Capítulo 6

Las puertas automáticas de la clínica se cerraron tras Karen con un susurro metálico, dejando fuera el ruido del tráfico de Londres y, sobre todo, la imagen de aquel hombre arrogante del Rolls-Royce que la había dejado temblando de rabia. El interior del edificio era un mundo aparte: suelos de mármol blanco, un aroma sutil a eucalipto y un silencio sepulcral que solo se rompía por el tecleo suave de las recepcionistas.

Karen se ajustó el abrigo, tratando de ocultar el hecho de que su ropa no encajaba con el lujo del lugar. Se sentía como una intrusa, una pieza de rompecabezas en la caja equivocada. Caminó hacia el mostrador principal con las piernas pesadas.

—Buenos días —dijo Karen, forzando una calma que no sentía—. Tengo una cita programada para esta hora.

La recepcionista, una mujer de expresión neutra y uniforme impecable, levantó la vista.

—¿Nombre del paciente, por favor?

Karen sintió un nudo en la garganta. El nombre de sus padres cruzó su mente por un segundo, dándole el valor necesario para mentir.

—Olivia... Olivia Martínez —respondió, entregando la tarjeta que su amiga le había dado.

La mujer tecleó rápidamente en su computadora y asintió.

—Ah, sí. La paciente para el procedimiento de la sala cuatro. Por favor, tome asiento. La enfermera saldrá a buscarla en un momento.

Karen caminó hacia la sala de espera y se hundió en un sillón de cuero demasiado cómodo. Sus manos no dejaban de juguetear con el borde de su blusa. "Solo es una revisión", se repetía mentalmente. "Una receta, unos antibióticos y a seguir trabajando". El dolor en su vientre bajo le dio un aviso punzante, recordándole por qué estaba allí.

Diez minutos después, una enfermera joven y de movimientos eficientes apareció en la puerta.

—¿Olivia? Por aquí, por favor.

Karen se puso de pie y la siguió por un pasillo iluminado con luces LED blancas. Entraron en un consultorio que parecía sacado de una película de ciencia ficción. Había monitores por todas partes y una camilla ginecológica en el centro.

—Bien, Olivia. El doctor Harrison estará contigo en un minuto —dijo la enfermera mientras preparaba una bandeja con instrumentos—. Sé que estos procesos pueden poner a una nerviosa, pero ya hemos verificado todo el material genético y los marcadores. Todo está listo para que sea un éxito.

Karen frunció el ceño. ¿Material genético? ¿Marcadores? Seguramente se refería a los análisis de sangre para detectar la infección. El inglés técnico de la enfermera era un poco rápido para ella, pero no quiso preguntar para no levantar sospechas sobre su identidad.

—Solo quiero que se me quite este dolor —comentó Karen con sencillez—. Me arde mucho y me siento muy mal.

La enfermera le dedicó una sonrisa compasiva.

—Es normal sentir algo de molestia y presión, pero después de hoy te sentirás mucho mejor. Por favor, cámbiate y ponte esta bata. El doctor entrará enseguida.

Karen hizo lo que le pidieron. Se sentía vulnerable, expuesta en aquella bata de papel. Cuando el doctor Harrison entró, era un hombre mayor, de anteojos redondos y gestos muy profesionales. Ni siquiera la miró a la cara por más de dos segundos; su atención estaba totalmente en la tableta electrónica que llevaba en la mano.

—Buenos días, Olivia. Veo que todo está en orden según el contrato —dijo el médico con voz monótona—. Vamos a proceder de inmediato para aprovechar el ciclo óptimo que indican tus estudios previos.

Karen asintió, aunque no entendía del todo a qué se refería con "el contrato". Supuso que Olivia tenía un seguro de salud muy riguroso y con muchas cláusulas.

—Doctor, es que me duele aquí abajo —dijo ella, señalando su vientre—. Creo que tengo una infección urinaria muy fuerte.

