Vientre alquilado del Sr Manson
Vientre alquilado del Sr Manson
Por: Naira Black
Capitulo 1

El frío de Londres no se parecía en nada al calor de las playas del Parque Morroy de su pais Venezula. Karen Alarcón apretó con fuerza los dedos contra el asa de su maleta desgastada, sintiendo cómo el aire frió le cortaba la respiración al salir de la zona de embarque del aeropuerto de Heathrow. Sus ojos, llenos de esperanza que aún no se apagaba, escaneaban los carteles que sostenían los choferes y familiares.

—Diosito, solo te pido que esto sea de verdad —susurró para sí misma, sintiendo el corazón martillearle en el pecho—. Mis viejos no aguantan, esta es mi oportunidad, este paso es por ellos.

A sus 21 años, Karen sentía que cargaba el mundo sobre sus hombros. La oferta de trabajo como niñera en la capital inglesa parecía un milagro bajado del cielo. Le habían prometido un sueldo en libras que, al cambio, ayudarian a sus padres con su salud, ellos eran lo único que karen tenia y lo único que ella tenía que  hacer era  cuidar niños, algo que hacía con naturalidad desde pequeña.

—¿Karen Alarcón? —Una voz grave la sacó de sus pensamientos.

Frente a ella, tres hombres de aspecto impecable pero mirada fria y distante la observaban. Ella les regaló una sonrisa nerviosa. Pero junto a ella, otras dos muchachas, una colombiana y otra dominicana a las que había conocido en la escala de Madrid, asintieron con el mismo miedo disfrazado de entusiasmo.

—Sí, soy yo. Mucho gusto —respondió Karen, tratando de que no se le notara el temblor en la voz.

—Los pasaportes —ordenó, un tipo alto con una cicatriz que le cruzaba la ceja—. Es por seguridad.

Debemos tramitar sus permisos de residencia y el seguro médico antes de llevarlas a las casas de las familias. Ya saben cómo es la ley aquí, muy estricta.

Karen dudó un segundo. Su pasaporte era lo único que la unía legalmente a su identidad, a su hogar. Pero recordó la cara de su madre despidiéndola en Falcon y la tos persistente de su padre que no podían curar por falta tanto falta de remedios o de dinero para comprarlos . 

"No seas malpensada, Karen, esta gente es seria", se regañó mentalmente. Entregó el documento. En cuanto los pasaportes desaparecieron en el bolsillo interior del abrigo del hombre, el ambiente cambió. Ya no había cortesía.

—Caminen. Rápido —soltó el hombre, empujándolas levemente hacia la salida.

—¡Epa! ¡Más despacio, que no somos ganado! Asi que no me empujes que se caminar solita —Dice Ella, pero el hombre solo le lanzó una mirada seria que le heló la sangre más que el clima exterior.

Al llegar a una zona menos transitada cerca de los baños, el grupo se detuvo. El chico que tenia los pasaporte le hizo una seña a uno de sus acompañantes para que vigilara mientras él se apartaba para contestar una llamada. Karen, sintiendo una punzada de ansiedad en el estómago, aprovechó el momento.

—Chicas, tengo que ir al baño, los nervios me tienen mal —les dijo a sus compañeras, que estaban pálidas y en silencio.

Entró a los baños a paso rápido. Una vez dentro, se apoyó contra la puerta de uno de los cubículos, tratando de calmar sus pulmones. Fue entonces cuando escuchó las voces. Eran dos de los hombres que las custodiaban, hablando justo al otro lado de la pared divisoria, en el área de los lavabos de hombres que colindaba con el suyo.

—.sí, ya las tenemos. Son tres —decía uno de ellos entre risas secas—. El jefe ya fue avisado. Están frescas, recién bajadas del avión.

—¿Y qué tal están? —preguntó el otro—. ¿Alguna especial?

—Hay una, la venezolana. Esa va a valer una fortuna en la subasta. Está nueva, es virgen. El jefe dice que por esa podemos pedir el triple. Las otras dos van para el club de la zona este, pero a esa... a esa la quiere un cliente de  los mas importante primero.

El mundo de Karen se detuvo. El aire desapareció de sus pulmones y sintió que las rodillas le flaqueaban. "Virgen... subasta... fortuna...". Las palabras se repetían en su cabeza como una sentencia de muerte. Aquello no era un trabajo de niñera. Era una trampa. Era trata de blancas.

El pánico la invadió, pero su instinto de supervivencia, forjado en las calles de una Venezuela que no regalaba nada, se activó. No podía salir por donde entró. Miró hacia arriba y vio una pequeña ventana de ventilación. Era estrecha, pero ella era delgada.

—¡Por favor dios, ayúdame! —rogó en un susurro desesperado.

Sin pensarlo dos veces, dejó su maleta allí mismo. No le importaba la ropa, ni los pocos recuerdos que traía. Su vida valía más que unos trapos viejos. Se encaramó sobre el inodoro y, con un esfuerzo sobrehumano, logró alcanzar el marco de la ventana. El metal frío le cortó la palma de la mano, pero no soltó ni un gemido. Se impulsó hacia afuera, sintiendo cómo el vestido se le enganchaba y se rasgaba, pero logró pasar.

Cayó sobre un callejón lateral del aeropuerto, el impacto contra el suelo le sacó el aire, pero se puso de pie de inmediato. El frío la golpeó como una bofetada; no tenía abrigo, solo su blusa delgada y el miedo recorriéndole la columna.

—¡Corre, Karen, corre por tu vida! —se ordenó a sí misma.

Empezó a correr sin dirección, internándose en las calles grises y húmedas de una ciudad que se sentía como un monstruo gigante dispuesto a devorarla. Sus pies, calzados con unas sandalias que no estaban hechas para la nieve que empezaba a caer, golpeaban el pavimento con desesperación. Cada vez que veía un coche negro, sentía que eran ellos. Cada luz de sirena la hacía temblar.

Estaba sola. Sin pasaporte. Sin dinero. Sin idioma. En un país desconocido y bajo una temperatura bajo cero. Pero estaba libre.

Mientras se abrazaba a sí misma para no morir de hipotermia, dobló una esquina y vio el resplandor de una pequeña cafetería que aún estaba abierta. Sus dientes castañeaban con tanta fuerza que le dolía la mandíbula.

Karen se hundió en las sombras de un portal, llorando en silencio, mientras el primer rastro de nieve londinense cubría sus hombros. Había escapado del infierno, pero no sabía que su verdadera lucha apenas estaba comenzando.

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