Mundo ficciónIniciar sesiónAnastasia Ross es la discreta secretaria de Maverick Kleinman, el poderoso CEO de una prestigiosa firma de relojes de lujo. Tras sus suéteres de lana y sus lentes de lectura, Anastasia ha pasado desapercibida ante los ojos de su jefe durante años; para él, ella es poco más que un nombre en la nómina. Sin embargo, la fachada de normalidad se quiebra una noche fatídica. Tras una amarga pelea con su esposa, un Maverick cegado por el despecho y la ira decide contratar los servicios de una acompañante. Lo que jamás imaginó es que, al cruzar la puerta del motel, no encontraría a una desconocida, sino a su propia secretaria. ¿Qué hace la pelirroja de apariencia inocente escondida tras un vestido negro de infarto en el lugar menos pensado?
Leer másAjusté mi corbata una última vez frente al espejo retrovisor mientras el Ferrari se detenía frente a la torre MAVE. Albert, mi chofer de confianza, mantuvo la vista al frente, tan silencioso y eficiente como siempre; era la única constante en un mundo que a veces se sentía demasiado lento para mí. La mañana era despejada y brillante, casi tanto como mi propia mente, que acababa de cerrar el acuerdo del año: convencer a los dos actores más cotizados del momento, protagonistas de la película nominada a cada premio importante de Hollywood, para que fueran la nueva imagen de mi firma.
Soy brillante. No hay nadie, ni en esta ciudad ni en el extranjero, que pueda alcanzarme. MAVE se había consolidado como la firma de relojes de alta gama más exitosa a nivel internacional, pero mi ambición no tenía techo. Recientemente, habíamos expandido nuestra influencia hacia el sector de la alta joyería —anillos, collares y pulseras de diamantes con el sello de exclusividad que solo yo sabía imprimir—. Al cruzar la puerta de cristal del edificio, el aire acondicionado me golpeó el rostro, pero no logró enfriar mi mal humor al ver a mi secretaria esperándome cerca del ascensor. Aquella mujer pelirroja, con sus suéteres de lana que parecían sacados del armario de una anciana y sus lentes de pasta que se resbalaban por su nariz, tenía una habilidad innata para irritarme. —Señor Kleinman —comenzó, con ese tono titubeante que tanto odiaba—, lamentablemente el actor Ryan Murphy canceló la junta de hoy por problemas en su agenda. Me detuve en seco, clavándole una mirada gélida. Ella se acomodó los lentes con un movimiento torpe, casi buscando refugio tras ellos. —¿No enviará a su abogado para firmar el contrato? —pregunté, controlando el filo de mi voz. —Dijo que no... que vendrían mañana sin falta. Golpeé su escritorio con fuerza, obligándola a sobresaltarse. El sonido seco resonó en el vestíbulo, haciendo que otros empleados bajaran la vista de inmediato. —¿Y Ana Henrill? ¿También piensa dejarme plantado? —Ella confirmó, señor. Vendrá a las diez. —Más le vale —mascullé—. Traiga un café a mi oficina. Caminé hacia mi despacho sin volver a mirarla. Mis pisadas resonaban con autoridad sobre el suelo de mármol. Me dejé caer en mi silla de cuero, un trono de lujo que, al igual que todo en esta empresa, estaba años luz por encima de cualquier otro mobiliario del edificio. Abrí mi laptop, enfurecido por el retraso de Murphy, y comencé a analizar las cifras de ventas, buscando en el éxito de mis productos el consuelo que la incompetencia ajena me negaba. Unos minutos después, unos toques tímidos en la puerta interrumpieron mi concentración. —Adelante. La pelirroja entró. Llevaba una falda que caía más abajo de sus rodillas, un corte que me parecía tan anticuado como su suéter cuadrillé. Dejó la taza y el pequeño plato sobre mi escritorio, manteniendo las manos ocultas detrás de su espalda, como si temiera que su sola presencia fuera una ofensa. —¿Necesita algo más, señor? —preguntó, bajando la vista. —Nada por ahora —respondí sin levantar los ojos de la pantalla—. Gracias. Puede retirarse. Asintió con rapidez y se dio media vuelta. Observé su figura alejarse mientras pensaba en lo absurdo que era tener a alguien tan gris representando la imagen de una empresa que vendía lujo y sofisticación. Para el mediodía, el contrato con Ana Henrill ya estaba firmado. La mujer era el epítome de la belleza comercial: una rubia despampanante, con curvas pronunciadas y una presencia que obligaba a cualquiera a girar la cabeza. Era perfecta para MAVE. —¿Y Ryan Murphy? —La voz de Dakota resonó en el despacho antes de que yo pudiera procesar su llegada. Levanté la vista. Mi esposa, una morena sofisticada, elegante y tan lujosa como los diamantes que vendíamos, entró caminando como si fuera la dueña de la propiedad. Nos casamos cuando yo tenía veinticinco y ahora, a punto de cumplir los treinta, comenzaba a cuestionar si la alianza de matrimonio había sido tan estratégica como pensé en su momento. —No vendrá hoy —dije, tratando de mantener la compostura. —Sírveme un té sin azúcar —le ordenó a mi secretaria, ignorando mi respuesta, antes de inclinarse para besar mi mejilla con una frialdad calculada—. ¿Qué vas a hacer, Maverick? No puedes permitir que se arrepienta. Sin él, la contratación de Ana pierde el sentido. Necesitamos a la pareja del momento, no a una estrella solitaria. —Lo