Mundo ficciónIniciar sesiónMi cuerpo se tensó instantáneamente, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. La mujer sobre la cama, la que se supone debía ser una desconocida contratada para aliviar mi rabia, era ella. Esa secretaria gris, monótona y aparentemente invisible que se escondía tras suéteres de lana y lentes de pasta en mi oficina.
—¿Se... Señor Kleinman? —Su voz, siempre susurrante y tímida frente a mi escritorio, sonó ahora con un matiz diferente, cargada de una vulnerabilidad que no lograba ocultar el pánico. Sin sus lentes, sus ojos eran distintos; su rostro, salpicado por esas pecas que nunca me tomé la molestia de notar, se veía iluminado por una mezcla de terror y desafío. El vestido negro ceñido que llevaba realzaba una figura que, bajo mis narices, había logrado mantener oculta durante años—. Me voy. Perdón... no tenía forma de saber que era usted —dijo, intentando levantarse con una prisa que solo acrecentó mi interés. Antes de que pudiera dar un paso más, cerré la distancia y atrapé su cadera con firmeza, atrayéndola contra mi cuerpo. El contacto fue como una chispa. —Me puse un nombre falso —admití, con la voz más ronca de lo que pretendía—. No tenias forma de saber quién era. ¿Cómo te llamas? —Anastasia Ross —respondió, desafiando mi mirada. —¿Cuánto tiempo llevas trabajando en mi empresa? —Tres años —dijo ella, con una calma que me descolocó. Me sentí como un completo idiota. Tres años. Tres años teniendo ante mí a una mujer que, evidentemente, guardaba un fuego que yo ni siquiera me había molestado en buscar. Me separé un poco, inhalando su aroma: no era el perfume lujoso y cargado de Dakota, sino algo más natural, casi embriagador. —¿Qué haces aquí? —pregunté, deslizando la mano hacia su brazo—. ¿No ganas lo suficiente como mi secretaria? Anastasia se soltó de mi agarre con un movimiento felino. Su postura cambió por completo; sus hombros, antes caídos, se tensaron con una elegancia depredadora. Ya no había rastro de la nerd torpe. —Ya que no estoy en mi horario laboral en su empresa... —comenzó, cruzándose de brazos—. Para lo millonario que es usted, paga bastante poco. Enarqué una ceja, intrigado por el cambio radical. Había algo eléctrico en su actitud, una arrogancia que me fascinaba. —¿Y por eso te dedicas a esto? ¿No te parece un poco extremo? —¿No es acaso más extremo contratar prostitutas teniendo a una mujer hermosa en casa? —contraatacó, con una sonrisa gélida. Reí, ajustándome la toalla que, ante el movimiento, amenazaba con ceder. —¿Por qué no eres así en el trabajo? Tu personalidad allí es tan... aburrida. —Porque no soy un payaso diseñado para entretenerlo. Voy, hago mi trabajo a la perfección y me marcho. ¿No es eso lo que usted exige de sus empleados? —se encogió de hombros, mirándome con desdén—. ¿Qué quería? ¿Que fuera como esas otras mujeres que se mueren por usted y que no disimulan ni un poco su desesperación? —Eres una mentirosa, Anastasia. De día te escondes tras una máscara de santurrona, y de noche... —De noche soy lo que me da la gana ser: una prostituta —terminó ella, desafiante—. ¿Algún problema con eso, jefe? Me quedé en silencio, totalmente impresionado. —¿Por qué lo haces? ¿Tu madre está enferma? ¿Tienes deudas, un hijo que alimentar? ¿Qué tragedia te obligó a esto? —¿Por qué asume que tiene que haber una tragedia? —preguntó, clavando sus ojos en los míos—. No me obliga nadie. Lo hago porque quiero, porque me da la gana y porque, a diferencia de usted, no me importa que me usen mientras el cheque sea lo suficientemente grande. No busco amor, Maverick. Busco independencia. —¿Y disfrutas que te traten como un objeto? ¿Que te paguen y te desechen? —Es exactamente lo que usted haría conmigo ahora mismo, ¿no? —replicó con una frialdad que me dejó anonadado—. No me importa el "uso". Me importa el resultado. —¿Cuántos años tienes? —Ay, basta. Soy mayor de edad, y es lo único que importa. No me trate como a una cría. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta con una determinación que me hizo hervir la sangre. No iba a dejarla ir; no después de haber descubierto esta faceta oculta, este secreto que ahora me pertenecía. La alcancé y le cerré el paso, atrapándola contra la madera de la puerta. —¿A dónde vas? —pregunté, sintiendo mi propia excitación creciendo sin control—. No has terminado el trabajo por el que pagué. —Y no lo haré. Paso. Prefiero irme con otro cliente que no se dedique a juzgarme por lo que hago fuera de mi oficina. Se deshizo de mi agarre con un movimiento brusco, lanzándome una última mirada de puro fuego antes de salir de la habitación. Me quedé allí, solo en el silencio del motel, con la respiración entrecortada y una obsesión naciente. Verla así, empoderada, desafiante y consciente de su propio poder, me había dejado mucho más que cachondo; me había dejado con la urgente necesidad de poseerla, de romper esa máscara que usaba cada mañana frente a mi escritorio. El juego, sin que ella lo supiera, acababa de empezar.






