Mundo ficciónIniciar sesión"Él buscaba un vientre de alquiler para salvar su legado; ella solo buscaba un tratamiento sencillo, pero terminó cargando con el futuro de un imperio." Karen Tras escapar de una red de trata en el aeropuerto de Londres, ha construido una vida modesta trabajando en una cafetería bajo las sombras de la ilegalidad. Su mayor miedo es ser descubierta y deportada, dejando a sus padres enfermos en Venezuela sin sustento. Pero un error administrativo en una clínica cambia su destino para siempre: por una confusión de identidades, Karen es inseminada con el material genético de uno de los hombres más poderosos y fríos de Inglaterra. River es un CEO cuya alegría murió el día que le diagnosticaron cáncer. Transformado en un hombre distante, su única obsesión es el hijo que ha encargado a través de un vientre de alquiler. Cuando descubre que la mujer que lleva a su hijo no es la mujer que él contrató, sino una inmigrante que usó una identidad falsa, el no se detiene ante nada Para River, ella no es más que el envase para su unica oportunidad de ser padre. Así que bajo una amenaza de una denuncia por fraude y una deportación, la obliga a firmar un contrato ahora ella debe vivir bajo su techo, sus reglas al nacer el bebe ella debe desaparecer de sus vidas para siempre. Sin embargo, las discusiones en dos idiomas y la creciente sobre protección, surge una conexión que ninguno planeó. Pero el pasado es un enemigo silencioso: la traición de una amiga, el regreso de una ex prometida, amenazan con destruir el frágil puente entre el deber y el deseo. ¿Estafados por el destino o unidos por un lazo de sangre? En este juego de poder, el amor es el único contrato que nadie puede romper.
Leer másEl frío de Londres no se parecía en nada al calor de las playas del Parque Morroy de su pais Venezula. Karen Alarcón apretó con fuerza los dedos contra el asa de su maleta desgastada, sintiendo cómo el aire frió le cortaba la respiración al salir de la zona de embarque del aeropuerto de Heathrow. Sus ojos, llenos de esperanza que aún no se apagaba, escaneaban los carteles que sostenían los choferes y familiares.
—Diosito, solo te pido que esto sea de verdad —susurró para sí misma, sintiendo el corazón martillearle en el pecho—. Mis viejos no aguantan, esta es mi oportunidad, este paso es por ellos.
A sus 21 años, Karen sentía que cargaba el mundo sobre sus hombros. La oferta de trabajo como niñera en la capital inglesa parecía un milagro bajado del cielo. Le habían prometido un sueldo en libras que, al cambio, ayudarian a sus padres con su salud, ellos eran lo único que karen tenia y lo único que ella tenía que hacer era cuidar niños, algo que hacía con naturalidad desde pequeña. —¿Karen Alarcón? —Una voz grave la sacó de sus pensamientos. Frente a ella, tres hombres de aspecto impecable pero mirada fria y distante la observaban. Ella les regaló una sonrisa nerviosa. Pero junto a ella, otras dos muchachas, una colombiana y otra dominicana a las que había conocido en la escala de Madrid, asintieron con el mismo miedo disfrazado de entusiasmo. —Sí, soy yo. Mucho gusto —respondió Karen, tratando de que no se le notara el temblor en la voz. —Los pasaportes —ordenó, un tipo alto con una cicatriz que le cruzaba la ceja—. Es por seguridad.Debemos tramitar sus permisos de residencia y el seguro médico antes de llevarlas a las casas de las familias. Ya saben cómo es la ley aquí, muy estricta.
Karen dudó un segundo. Su pasaporte era lo único que la unía legalmente a su identidad, a su hogar. Pero recordó la cara de su madre despidiéndola en Falcon y la tos persistente de su padre que no podían curar por falta tanto falta de remedios o de dinero para comprarlos ."No seas malpensada, Karen, esta gente es seria", se regañó mentalmente. Entregó el documento. En cuanto los pasaportes desaparecieron en el bolsillo interior del abrigo del hombre, el ambiente cambió. Ya no había cortesía.
—Caminen. Rápido —soltó el hombre, empujándolas levemente hacia la salida.
—¡Epa! ¡Más despacio, que no somos ganado! Asi que no me empujes que se caminar solita —Dice Ella, pero el hombre solo le lanzó una mirada seria que le heló la sangre más que el clima exterior. Al llegar a una zona menos transitada cerca de los baños, el grupo se detuvo. El chico que tenia los pasaporte le hizo una seña a uno de sus acompañantes para que vigilara mientras él se apartaba para contestar una llamada. Karen, sintiendo una punzada de ansiedad en el estómago, aprovechó el momento.—Chicas, tengo que ir al baño, los nervios me tienen mal —les dijo a sus compañeras, que estaban pálidas y en silencio.
