River Mason era la definición de un hombre que lo tenía todo. A sus 26 años, su risa retumbar en los pasillos de Mason Holdings. Era un hombre Muy apasionado, deportista y con una alegría que contagiaba a sus empleados. Esa mañana, sin embargo, el sol que entraba por los ventanales de la clínica privada de su mejor amigo, Sam, parecía no calentar.River estaba sentado en la camilla de exploración, jugueteando con el reloj de lujo en su muñeca, impaciente.—Ya suéltalo, Sam. Me estás asustando con esa cara de funeral —dijo River, intentando forzar una de sus sonrisas habituales—. Si es una hernia por el gimnasio, solo dímelo y programamos la cirugía. Tengo una junta en una hora.Sam, su medico y amigo de la infancia, cerró el expediente con un suspiro pesado. No se atrevía a mirar a River a los ojos.—No es una hernia, River —respondió Sam en voz baja. Se acercó y puso una mano en el hombro de su amigo—. Los resultados de la biopsia y los marcadores tumorales llegaron. Tienes cáncer te
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