Mundo ficciónIniciar sesiónEl viernes terminó como empezó: agotador, monótono y lleno de gritos. Me pasé ocho horas siendo el blanco de la frustración de Maverick Kleinman, mi jefe, un hombre cuya belleza física es directamente proporcional a su falta de empatía. ¿Qué culpa tenía yo de que Ryan Murphy no supiera gestionar su agenda? Me pasé el día haciendo cafés, atendiendo llamadas y esquivando sus desplantes, sintiéndome como un mueble más en su oficina de lujo.
Lo más irónico es que llevo tres años trabajando en MAVE y, para él, sigo siendo "la secretaria". ¿Es tan difícil recordar que me llamo Anastasia? A veces pienso que soy invisible, o peor, que él simplemente decide que no valgo el esfuerzo de memorizar cuatro sílabas. Su esposa, Dakota, no es mucho mejor. Es una mujer bellísima, pero tiene una forma de ser que apesta, cargada de ese aire de superioridad de quien cree que el dinero le otorga el derecho a humillar a quienes considera "inferiores". Pero cuando llego a mi pequeño apartamento, el estrés se disipa al cruzar la puerta. Este es mi lugar seguro, mi lugar de paz. —¿Quién es el perrito más lindo del mundo? Sí, eres tú —murmuré mientras Kevin, mi rescate, saltaba a mi alrededor. Kevin era mi único compromiso real. A mis veintiún años, no planeo ser madre, ni por accidente ni por elección. Soy demasiado joven y demasiado consciente de lo que cuesta el dinero como para arruinar mi estabilidad con un bebé. Me cuido al extremo; tomo mis pastillas y el preservativo es una regla innegociable, tanto en mi vida personal como en mi "trabajo nocturno". Porque sí, al caer el sol, mi vida se transforma. Mientras el mundo duerme, yo me convierto en alguien que el señor Kleinman jamás imaginaría. No lo hago por desesperación, ni por deudas, ni por una historia trágica. Lo hago por ambición pura. Crecí conociendo la carencia, viviendo en los márgenes, y juré que nunca volvería a pasar hambre. Ahora que vivo sola, mi objetivo es claro: quiero lujos, quiero mi propio auto, y eventualmente, quiero mi propia casa. Mi familia cree que trabajo horas extras en la empresa, y mientras pueda seguir enviándoles dinero todos los meses, me siento tranquila. Soy joven, estoy sana y tengo un plan. Lo decreto: seré exitosa. De día, elijo pasar desapercibida. Ropa holgada, colores neutros, lentes de pasta que ocultan la intensidad de mi mirada y un suéter de lana que esconde mi figura. De noche, es otra historia. Adoro la forma en que el rojo de mi cabello resalta bajo las luces de neón y cómo, con el vestido adecuado, mi cuerpo deja de ser invisible para convertirse en el objeto de deseo de hombres que jamás me mirarían en la oficina. Mi celular vibró sobre la mesa. Una notificación de la aplicación que utilizaba para gestionar mis citas: *Dave Franco - Motel del Mirador, 3:30 AM.* El Motel del Mirador era un refugio de lujo en las afueras de Nueva York, el lugar perfecto para quienes buscan anonimato y placer. Me arreglo con rapidez y subo al taxi con una mezcla de adrenalina y determinación. Al llegar, recibí la llave de la recepcionista —quien ya me conocía bien— y caminé hacia la habitación asignada. El ambiente dentro era sofocante, con el aroma a perfume caro y sábanas limpias. Dejé mi cartera en la silla mientras escuchaba el sonido del agua corriendo en el baño; mi cliente se estaba preparando. Me senté en el borde de la cama, acomodándome el cabello. Crucé las piernas con lentitud, sintiendo cómo el vestido negro de seda se deslizaba hacia arriba, dejando al descubierto mis muslos. El aire se sentía eléctrico; la combinación de nervios y una excitación prohibida me recorría la piel como un escalofrío. De pronto, el agua se cortó. El silencio posterior fue absoluto, solo interrumpido por el latido desbocado de mi propio corazón. La cerradura del baño giró. La puerta se abrió con parsimonia. Cuando vi quién emergía del baño, el aire se me escapó de los pulmones. Maverick Kleinman estaba allí, rodeado apenas por una toalla, con el cabello húmedo y una expresión de arrogancia que se desvaneció al instante al encontrarse con mis ojos. Mi jefe. Mi torturador de ocho a cinco. El hombre que ni siquiera sabía mi nombre, ahora me miraba con una intensidad que nunca había visto en la oficina. El tiempo pareció detenerse. Mis manos empezaron a temblar, pero las escondí tras mi espalda. ¿Cómo iba a salir de esta? Si él me reconocía, mi vida tal como la conocía —mi estabilidad, mi trabajo, mi fachada— se derrumbaría en cuestión de segundos. El motel, que antes me parecía un terreno de juego, se convirtió de pronto en una trampa mortal.






