9. Narra Anastasia
¿Dos mil ochocientos dólares? La cifra seguía rebotando en mi cabeza como una pelota de goma. Era una cantidad obscena de dinero; el empujón definitivo que necesitaba para comprar ese auto y dejar de depender del metro. Mi jefe estaba buenísimo, no podía negarlo, pero el riesgo era altísimo. Acostarme con él significaba borrar la frontera que me protegía; significaba que, cada vez que él me mirara en la oficina, sabría exactamente qué se sentía tenerme bajo su control.
El viaje en metro de vue