¡Mi Secretaria Nerd Es Una Prostituta!
¡Mi Secretaria Nerd Es Una Prostituta!
Por: ClaudiaNavarreteDiaz
1. Narra Maverick

Ajusté mi corbata una última vez frente al espejo retrovisor mientras el Ferrari se detenía frente a la torre MAVE. Albert, mi chofer de confianza, mantuvo la vista al frente, tan silencioso y eficiente como siempre; era la única constante en un mundo que a veces se sentía demasiado lento para mí. La mañana era despejada y brillante, casi tanto como mi propia mente, que acababa de cerrar el acuerdo del año: convencer a los dos actores más cotizados del momento, protagonistas de la película nominada a cada premio importante de Hollywood, para que fueran la nueva imagen de mi firma.

Soy brillante. No hay nadie, ni en esta ciudad ni en el extranjero, que pueda alcanzarme.

MAVE se había consolidado como la firma de relojes de alta gama más exitosa a nivel internacional, pero mi ambición no tenía techo. Recientemente, habíamos expandido nuestra influencia hacia el sector de la alta joyería —anillos, collares y pulseras de diamantes con el sello de exclusividad que solo yo sabía imprimir—.

Al cruzar la puerta de cristal del edificio, el aire acondicionado me golpeó el rostro, pero no logró enfriar mi mal humor al ver a mi secretaria esperándome cerca del ascensor. Aquella mujer pelirroja, con sus suéteres de lana que parecían sacados del armario de una anciana y sus lentes de pasta que se resbalaban por su nariz, tenía una habilidad innata para irritarme.

—Señor Kleinman —comenzó, con ese tono titubeante que tanto odiaba—, lamentablemente el actor Ryan Murphy canceló la junta de hoy por problemas en su agenda.

Me detuve en seco, clavándole una mirada gélida. Ella se acomodó los lentes con un movimiento torpe, casi buscando refugio tras ellos.

—¿No enviará a su abogado para firmar el contrato? —pregunté, controlando el filo de mi voz.

—Dijo que no... que vendrían mañana sin falta.

Golpeé su escritorio con fuerza, obligándola a sobresaltarse. El sonido seco resonó en el vestíbulo, haciendo que otros empleados bajaran la vista de inmediato.

—¿Y Ana Henrill? ¿También piensa dejarme plantado?

—Ella confirmó, señor. Vendrá a las diez.

—Más le vale —mascullé—. Traiga un café a mi oficina.

Caminé hacia mi despacho sin volver a mirarla. Mis pisadas resonaban con autoridad sobre el suelo de mármol. Me dejé caer en mi silla de cuero, un trono de lujo que, al igual que todo en esta empresa, estaba años luz por encima de cualquier otro mobiliario del edificio. Abrí mi laptop, enfurecido por el retraso de Murphy, y comencé a analizar las cifras de ventas, buscando en el éxito de mis productos el consuelo que la incompetencia ajena me negaba.

Unos minutos después, unos toques tímidos en la puerta interrumpieron mi concentración.

—Adelante.

La pelirroja entró. Llevaba una falda que caía más abajo de sus rodillas, un corte que me parecía tan anticuado como su suéter cuadrillé. Dejó la taza y el pequeño plato sobre mi escritorio, manteniendo las manos ocultas detrás de su espalda, como si temiera que su sola presencia fuera una ofensa.

—¿Necesita algo más, señor? —preguntó, bajando la vista.

—Nada por ahora —respondí sin levantar los ojos de la pantalla—. Gracias. Puede retirarse.

Asintió con rapidez y se dio media vuelta. Observé su figura alejarse mientras pensaba en lo absurdo que era tener a alguien tan gris representando la imagen de una empresa que vendía lujo y sofisticación.

Para el mediodía, el contrato con Ana Henrill ya estaba firmado. La mujer era el epítome de la belleza comercial: una rubia despampanante, con curvas pronunciadas y una presencia que obligaba a cualquiera a girar la cabeza. Era perfecta para MAVE.

—¿Y Ryan Murphy? —La voz de Dakota resonó en el despacho antes de que yo pudiera procesar su llegada.

Levanté la vista. Mi esposa, una morena sofisticada, elegante y tan lujosa como los diamantes que vendíamos, entró caminando como si fuera la dueña de la propiedad. Nos casamos cuando yo tenía veinticinco y ahora, a punto de cumplir los treinta, comenzaba a cuestionar si la alianza de matrimonio había sido tan estratégica como pensé en su momento.

—No vendrá hoy —dije, tratando de mantener la compostura.

—Sírveme un té sin azúcar —le ordenó a mi secretaria, ignorando mi respuesta, antes de inclinarse para besar mi mejilla con una frialdad calculada—. ¿Qué vas a hacer, Maverick? No puedes permitir que se arrepienta. Sin él, la contratación de Ana pierde el sentido. Necesitamos a la pareja del momento, no a una estrella solitaria.

—Lo sé, Dakota. No necesito que me lo repitas. Ana ya firmó, Rick vendrá mañana.

—¿Y si no lo hace?

—Lo hará —respondí entre dientes, mientras veía a mi secretaria acercarse con el té para mi esposa.

—Eso espero —insistió Dakota, mirando a la pelirroja con desdén—. No puedes dejar que te pasen a llevar. Debería darte vergüenza que te haya dejado plantado. Hizo lo que quiso contigo hoy.

Sentí cómo la sangre me hervía.

—¿A qué viniste, Dakota? ¿Por qué no estás jugando tenis con tus amigas superficiales?

—Quería visitar al exitoso CEO, pero parece que te encuentro en plena decadencia.

—¡Secretaria! —grité. La chica apareció de inmediato—. Llama a Albert. Dile que lleve a mi esposa a casa, ahora mismo.

—¿Me estás echando? —preguntó Dakota, estupefacta.

—Sí. Tu presencia no ayuda en nada hoy.

Dakota me dedicó una mirada cargada de odio, con los ojos inyectados en sangre, antes de darse la vuelta y salir contoneando las caderas con una furia contenida. Suspiré, frotándome las sienes. A veces, la única razón por la que seguía soportando su carácter era la pasión que, al menos en la intimidad, lograba aplacar el caos de mi vida profesional.

Pero incluso eso, últimamente, empezaba a saber a poco.

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