Mundo ficciónIniciar sesiónElena Márquez creyó haber encontrado el amor verdadero en los brazos de Bruno Moretti, hasta que descubrió que el hombre al que entregó su corazón y su futuro estaba a punto de casarse con otra mujer... mientras ella llevaba a su hijo en el vientre. Humillada y decidida a no dejarse vencer, en medio de la ceremonia lanza una propuesta desesperada, casarse con el único hombre que inspira respeto y miedo a todos, Dante Moretti, el poderoso, frío y enigmático tío de su traidor. Dante acepta sin dudarlo, ocultando un secreto, conocía toda la verdad mucho antes de que ella se lo pidiera. Lo que empieza como un matrimonio por conveniencia, donde él le ofrece protección y ella le devuelve estabilidad a su imperio, se convierte poco a poco en un juego de pasiones ocultas, lealtades rotas y deseos que ninguno de los dos se atreve a confesar. Mientras Bruno y la traicionera Sofía intentan destruirlos a toda costa, Elena descubrirá que detrás de la máscara de hielo de Dante se esconde el único hombre capaz de amarla sin condiciones... si ambos logran sobrevivir a las mentiras que amenazan con separarlos para siempre.
Leer másElena Márquez llevaba diez minutos mirando la pequeña línea rosada en la prueba de embarazo, sentada en el borde de la bañera de su apartamento, cuando el timbre del teléfono la sobresaltó.
—Contesta, contesta —se dijo a sí misma, guardando el test en el bolsillo de su bata y respirando hondo para calmar el temblor de sus manos. Era Sofía... —¡Elena! ¿Dónde estás? Llevo llamándote toda la mañana —la voz de Sofía sonaba apresurada, casi nerviosa, aunque Elena no le dio importancia. Llevaba meses acostumbrada a que su mejor amiga viviera con el teléfono pegado a la oreja, siempre metida en algún drama de la oficina. —Estoy en casa —respondió Elena, incapaz de contener la sonrisa que le nacía desde dentro — Sofía, tengo que contarte algo, algo increíble. —¿Qué pasa? —Sofía bajó la voz, como si intuyera que se trataba de algo serio. Elena cerró los ojos un segundo, saboreando el momento antes de decirlo en voz alta por primera vez a alguien más que a sí misma. —Estoy embarazada —confesó, al otro lado de la línea se hizo un silencio extraño. Un silencio que duró demasiado. —Sofía, ¿sigues ahí? —Sí, sí, aquí estoy —la voz de su amiga sonó de pronto tensa, casi quebrada —Elena... ¿ya se lo dijiste a Bruno? —Todavía no. Quiero decírselo esta noche, en persona. Llevamos meses escondiéndonos, Sofía, pero esto lo cambia todo. Un hijo no se puede esconder. Tendrá que hablar con su tío, tendrá que asumir lo nuestro de una vez. Elena se levantó de la bañera y caminó hacia el dormitorio, donde ya tenía preparado el vestido azul que Bruno le había regalado en su último aniversario secreto. Ocho meses de una relación que vivía entre las sombras de la empresa Moretti, entre reuniones a puerta cerrada y mensajes borrados a toda prisa, iban a terminar esa misma noche. —Elena, espera —la voz de Sofía sonó de pronto urgente, casi desesperada —Antes de que hagas nada... tienes que sentarte. —¿Sentarme? ¿Por qué? —Ha llegado algo a tu casa, un mensajero. Está ahí, en la puerta de tu edificio ahora mismo. Yo... yo lo vi porque pasé por tu calle de camino al trabajo. Elena frunció el ceño, sin entender del todo lo que su amiga trataba de decirle. —¿De qué hablas? —Baja. Por favor, baja y mira lo que te han enviado. Yo... no puedo decírtelo por teléfono. El corazón de Elena empezó a latir con una fuerza distinta, ya no de felicidad sino de un miedo que no sabía nombrar. Bajó las escaleras de su edificio casi corriendo, descalza, con la bata todavía puesta, y encontró al portero sosteniendo un sobre grueso, de color crema, con un sello dorado en relieve. —Señorita Márquez, esto llegó para usted hace media hora —dijo el hombre, entregándole el sobre con cierta solemnidad, como si presintiera que contenía algo importante. Elena le dio las gracias con voz temblorosa y volvió a subir, sin abrirlo todavía, apretándolo contra su pecho como si con eso pudiera adivinar su contenido antes de romper el lacre. Cuando por fin cerró la puerta de su apartamento, se sentó en el sofá y lo abrió con dedos torpes. Era una invitación. Una invitación de boda, impresa en papel grueso, con letras doradas y una caligrafía elegante que anunciaba la unión entre Bruno Moretti y Camila Vasconcelos, hija única del embajador Vasconcelos, en una ceremonia privada que se celebraría en tres semanas en la finca de la familia Moretti. Elena sintió que el aire se le escapaba del cuerpo. —No... no puede ser —susurró, releyendo el nombre una y otra vez, como si al hacerlo pudiera cambiar las letras impresas —Bruno Moretti y Camila Vasconcelos. El teléfono volvió a sonar. Era Sofía de nuevo. —Elena, ¿ya la viste? —preguntó, con una voz que ahora sonaba más a compasión fingida que a sorpresa genuina —Dime que estás bien. —¿Tú lo sabías? —la voz de Elena salió quebrada, apenas un hilo —Sofía, dime la verdad. ¿Tú sabías que Bruno estaba comprometido? Hubo una pausa demasiado larga. —Yo... escuché rumores en la oficina hace unas semanas, pero no quise decirte nada hasta estar segura. No quería hacerte daño sin pruebas, Elena. Elena cerró los ojos, sintiendo que el mundo entero se desmoronaba bajo sus pies. Ocho meses de promesas susurradas en la oscuridad de hoteles y oficinas vacías. Ocho meses de un hombre que le había jurado, una y mil veces, que ella era la única mujer que realmente le importaba, que la