Mundo ficciónIniciar sesiónAnastasia Ross es la discreta secretaria de Maverick Kleinman, el poderoso CEO de una prestigiosa firma de relojes de lujo. Tras sus suéteres de lana y sus lentes de lectura, Anastasia ha pasado desapercibida ante los ojos de su jefe durante años; para él, ella es poco más que un nombre en la nómina. Sin embargo, la fachada de normalidad se quiebra una noche fatídica. Tras una amarga pelea con su esposa, un Maverick cegado por el despecho y la ira decide contratar los servicios de una acompañante. Lo que jamás imaginó es que, al cruzar la puerta del motel, no encontraría a una desconocida, sino a su propia secretaria. ¿Qué hace la pelirroja de apariencia inocente escondida tras un vestido negro de infarto en el lugar menos pensado? Nada puede salir bien cuando Maverick se obsesione de la secretaria que, por tres años, fue completamente invisible para él.
Leer másAjusté mi corbata una última vez frente al espejo retrovisor mientras el Ferrari se detenía frente a la torre MAVE. Albert, mi chofer de confianza, mantuvo la vista al frente, tan silencioso y eficiente como siempre; era la única constante en un mundo que a veces se sentía demasiado lento para mí. La mañana era despejada y brillante, casi tanto como mi propia mente, que acababa de cerrar el acuerdo del año: convencer a los dos actores más cotizados del momento, protagonistas de la película nominada a cada premio importante de Hollywood, para que fueran la nueva imagen de mi firma.
Soy brillante. No hay nadie, ni en esta ciudad ni en el extranjero, que pueda alcanzarme. MAVE se había consolidado como la firma de relojes de alta gama más exitosa a nivel internacional, pero mi ambición no tenía techo. Recientemente, habíamos expandido nuestra influencia hacia el sector de la alta joyería —anillos, collares y pulseras de diamantes con el sello de exclusividad que solo yo sabía imprimir—. Al cruzar la puerta de cristal del edificio, el aire acondicionado me golpeó el rostro, pero no logró enfriar mi mal humor al ver a mi secretaria esperándome cerca del ascensor. Aquella mujer pelirroja, con sus suéteres de lana que parecían sacados del armario de una anciana y sus lentes de pasta que se resbalaban por su nariz, tenía una habilidad innata para irritarme. —Señor Kleinman —comenzó, con ese tono titubeante que tanto odiaba—, lamentablemente el actor Ryan Murphy canceló la junta de hoy por problemas en su agenda. Me detuve en seco, clavándole una mirada gélida. Ella se acomodó los lentes con un movimiento torpe, casi buscando refugio tras ellos. —¿No enviará a su abogado para firmar el contrato? —pregunté, controlando el filo de mi voz. —Dijo que no... que vendrían mañana sin falta. Golpeé su escritorio con fuerza, obligándola a sobresaltarse. El sonido seco resonó en el vestíbulo, haciendo que otros empleados bajaran la vista de inmediato. —¿Y Ana Henrill? ¿También piensa dejarme plantado? —Ella confirmó, señor. Vendrá a las diez. —Más le vale —mascullé—. Traiga un café a mi oficina. Caminé hacia mi despacho sin volver a mirarla. Mis pisadas resonaban con autoridad sobre el suelo de mármol. Me dejé caer en mi silla de cuero, un trono de lujo que, al igual que todo en esta empresa, estaba años luz por encima de cualquier otro mobiliario del edificio. Abrí mi laptop, enfurecido por el retraso de Murphy, y comencé a analizar las cifras de ventas, buscando en el éxito de mis productos el consuelo que la incompetencia ajena me negaba. Unos minutos después, unos toques tímidos en la puerta interrumpieron mi concentración. —Adelante. La pelirroja entró. Llevaba una falda que caía más abajo de sus rodillas, un corte que me parecía tan anticuado como su suéter cuadrillé. Dejó la taza y el pequeño plato sobre mi escritorio, manteniendo las manos ocultas detrás de su espalda, como si temiera que su sola presencia fuera una ofensa. —¿Necesita algo más, señor? —preguntó, bajando la vista. —Nada por ahora —respondí sin levantar los ojos de la pantalla—. Gracias. Puede retirarse. Asintió con rapidez y se dio media vuelta. Observé su figura alejarse mientras pensaba en lo absurdo que era tener a alguien tan gris representando la imagen de una empresa que vendía lujo y sofisticación. Para el mediodía, el contrato con Ana Henrill ya estaba firmado. La mujer era el epítome de la belleza comercial: una rubia despampanante, con curvas pronunciadas y una presencia que obligaba a cualquiera a girar la cabeza. Era perfecta para MAVE. —¿Y Ryan Murphy? —La voz de Dakota resonó en el despacho antes de que yo pudiera procesar su llegada. Levanté la vista. Mi esposa, una morena sofisticada, elegante y tan lujosa como los diamantes que vendíamos, entró caminando como si fuera la dueña de la propiedad. Nos casamos cuando yo tenía veinticinco y ahora, a punto de cumplir los treinta, comenzaba a cuestionar si la alianza de matrimonio había sido tan estratégica como pensé en su momento. —No vendrá hoy —dije, tratando de mantener la compostura. —Sírveme un té sin azúcar —le ordenó a mi secretaria, ignorando mi respuesta, antes de inclinarse para besar mi mejilla con una frialdad calculada—. ¿Qué vas a hacer, Maverick? No puedes permitir que se arrepienta. Sin él, la contratación de Ana pierde el sentido. Necesitamos a la pareja del momento, no