trazó la línea de mi pulso, y luego, sin previo aviso, clavó los dientes en mi clavícula.

Grité, un sonido agudo de dolor y sorpresa.

—Ahí está —susurró contra mi piel, chupando la marca que acababa de dejar—. Tu cuerpo entero vibra cuando te quito el control. Mírate, krasotka. Atada a mi cama, goteando por mí, sin poder hacer absolutamente nada para detener lo que voy a hacerte.

Su mano grande y áspera bajó por mi abdomen. El contraste de sus callos contra mi piel sensible me arrancó un jadeo. No fue directo a mi centro. Torturó mis muslos, acariciando la cara interna, acercándose a mi humedad para luego alejarse.

Mis caderas comenzaron a moverse por sí solas, buscando la fricción que él me estaba negando, persiguiendo sus dedos.

—Quieta —ordenó, dándole una palmada sonora a mi muslo derecho.

El ardor del golpe me hizo apretar los labios, pero el latigazo de calor que se disparó directo a mi clítoris me humedeció aún más. Estaba enloqueciendo. La impotencia de no poder tocarlo, de no poder agarrarme de él, magnificaba cada roce.

Aleksei se deslizó hacia abajo. Separó mis piernas al máximo, anclando mis rodillas contra el colchón con sus propios brazos. El aire acondicionado de la habitación acarició mi intimidad expuesta justo un segundo antes de que su aliento caliente lo reemplazara.

—Dime a quién le pertenece este coño —exigió en un susurro oscuro, justo contra mi piel.

—Aleksei... por favor...

—¡Dímelo!

—¡A ti! ¡Es tuyo! —lloriqueé, tirando de la corbata de seda hasta que mis hombros dolieron.

Su lengua se hundió en mí. Fue un contacto tan directo, tan húmedo y devastador que mi cerebro se desconectó por completo. Grité su nombre, retorciéndome en la cama. Aleksei me devoró sin piedad. Sus manos sostenían mis caderas, inmovilizándolas contra las sábanas para que no pudiera escapar de la tortura de su boca.

Succionó mi clítoris con una brutalidad que me hizo ver destellos de luz. Me estaba sacando el alma por entre las piernas.

—¡No puedo... no puedo más! —sollocé, sacudiendo la cabeza de lado a lado. La presión era insoportable. Quería tocarlo, quería clavar mis uñas en su cabello, pero solo podía apretar mis puños inútilmente contra la madera de la cabecera.

Aleksei se separó de mí cuando estaba a un milímetro de correrme.

El grito de frustración que solté debió escucharse en toda la mansión. Él se arrastró hacia arriba, su rostro brillando con mis propios fluidos. Sus ojos grises eran agujeros negros de obsesión pura.

Se desabrochó el pantalón, liberando su hombría dura como el acero, y se acomodó entre mis muslos temblorosos.

—Mírame a los ojos —ordenó, sosteniendo mi mirada con una intensidad que me asfixiaba.

Entró en mí con una lentitud agonizante. Centímetro a centímetro, estirándome, llenando el vacío punzante que su boca había dejado. El dolor sordo de la dilatación se fundió con el placer más absoluto. Cuando llegó hasta el fondo, ambos soltamos un gemido profundo y ronco.

—Dime que te encanta ser mi perra atada —siseó, comenzando a moverse. Embestidas largas, calculadas, que me arrastraban por las sábanas grises.

—Me encanta... joder, me encanta... —Confesé, llorando de puro placer, mi moralidad completamente aplastada por la biología y el morbo de su dominación.

Aleksei perdió el control al escucharme. El ritmo metódico se transformó en un asalto salvaje. El sonido de nuestros cuerpos chocando y los crujidos de la cabecera de madera pesada llenaban la habitación. Cada golpe me empujaba más profundo en el abismo.

Me corrió de forma violenta. El orgasmo me golpeó como un tsunami, haciendo que mi cuerpo se contrajera alrededor de su grosor con tanta fuerza que le arranqué su propio clímax en segundos. Aleksei soltó un rugido primitivo, enterrando su rostro en mi cuello, vaciándose en mí con sacudidas que me hicieron temblar hasta el último hueso.

Se desplomó sobre mí, su peso aplastándome contra el colchón en la oscuridad de la habitación. Nuestras respiraciones rotas eran el único sonido.

Después de varios minutos, cuando el mundo dejó de dar vueltas, Aleksei se levantó lentamente. Se acercó a la cabecera y desató los nudos de seda con destreza. Mis brazos cayeron pesados a mis costados, adormecidos.

Me rodeó con sus brazos y me pegó a su pecho desnudo, frotando mis muñecas marcadas con sus pulgares de forma tierna, una ternura que contrastaba monstruosamente con el animal que acababa de poseerme.

—Tu cuerpo es mío, Victoria. No hay una sola célula en ti que no me responda —susurró, besando mi frente empapada de sudor—. Ya no puedes mentirme físicamente.

Me acurruqué contra él, exhausta, admitiendo en silencio que tenía razón.

Pero Aleksei levantó mi barbilla, obligándome a mirarlo. Su expresión se había vuelto calculadora, intensa, peligrosa.

—Pero tu mente sigue siendo un laberinto —continuó él, con voz suave—. Y yo no tolero puertas cerradas en mi propiedad. Así que esta noche vamos a jugar a algo nuevo.

Tragué saliva, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. —¿Qué juego?

La sonrisa diabólica reapareció.

—El juego de las verdades. Yo te haré preguntas, y tú me responderás. Si siento que me mientes, o si te niegas a contestar... el castigo no será atarte a la cama. ¿Entendiste?

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