boda de conveniencia con la que su familia lo presionaba era solo un rumor sin fundamento, que algún día, cuando su tío ya no tuviera tanto control sobre el imperio Moretti, se casaría con ella, con Elena, la asistente sin apellido ilustre ni fortuna heredada. Y ahora, en sus manos, tenía la prueba de que todo había sido mentira. Se llevó la otra mano al vientre, todavía plano, todavía guardando un secreto que ya no sabía cómo ni a quién confesar. —Elena, di algo, por favor —insistió Sofía al teléfono. Pero Elena ya no la escuchaba. Su mirada estaba fija en una línea del pie de la invitación, una frase protocolaria que anunciaba quién oficiaría la ceremonia y quién entregaría los anillos como padrino de honor del novio. «Con la bendición y presencia de su tío, don Dante Moretti, quien acompañará a la pareja en tan importante ceremonia.» Elena leyó el nombre una segunda vez, y una tercera, sintiendo que algo dentro de ella, algo frío, calculador, distinto a cualquier cosa que hubiera sentido antes, empezaba a despertar entre los restos de su corazón roto. Si Bruno pensaba que podía casarse con otra mujer y dejarla a ella con un hijo y una vida destrozada, se equivocaba. Y si su tío, el temido y poderoso Dante Moretti, iba a estar presente en esa boda... Entonces Elena tenía tres semanas para decidir exactamente qué iba a hacer con la vida que llevaba dentro, y con el apellido Moretti que estaba a punto de cambiarlo todo.Elena dejó el contrato sobre el escritorio, todavía sintiendo el peso de las últimas páginas que acababa de leer, y se tomó unos segundos antes de volver a hablar, tratando de ordenar la avalancha de pensamientos que se agolpaban en su mente.—Antes de firmar nada —dijo finalmente, alzando la vista hacia Dante con una determinación que le sorprendió incluso a ella misma —creo que ambos deberíamos dejar muy claras algunas condiciones. Si vamos a hacer esto, señor Moretti, quiero que sea sobre bases honestas desde el primer día.Dante enarcó una ceja, con una expresión que Elena no supo si interpretar como sorpresa o como una especie de aprobación silenciosa.—Me parece razonable —concedió él, entrelazando los dedos sobre el escritorio —De hecho, yo mismo tenía pensado exponerle ciertas reglas antes de que firmáramos nada. Permítame empezar yo, si no le importa.Elena asintió, cruzando las manos sobre su regazo, preparándose mentalmente para lo que fuera que Dante estuviera a punto de e
El jardín seguía sumido en un silencio estupefacto cuando Dante Moretti, sin añadir una sola palabra más a su respuesta, extendió una mano hacia Elena.—Venga conmigo, señorita Márquez. Creo que esta conversación merece continuarse en privado, lejos de tantos oídos curiosos.Elena dudó un instante, sintiendo aún el peso de cientos de miradas clavadas en su espalda, pero finalmente aceptó la mano que le ofrecían y dejó que Dante la guiara fuera del jardín, hacia el interior de la mansión principal de la finca. Bruno intentó seguirlos, protestando algo sobre la locura de todo aquello, pero un simple gesto de la mano de Dante bastó para que dos hombres de seguridad le cerraran el paso sin miramientos.—Debe pensar que estoy completamente loca —dijo Elena, una vez que se encontraron a solas en un despacho amplio, forrado de estanterías con libros encuadernados en cuero, mientras Dante cerraba la puerta tras de sí —Lo que dije allá afuera fue un impulso, señor Moretti. No esperaba que uste
El jardín entero quedó suspendido en un silencio incrédulo tras las palabras de Dante. Elena sintió cientos de ojos clavados en ella, algunos con curiosidad morbosa, otros con un desprecio apenas disimulado, y por un instante no supo si echar a correr o quedarse a enfrentar lo que fuera que viniera después.—¿Que venga con usted? —repitió Elena, con la voz todavía temblorosa, mirando a Dante sin comprender del todo el alcance de aquella orden—Con todo respeto, señor Moretti, usted no tiene ningún derecho a decidir qué hago yo con mi vida.Algo parecido a una sombra de sorpresa cruzó el rostro de Dante ante la firmeza inesperada de aquella respuesta, pero se recompuso de inmediato.—Tiene razón, señorita Márquez —concedió él, con una calma que no dejaba entrever ni una pizca de la autoridad feroz que había exhibido segundos antes frente a su sobrino —Le pido disculpas por mi tono. Solo pretendía ofrecerle protección ante lo que acaba de suceder aquí.—¿Protección? —Bruno soltó una risa
—Contéstame, Bruno —exigió Elena, con el sobre todavía apretado entre los dedos, temblando de una furia que ya no podía contener —¿Cuánto tiempo llevas sabiéndolo?—Elena, baja la voz, por favor —Bruno intentó acercarse a ella, con las manos extendidas en un gesto conciliador que a Elena ya no le producía ningún efecto.—No pienso bajar la voz —replicó ella, retrocediendo hacia la puerta —Llevas días sabiendo que voy a tener un hijo tuyo, y aun así te casaste hoy con Camila como si yo no existiera. Como si este bebé no existiera.Salió de la casa de huéspedes casi corriendo, con Bruno pisándole los talones, y regresó directamente al jardín principal, donde la ceremonia ya había terminado y los invitados comenzaban a circular entre las mesas dispuestas para el banquete, copas de champán en mano, risas elegantes flotando en el aire cálido de la tarde.—¡Todos ustedes deberían saber la clase de hombre con el que Camila acaba de casarse! —la voz de Elena resonó por encima de la música sua
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