a una estrella solitaria. —Lo sé, Dakota. No necesito que me lo repitas. Ana ya firmó, Rick vendrá mañana. —¿Y si no lo hace? —Lo hará —respondí entre dientes, mientras veía a mi secretaria acercarse con el té para mi esposa. —Eso espero —insistió Dakota, mirando a la pelirroja con desdén—. No puedes dejar que te pasen a llevar. Debería darte vergüenza que te haya dejado plantado. Hizo lo que quiso contigo hoy. Sentí cómo la sangre me hervía. —¿A qué viniste, Dakota? ¿Por qué no estás jugando tenis con tus amigas superficiales? —Quería visitar al exitoso CEO, pero parece que te encuentro en plena decadencia. —¡Secretaria! —grité. La chica apareció de inmediato—. Llama a Albert. Dile que lleve a mi esposa a casa, ahora mismo. —¿Me estás echando? —preguntó Dakota, estupefacta. —Sí. Tu presencia no ayuda en nada hoy. Dakota me dedicó una mirada cargada de odio, con los ojos inyectados en sangre, antes de darse la vuelta y salir contoneando las caderas con una furia contenida. Suspiré, frotándome las sienes. A veces, la única razón por la que seguía soportando su carácter era la pasión que, al menos en la intimidad, lograba aplacar el caos de mi vida profesional. Pero incluso eso, últimamente, empezaba a saber a poco.El sol de agosto se filtraba a través de los ventanales de nuestra biblioteca, bañando en una luz cálida los planos de la nueva sede del Tasia Beauty Center y los informes de rendimiento que Maverick revisaba con esa concentración felina que siempre me había fascinado. Habían pasado nueve meses desde nuestra boda, y el tiempo, lejos de desgastarnos, nos había pulido como diamantes, fortaleciendo el vínculo que nos unía.Me encontraba sentada en el sofá de terciopelo, con una libreta en el regazo, observando el movimiento de mi vientre. Era un baile lento, acompasado, una coreografía de vida que se desarrollaba dentro de mí. Mis manos, ligeramente hinchadas, descansaban sobre la curva prominente que albergaba a los dos pequeños milagros que estaban a punto de cambiar nuestras coordenadas vitales para siempre. Gemelos. Dos corazones que latían al unísono con el nuestro, dos almas que llegaban a un mundo que habíamos construido, pieza a pieza, con la precisión de quien sabe que la felici
La mañana del día más importante de nuestras vidas no empezó con el caos de los reportajes de última hora ni con la presión mediática que, durante meses, había intentado diseccionar nuestra relación. Empezó con silencio, con la luz dorada del sol filtrándose suavemente a través de las cortinas de seda de nuestro dormitorio y con el aroma a café recién hecho que Maverick, fiel a su nueva costumbre, había traído a la cama.Me desperté con una sensación extraña de ingravidez, como si los últimos dos años de mi vida, desde que empecé a escribir mi propia historia lejos de la sombra de Dakota y del mundo corporativo frío, se hubieran condensado en este preciso instante. Maverick estaba sentado a mi lado, observándome con una calma que me tranquilizó instantáneamente.—Buenos días, futura esposa —murmuró, depositando un beso suave en mi frente mientras me entregaba la taza—. ¿Cómo te sientes?—¿Más allá de tener el corazón latiendo a mil por hora? —bromeé, incorporándome y estirando los bra
El calendario en la pared de la oficina de Maverick marcaba los días con una precisión casi implacable. Faltaban apenas unas semanas para nuestra boda, un evento que, en contra de todas mis expectativas iniciales, se estaba convirtiendo en la celebración más íntima y significativa de mi existencia. Ya no éramos los protagonistas de portadas escandalosas; habíamos logrado construir un oasis de tranquilidad en medio del bullicio de Nueva York, un espacio donde nuestra relación era simplemente lo que debía ser: un refugio.La mansión, que hace un mes me parecía un laberinto de mármol, ahora conocía cada una de mis huellas. Tenía mis propios proyectos, mi despacho improvisado en una de las alas donde estudiaba las proyecciones financieras para la expansión del Tasia Beauty Center y, sobre todo, tenía la libertad de ser yo misma. Maverick, por su parte, se había volcado en proyectos filantrópicos y en la gestión de inversiones privadas, alejándose definitivamente del ritmo depredador de Wa
El sonido de la cinta adhesiva despegándose del rollo con un chirrido seco se había convertido en la banda sonora oficial de mi fin de semana. Sostenía una caja de cartón marrón entre mis manos, contemplando por última vez las paredes vacías de mi departamento. Durante tanto tiempo, este pequeño espacio había sido mi refugio, el lugar donde lloré mis derrotas, donde ideé las estrategias para salir adelante y donde escondí mis miedos más profundos tras las cortinas gastadas y la modesta decoración.Pero al mirar alrededor, el vacío ya no me provocaba nostalgia ni tristeza. Al contrario, sentía una ligereza absoluta en el pecho, la sensación reconfortante de que ese ciclo se había cerrado de la manera más hermosa posible. Ya no era la mujer temerosa que intentaba sobrevivir al día a día en un rincón apartado de la ciudad; era una empresaria consolidada, socia fundadora del Tasia Beauty Center, y, sobre todo, la prometida del hombre que había revolucionado cada rincón de mi existencia.—





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