Mundo ficciónIniciar sesiónMi nombre es Mia Darcy, y hoy vendí mi alma al diablo por una firma en un cheque. Mi mundo se derrumbó en un abrir y cerrar de ojos. La empresa de mi familia está en cenizas, mi apellido es una mancha en los periódicos y lo más doloroso: mi hermano pequeño lucha por su vida en una clínica que ya no podemos pagar. No tengo nada, excepto mi orgullo y este cabello pelirrojo que parece ser lo único que él no puede dejar de mirar con desprecio. Liam Black. El hombre más poderoso del país, frío como el hielo y con una mirada tan oscura que me hiela la sangre. Él tiene el dinero que necesito para salvar a mi hermano, pero su precio no es solo financiero. —Firma aquí, Mia. Serás mi esposa durante un año. Me pertenecerás en cada evento, en cada cena y en cada noche... hasta que yo decida que tu deuda está saldada —me dijo con esa voz ronca que es pura amenaza. Él me odia. Lo veo en la forma en que me mira las pecas de mis hombros, como si quisiera borrarlas. Lo siento en la frialdad de sus manos cuando me toca. Él dice que mi familia destruyó la suya y que ahora yo soy su trofeo de venganza. Yo acepté el contrato sin saber que estaba entrando en una jaula de oro diseñada para destruirme. Pero lo que Liam Black no sabe, es que bajo mi apariencia frágil y mis ojos asustados, hay un corazón que no se romperá tan fácilmente... aunque él se proponga ser mi dueño, mi verdugo y, lo que más temo, el hombre al que no pueda dejar de amar.
Leer másEl olor a antiséptico siempre me había parecido el aroma del miedo.
—Por favor, respira, Leo. Solo un poco más —susurré, apretando su pequeña mano entre las mías.
Mi hermano menor, de apenas seis años, lucía casi transparente contra las sábanas blancas de la unidad de cuidados intensivos. Sus rizos castaños estaban empapados en sudor y el monitor a su lado emitía un pitido rítmico que era lo único que mantenía mi corazón latiendo.
Acaricié sus dedos, tratando de transmitirle mi calor, mi vida, cualquier cosa que le sirviera. En el reflejo del cristal de la habitación, vi mi propia imagen y casi no me reconocí. Mis ojos claros estaban hundidos por el insomnio y mi cabello pelirrojo, que mi madre siempre decía que era "hilo de sol", colgaba sin vida sobre mis hombros. Las pequeñas pecas en mi nariz, que solían hacerme reír cuando Leo intentaba contarlas, hoy parecían manchas de ceniza sobre una piel demasiado pálida.
De pronto, el ritmo del monitor cambió.
Beep... Beep... Beeeeeeeeeee.
—¡Leo! —el grito se me escapó de la garganta como un desgarro—. ¡Enfermera! ¡Ayuda, por favor!
La habitación se llenó de gente en segundos. Uniformes azules, luces fuertes, el sonido metálico de los carros de emergencia. Una mano firme me tomó del hombro y me empujó hacia el pasillo.
—Señorita Darcy, tiene que salir —dijo una enfermera con voz lástima.
—¡Es mi hermano! ¡Es lo único que me queda! —sollocé, golpeando el cristal—. ¡Hagan algo!
Me quedé colapsada contra la pared del pasillo, viendo a través del vidrio cómo los médicos trabajaban sobre el pequeño cuerpo de Leo. Sentía que el oxígeno me faltaba a mí también. Mi familia lo había perdido todo: la mansión, las cuentas bancarias, el respeto. Mi padre había huido tras la quiebra de la empresa, dejándonos en la ruina absoluta, y mi madre... ella simplemente no pudo soportar la vergüenza y se marchó hace meses.
Solo éramos Leo y yo. Y ahora, él también se me escapaba.
—Señorita Darcy... —la voz del Dr. Méndez me obligó a levantar la cabeza. Su rostro no traía buenas noticias—. Hemos logrado estabilizarlo, pero ha sido un aviso. El fallo multiorgánico es inminente si no se realiza la cirugía de emergencia y el tratamiento de soporte vital avanzado.
—Háganlo, por favor —supliqué, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano.
El doctor suspiró, evitando mi mirada.
—La administración de la clínica ha dado órdenes estrictas. La deuda de su familia asciende a los doscientos mil dólares. Si no hay un pago inicial de cincuenta mil para esta tarde... tendremos que trasladar al niño al hospital público de la ciudad.
—¿El hospital público? —mi voz tembló—. ¡Ahí la lista de espera es de meses! Él no sobrevivirá al traslado, usted lo sabe.