sé, Dakota. No necesito que me lo repitas. Ana ya firmó, Rick vendrá mañana. —¿Y si no lo hace? —Lo hará —respondí entre dientes, mientras veía a mi secretaria acercarse con el té para mi esposa. —Eso espero —insistió Dakota, mirando a la pelirroja con desdén—. No puedes dejar que te pasen a llevar. Debería darte vergüenza que te haya dejado plantado. Hizo lo que quiso contigo hoy. Sentí cómo la sangre me hervía. —¿A qué viniste, Dakota? ¿Por qué no estás jugando tenis con tus amigas superficiales? —Quería visitar al exitoso CEO, pero parece que te encuentro en plena decadencia. —¡Secretaria! —grité. La chica apareció de inmediato—. Llama a Albert. Dile que lleve a mi esposa a casa, ahora mismo. —¿Me estás echando? —preguntó Dakota, estupefacta. —Sí. Tu presencia no ayuda en nada hoy. Dakota me dedicó una mirada cargada de odio, con los ojos inyectados en sangre, antes de darse la vuelta y salir contoneando las caderas con una furia contenida. Suspiré, frotándome las sienes. A veces, la única razón por la que seguía soportando su carácter era la pasión que, al menos en la intimidad, lograba aplacar el caos de mi vida profesional. Pero incluso eso, últimamente, empezaba a saber a poco.¿Dos mil ochocientos dólares? La cifra seguía rebotando en mi cabeza como una pelota de goma. Era una cantidad obscena de dinero; el empujón definitivo que necesitaba para comprar ese auto y dejar de depender del metro. Mi jefe estaba buenísimo, no podía negarlo, pero el riesgo era altísimo. Acostarme con él significaba borrar la frontera que me protegía; significaba que, cada vez que él me mirara en la oficina, sabría exactamente qué se sentía tenerme bajo su control. El viaje en metro de vuelta a casa fue una tortura. Mis dedos acariciaban la pantalla del teléfono, tentada de escribirle una respuesta afirmativa. Al llegar al apartamento, Kevin, mi quiltro café, fue el único capaz de distraerme. Su alegría pura al verme, esa lealtad que no esperaba nada a cambio, me recordó por qué trabajaba tan duro. Me senté en una banca del parque mientras él corría, y decidí contarle a Sophia. La respuesta fue un "¡ACEPTA!" en mayúsculas que me dejó aún más confundida. ¿Acaso mi mejor amiga no
La expresión de Anastasia se desmoronó. Sus ojos, que apenas un momento antes reflejaban un desafío helado, se abrieron como platos ante mi propuesta. Si ella vendía su cuerpo por dinero, mi oferta de mil dólares debería ser irresistible, sin importar cuánto intentara fingir que su moralidad estaba intacta.—Podría contratar a la prostituta más hermosa de todo Nueva York —respondió ella, con una voz que intentaba sonar firme pero que flaqueaba al final—. ¿Por qué quiere gastar ese dinero conmigo?—Solo quiero probarte. Me quedé con la duda de qué clase de "artista" eres fuera de este edificio. —Me senté en mi silla, sintiéndome el dueño de la situación, y extraje mi chequera con calma—. Mil dólares por una noche. Sin preguntas, sin juicios.Dejé el cheque sobre la mesa de caoba. Ella lo miró como si fuera una serpiente venenosa.—No, gracias.—¿Cuánto cobras normalmente? ¿Cuatrocientos? ¿Quinientos? —pregunté, sintiendo un extraño placer al verla tambalearse—. Viéndolo así, mi oferta
El despertador sonó a las seis de la mañana, cortando un sueño inquieto. Me levanté con una pesadez en el pecho que ninguna cantidad de café pudo aliviar. Afuera, el otoño soplaba con fuerza, así que opté por mi uniforme de camuflaje: un pantalón negro tipo palazzo, grueso, holgado y forrado con polar, y un suéter de lana color beige con detalles negros, lo suficientemente ancho para no marcar ni una sola curva. Cómoda, casual, invisible.Al mirarme al espejo, sentí un escalofrío. Mis lentes de pasta negra ocultaban mis ojos, pero no podían borrar la imagen que él tenía de mí: la pelirroja del motel. ¿Cómo iba a enfrentarlo? ¿Me trataría igual o ese velo de indiferencia profesional se había roto para siempre?Llegué a la torre MAVE antes de tiempo, buscando refugio en la rutina. Al subir al piso veinte, cada paso sobre la alfombra gris se sintió como una caminata hacia el infierno. Me senté en mi escritorio y encendí la computadora con dedos temblorosos, forzándome a enfocarme en los
Doy un sorbo amargo a mi café mientras observo a Dakota. Es domingo por la mañana y el sol se filtra por los ventanales de nuestra mansión, iluminando una estancia que se siente cada vez más vacía. Ella está sumergida en la lectura de un diario financiero, y la única interacción que hemos tenido en horas ha sido un intercambio mecánico de "buenos días" que no significó nada.Me encuentro en un limbo peligroso. La rabia contra Dakota por haber interferido en mis negocios con Ryan Murphy aún me quema las entrañas, pero hay algo más. Una punzada de culpa por el episodio en el motel, una recaída que me prometí no volver a sufri, se mezcla con una fascinación creciente que no puedo sacarme de la cabeza: Anastasia. La secretaria invisible, la mujer que, en un giro del destino, resultó ser mucho más que una simple empleada gris.Llevo cinco años casado con Dakota y le he sido infiel dos veces. Ambas ocasiones fueron impulsadas por el mismo vacío: la necesidad de sentir que aún tenía el contr
Último capítulo