Entró a los baños a paso rápido. Una vez dentro, se apoyó contra la puerta de uno de los cubículos, tratando de calmar sus pulmones. Fue entonces cuando escuchó las voces. Eran dos de los hombres que las custodiaban, hablando justo al otro lado de la pared divisoria, en el área de los lavabos de hombres que colindaba con el suyo.—.sí, ya las tenemos. Son tres —decía uno de ellos entre risas secas—. El jefe ya fue avisado. Están frescas, recién bajadas del avión.
—¿Y qué tal están? —preguntó el otro—. ¿Alguna especial?
—Hay una, la venezolana. Esa va a valer una fortuna en la subasta. Está nueva, es virgen. El jefe dice que por esa podemos pedir el triple. Las otras dos van para el club de la zona este, pero a esa... a esa la quiere un cliente de los mas importante primero.El mundo de Karen se detuvo. El aire desapareció de sus pulmones y sintió que las rodillas le flaqueaban. "Virgen... subasta... fortuna...". Las palabras se repetían en su cabeza como una sentencia de muerte. Aquello no era un trabajo de niñera. Era una trampa. Era trata de blancas.
El pánico la invadió, pero su instinto de supervivencia, forjado en las calles de una Venezuela que no regalaba nada, se activó. No podía salir por donde entró. Miró hacia arriba y vio una pequeña ventana de ventilación. Era estrecha, pero ella era delgada.—¡Por favor dios, ayúdame! —rogó en un susurro desesperado.
Sin pensarlo dos veces, dejó su maleta allí mismo. No le importaba la ropa, ni los pocos recuerdos que traía. Su vida valía más que unos trapos viejos. Se encaramó sobre el inodoro y, con un esfuerzo sobrehumano, logró alcanzar el marco de la ventana. El metal frío le cortó la palma de la mano, pero no soltó ni un gemido. Se impulsó hacia afuera, sintiendo cómo el vestido se le enganchaba y se rasgaba, pero logró pasar.Cayó sobre un callejón lateral del aeropuerto, el impacto contra el suelo le sacó el aire, pero se puso de pie de inmediato. El frío la golpeó como una bofetada; no tenía abrigo, solo su blusa delgada y el miedo recorriéndole la columna.
—¡Corre, Karen, corre por tu vida! —se ordenó a sí misma.
Empezó a correr sin dirección, internándose en las calles grises y húmedas de una ciudad que se sentía como un monstruo gigante dispuesto a devorarla. Sus pies, calzados con unas sandalias que no estaban hechas para la nieve que empezaba a caer, golpeaban el pavimento con desesperación. Cada vez que veía un coche negro, sentía que eran ellos. Cada luz de sirena la hacía temblar.
Estaba sola. Sin pasaporte. Sin dinero. Sin idioma. En un país desconocido y bajo una temperatura bajo cero. Pero estaba libre. Mientras se abrazaba a sí misma para no morir de hipotermia, dobló una esquina y vio el resplandor de una pequeña cafetería que aún estaba abierta. Sus dientes castañeaban con tanta fuerza que le dolía la mandíbula. Karen se hundió en las sombras de un portal, llorando en silencio, mientras el primer rastro de nieve londinense cubría sus hombros. Había escapado del infierno, pero no sabía que su verdadera lucha apenas estaba comenzando.Las puertas automáticas de la clínica se cerraron tras Karen con un susurro metálico, dejando fuera el ruido del tráfico de Londres y, sobre todo, la imagen de aquel hombre arrogante del Rolls-Royce que la había dejado temblando de rabia. El interior del edificio era un mundo aparte: suelos de mármol blanco, un aroma sutil a eucalipto y un silencio sepulcral que solo se rompía por el tecleo suave de las recepcionistas.Karen se ajustó el abrigo, tratando de ocultar el hecho de que su ropa no encajaba con el lujo del lugar. Se sentía como una intrusa, una pieza de rompecabezas en la caja equivocada. Caminó hacia el mostrador principal con las piernas pesadas.—Buenos días —dijo Karen, forzando una calma que no sentía—. Tengo una cita programada para esta hora.La recepcionista, una mujer de expresión neutra y uniforme impecable, levantó la vista.—¿Nombre del paciente, por favor?Karen sintió un nudo en la garganta. El nombre de sus padres cruzó su mente por un segundo, dándole el valo
