Mundo ficciónIniciar sesiónCasi me desplomo al salir de la habitación. Mis piernas, que segundos antes se sentían firmes y poderosas, apenas respondían. El aire gélido de la madrugada de Nueva York golpeó mi rostro, pero no logró enfriar el incendio que sentía en mis mejillas. ¿Cómo era posible? De todas las personas en esta ciudad de millones, ¿tenía que ser él? Maverick Kleinman, mi jefe, el hombre al que veo de lunes a viernes, el hombre que ni siquiera se molesta en pronunciar mi nombre, ahora conocía mi secreto mejor guardado.
—¡Carajo! ¡Me quiero morir! —exclamé para mis adentros, caminando hacia la salida como una autómata. Llegué a mi apartamento y me dejé caer en el suelo, con la espalda apoyada contra la puerta. El resto de la noche fue una tortura de insomnio, dando vueltas en la cama mientras imaginaba los escenarios más catastróficos. ¿Me despediría el lunes? ¿Me humillaría frente a toda la empresa? ¿O, peor aún, usaría esta información para acosarme? Al despertar el sábado, el peso de la realidad me golpeó con más fuerza. Eran las once de la mañana y la humillación aún me quemaba la garganta. Intenté recordar la dignidad con la que salí de la habitación, pero mi mente solo se enfocaba en el brillo de deseo que vi en sus ojos cuando lo desafié. Maldita sea, me sentía expuesta. Tiré el celular sobre la cama y marqué el número de Sophia. Necesitaba aire, necesitaba hablar con alguien que no me mirara como a una empleada. Nos encontramos en un restaurante cerca del parque. Sophia, siempre impecable y con esa seguridad natural que yo tanto envidiaba, me miró con una sonrisa. —¿Qué ocurrió? Te ves como si hubieras visto un fantasma —me dijo en cuanto tomó asiento. —Me pasó algo de locos, Sophia. Siento que ya no sé cómo seguir viviendo una vida normal —confesé, sintiendo un nudo en el pecho. Ella soltó una carcajada cristalina, restándole importancia. —No seas exagerada, Tasia. Seguramente no es para tanto. —No hace falta que elijas del menú, ya pedí —la interrumpí, intentando normalizar mi pulso—. Una ensalada para ti, una hamburguesa doble para mí. La necesito. —Genial, eres la mejor —dejó el menú a un lado y me miró con atención—. Entonces, suéltalo. ¿Qué pasó? —Mi jefe... él se enteró de todo. Y no sé cómo voy a volver a entrar a esa oficina el lunes sin que la vergüenza me consuma. Sophia arqueó una ceja, curiosa. —¿Robaste algo y te pilló? —¡No! Fue fuera del horario de oficina. Es mi vida privada, pero él... él estaba ahí. —A ver, Tasia. Lo que hagas fuera de tu turno no es asunto suyo —dijo ella, moviendo la mano con desdén—. Eres una mujer libre. Tomé aire, armándome de valor. —Sophia, ¿tú sabes a lo que me dedico por las noches, verdad? Ella ladeó la cabeza con una sonrisa suave. —Por supuesto, Tasia. Te conozco desde el jardín. No soy tonta. Y si es lo que te preocupa, que sepas que me da exactamente lo mismo. Te amo como a una hermana y nada va a cambiar mi opinión sobre ti. Eres brillante, trabajadora y haces lo que tienes que hacer para cumplir tus metas. Sentí que mis ojos se humedecían. —Gracias, de verdad. —¡No llores, mensa! Es más, si no tuviera novio te pediría el dato de la aplicación —bromeó, aunque su expresión cambió rápidamente a una de pura intriga—. Ahora, cuéntamelo todo. —Fui a una cita, llegué al motel y... era él. Mi jefe. Maverick Kleinman. Sophia casi escupe el agua que estaba bebiendo. —¡¿Maverick Kleinman contrató tus servicios?! —chilló, provocando que un par de personas en las mesas cercanas se giraran. —¡Baja la voz! —le supliqué, bajando la cabeza—. Sí, ya sabe que soy prostituta. —¿Y bien? ¿Te acostaste con el CEO más famoso de la ciudad? —preguntó ella, con una mezcla de morbo y curiosidad. —¡No, loca! Estaba demasiado bloqueada por la vergüenza. Intenté actuar como si nada, pero creo que mi cara de terror me delató. Sophia suspiró, recostándose en su silla. —Dios, qué vida tan emocionante tienes. Es guapo, ¿por qué no hiciste tu trabajo? —Es mi jefe, Sophia. Además, tiene esposa. ¿Qué clase de desastre hubiera sido eso? —Tasia, querida —dijo ella, tomándome de la mano con firmeza—. No es el primer hombre casado que te cruzas y sabes bien cómo funciona este mundo. No trates de tapar el sol con un dedo. El problema no es que él esté casado, el problema es que, por primera vez, te importa el juicio de alguien. Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Tenía razón. ¿Por qué me importaba tanto lo que pensara Maverick Kleinman? ¿Acaso porque, por un segundo, me sentí vista como algo más que una secretaria torpe? —. ¿Qué harás si vuelve a solicitar tus servicios? —preguntó ella, observándome con intensidad. Mi corazón se aceleró. La sola idea de volver a enfrentarlo, esta vez sin la sorpresa inicial, me provocaba un vértigo insoportable. ¿Maverick seguiría tratándome como a su secretaria nerd los lunes por la mañana? En mi mente, el muro que estaba construido entre ambos se había derrumbado. Y lo peor de todo es que no sabía si quería reconstruirlo.