—Lo revisaremos todo, no te preocupes —respondió el doctor mientras se colocaba los guantes de látex—. Primero haremos el procedimiento principal para el que has venido y luego me encargaré de esa molestia. Relájate, respira profundo.

Karen cerró los ojos y trató de pensar en las playas, en el sol caliente y el sonido de las olas. Sintió el frío de los instrumentos y una presión extraña, algo que le resultó más invasivo de lo que esperaba para una simple revisión de orina, pero se obligó a quedarse quieta. "Estos médicos de ricos hacen todo diferente", pensó. El proceso duró apenas unos minutos, pero para ella se sintieron como horas bajo la luz blanca del techo.

Cuando el doctor terminó, se alejó hacia su escritorio para escribir unas notas. La enfermera ayudó a Karen a bajar de la camilla.

—Listo, Olivia. Todo ha salido perfecto —dijo el doctor Harrison sin levantar la vista de sus papeles—. Efectivamente, tienes una pequeña infección urinaria, probablemente por estrés o deshidratación. Nada de qué preocuparse, pero hay que tratarla de inmediato para que no interfiera con tu recuperación.

Karen soltó un suspiro de alivio. Al fin, la verdad que ella buscaba.

—¿Es grave, doctor?

—Para nada. Aquí tienes una receta para un tratamiento de siete días. Asegúrate de tomarlo a las horas exactas —le entregó un papel impreso con sellos de la clínica—. Y lo más importante: debes regresar exactamente en un mes para tu chequeo obligatorio. Es vital que sigamos la evolución de lo que hemos hecho hoy.

—Entendido, doctor. Muchas gracias —dijo Karen, sintiendo que le quitaban un peso de encima.

Se vistió rápidamente, guardó la receta en su bolsillo y salió del consultorio. En la recepción no tuvo que pagar nada; Olivia ya lo había dejado todo arreglado. Caminó hacia la salida sintiéndose un poco mareada, quizás por los nervios de haber usado una identificación falsa.

Afuera, el auto de Ava seguía estacionado, echando un poco de humo por el escape. Karen se subió y cerró la puerta con fuerza.

—¡Ya salí! —exclamó, dejándose caer en el asiento.

—¿Y bien? ¿Cómo te fue? ¿Te metieron presa? —bromeó Ava mientras arrancaba el auto.

—Casi me muero del susto, pero nadie sospechó nada. El doctor era un viejo que ni me miró —contó Karen, recuperando poco a poco su chispa—. Me hizo el examen, me dijo que tengo una infección y me dio esta receta. Eso sí, me dijo que tengo que volver en un mes para ver cómo sigo.

—¿Viste? Te lo dije —respondió Ava, maniobrando para salir del tráfico—. Olivia te salvó la vida. Ahora vamos a la farmacia por esas pastillas y directo a la cafetería, que el jefe debe estar echando chispas porque llegamos tarde.

—Ay, no me hables de chispas, que todavía tengo la cara de ese estirado del carro negro grabada en la mente —rezongó Karen, recordando al hombre del Rolls-Royce—. ¡Qué tipo tan pesado! Ojalá no me lo cruce nunca más en la vida.

Ava se echó a reír.

—Londres es muy grande, Karen. Las probabilidades de ver a ese millonario otra vez son de una en un millón. Olvídate de él.

Karen asintió, mirando por la ventana cómo las calles de Londres desfilaban ante sus ojos. Se sentía victoriosa. Había conseguido su tratamiento, había mantenido su secreto a salvo y pronto estaría de vuelta en su rutina, facturando dinero para sus padres.

Lo que Karen no podía imaginar es que, dentro de ella, el futuro de la dinastía Mason acababa de ser sembrado por error. Que el dolor de la infección era solo el prólogo de un cambio irreversible y que aquel "estirado" del Rolls-Royce no era un extraño cualquiera, sino el dueño de la semilla que ahora crecía silenciosamente en su vientre.

El mes de espera que el doctor le había pedido sería el último mes de paz en la vida de Karen Alarcón.

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