Karen salió de la cafetería sosteniendo la tarjeta de Olivia como si fuera una granada a punto de explotar. Ava ya la esperaba fuera, apoyada en su viejo y ruidoso auto.—Súbete rápido, que esa clínica queda en la zona de los riquitos y el tráfico está horrible —dijo Ava abriéndole la puerta.Karen se acomodó en el asiento, apretando los dientes cada vez que el auto pasaba por un bache. El dolor no daba tregua.—Ava, ¿tú crees que se den cuenta? Tengo los nervios de punta —preguntó Karen, mirando por la ventana.—Relájate, chama. Te pones un poco de maquillaje, entras segura y listo. Eres Olivia por una hora, nada más.Al doblar una esquina cerca de la elegante zona de Marylebone, un imponente Rolls-Royce negro se cruzó en su camino con una elegancia casi insultante. Ava frenó de golpe, pero el viejo auto no respondió a tiempo y terminó impactando levemente el guardabarros del gigante de lujo.—¡Ay, Dios mío! ¡Lo que me faltaba! —gritó Karen, bajándose del auto antes de que Ava pudier
El dolor en el vientre de Karen ya no era una simple molestia; se había convertido en un latigazo constante que la hacía caminar encorvada. Al llegar a la cafetería, el sudor frío en su frente no pasó desapercibido para Olivia, otra de sus amigas y compañera de turno.Olivia se acercó a ella en la parte trasera del local, lejos de la mirada del jefe.—Karen, mírame. Estás pálida, chama —dijo Olivia, tomándola del brazo con preocupación—. Eso no es un dolor de estómago normal.—Es solo una infección, Olivia. Mañana se me pasa —respondió Karen, tratando de acomodar unas tazas con manos temblorosas.—No se te va a pasar. Necesitas un médico y lo sabes. Si eso se te complica y terminas en un hospital público, te van a pedir papeles. Te van a deportar, Karen —sentenció Olivia en voz baja.Karen se quedó en silencio. El miedo a ser enviada de vuelta y dejar a sus padres sin sustento era más fuerte que el dolor físico.—No tengo seguro, Olivia. Una clínica privada cuesta una fortuna que no t
El sol de la mañana apenas lograba colarse por la única ventana del pequeño loft de Karen. No era un palacio, pero para ella era su fortaleza; su pequeño logro aunque fuera alquilado. Karen tarareaba una canción de Chino y Nacho mientras volteaba la arepa en el budare improvisado que había logrado comprar en un mercado de pulgas.—¡Eso es, mi reina! Doradita como a mí me gusta —dijo, dándole una palmadita a la masa caliente.Se preparó un café fuerte y con poca azúcar, y se sentó a desayunar. Antes de dar el primer bocado a su reina pepiada, tomó su celular. Eran las seis de la mañana en Londres, lo que significaba que en Venezuela aún era de madrugada, pero sabía que su mamá siempre estaba despierta.—¡Hola, mami! —dijo Karen en cuanto aceptó la videollamada. Su rostro se iluminó con una sonrisa viva y audaz.—¡Mi muchachita! ¿Cómo estás? ¿Te estás alimentando bien? —la voz de su madre sonaba cansada, pero llena de amor.—Mejor que nunca, mamá. Mira, ¡hice arepas! No quedan igualitas
River Mason era la definición de un hombre que lo tenía todo. A sus 26 años, su risa retumbar en los pasillos de Mason Holdings. Era un hombre Muy apasionado, deportista y con una alegría que contagiaba a sus empleados. Esa mañana, sin embargo, el sol que entraba por los ventanales de la clínica privada de su mejor amigo, Sam, parecía no calentar.River estaba sentado en la camilla de exploración, jugueteando con el reloj de lujo en su muñeca, impaciente.—Ya suéltalo, Sam. Me estás asustando con esa cara de funeral —dijo River, intentando forzar una de sus sonrisas habituales—. Si es una hernia por el gimnasio, solo dímelo y programamos la cirugía. Tengo una junta en una hora.Sam, su medico y amigo de la infancia, cerró el expediente con un suspiro pesado. No se atrevía a mirar a River a los ojos.—No es una hernia, River —respondió Sam en voz baja. Se acercó y puso una mano en el hombro de su amigo—. Los resultados de la biopsia y los marcadores tumorales llegaron. Tienes cáncer te
El frío de Londres no se parecía en nada al calor de las playas del Parque Morroy de su pais Venezula. Karen Alarcón apretó con fuerza los dedos contra el asa de su maleta desgastada, sintiendo cómo el aire frió le cortaba la respiración al salir de la zona de embarque del aeropuerto de Heathrow. Sus ojos, llenos de esperanza que aún no se apagaba, escaneaban los carteles que sostenían los choferes y familiares.—Diosito, solo te pido que esto sea de verdad —susurró para sí misma, sintiendo el corazón martillearle en el pecho—. Mis viejos no aguantan, esta es mi oportunidad, este paso es por ellos.A sus 21 años, Karen sentía que cargaba el mundo sobre sus hombros. La oferta de trabajo como niñera en la capital inglesa parecía un milagro bajado del cielo. Le habían prometido un sueldo en libras que, al cambio, ayudarian a sus padres con su salud, ellos eran lo único que karen tenia y lo único que ella tenía que hacer era cuidar niños, algo que hacía con naturalidad desde pequeña.—¿










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