—Lo siento mucho, Mia. Pero ya no depende de mí. Los Darcy ya no tienen crédito en este país. Nadie quiere tocar nada que tenga que ver con su apellido.
Me quedé sola en el pasillo frío. Cincuenta mil dólares antes de que cayera el sol. Era una cifra imposible. Había vendido mis joyas, mi ropa, incluso los libros de la universidad. No me quedaba nada.
Nada, excepto una tarjeta negra que me habían entregado esa misma mañana en la puerta de mi casa subastada. Un nombre impreso en letras doradas que parecía quemar mis dedos: Liam Black.
Él era el hombre que había comprado las deudas de mi padre. El hombre que se había quedado con nuestras propiedades. El tiburón financiero que estaba devorando los restos del imperio Darcy.
«Si quieres salvar lo que queda de tu sangre, ven a verme», decía la nota escrita a mano detrás de la tarjeta.
Miré a través del cristal a Leo, que ahora dormía bajo el efecto de los sedantes, ajeno a que su vida tenía un precio que yo no podía pagar. Me puse de pie, sintiendo un escalofrío recorrer mis hombros, justo donde las pecas se escondían bajo mi gastada chaqueta.
Si Liam Black quería que fuera a verlo, iría. No me importaba si tenía que arrodillarme o vender mi alma. Por Leo, caminaría directamente hacia la boca del lobo.
Lo que no sabía es que Liam Black no quería mis súplicas. Quería mi destrucción.
(Narrado por Liam)El sonido de las plumas estilográficas rayando el papel era lo único que llenaba mi despacho. Mis abogados terminaban de formalizar el fideicomiso para la clínica de Leo Darcy. Mia estaba sentada frente a mí, envuelta en ese vestido de seda que resaltaba el fuego de su cabello, pero su mente parecía estar a kilómetros de distancia.—Todo está en orden, Liam —dijo Ethan Cross, mi abogado y el único hombre al que llamaba amigo. Cerró la carpeta y miró a Mia con una curiosidad que me irritó—. Señora Black, espero que esté cómoda en la mansión. Si necesita algo legalmente, estoy a su disposición.—Gracias, Sr. Cross —respondió ella en un susurro.—Dime Ethan. No pareces la persona que los informes describían, Mia.—Ethan, basta —intervine, mi voz sonando como un latigazo—. Ella no está aquí para hacer amigos. Mia, vete a tu habitación. Tengo que hablar con Ethan a solas.Ella se levantó sin decir una palabra, pero sus ojos claros me lanzaron una mirada cargada de un rep
Entrar en la habitación de la clínica ya no se sentía como entrar a un funeral. Ahora, el sonido del monitor era constante y tranquilo, un compás que me devolvía la vida.—¡Mia! —la voz de Leo sonó pequeña, pero clara.Corrí hacia su cama y lo envolví en un abrazo suave, aspirando su aroma a jabón infantil y hospital. El peso que había llevado en el pecho desde la quiebra pareció disolverse un poco al ver que sus mejillas ya no estaban grises, sino que tenían un rastro de color.—Estás aquí, campeón. Lo lograste —susurré, besando su frente.—Me dijeron que un ángel pagó por mi nueva medicina —dijo Leo, con sus ojos brillantes de curiosidad—. Pero las enfermeras dicen que es un gigante gruñón.Una sombra se proyectó desde la puerta. Me tensé de inmediato. Sabía quién era sin necesidad de mirar. Liam estaba allí, con las manos en los bolsillos de su pantalón de mil dólares, observando la escena con una expresión indescifrable. El conocimiento de su pasado —el accidente, la orfandad, el
La noche después de la cena fue eterna. No pude dormir, atrapada entre el recuerdo de la voz de Liam defendiéndome y la frialdad con la que me reclamaba como su propiedad. Me encontraba en la cocina de la mansión, una estructura de acero inoxidable y mármol que se sentía más como un laboratorio que como un hogar, apretando una taza de té con las manos temblorosas.De pronto, el silencio sepulcral de la casa se rompió por el sonido de mi teléfono. Mi corazón dio un vuelco.—¿Dígame? —respondí, con la voz apenas en un susurro.—¿Señorita Darcy? Habla el Dr. Méndez.Cerré los ojos, preparándome para el golpe. Mis dedos se clavaron en la encimera. —Dígame, doctor... por favor.—Tengo buenas noticias. Leo acaba de salir de la cirugía. Fue larga y compleja, pero su corazón es fuerte. Ha reaccionado mejor de lo que esperábamos. Está en recuperación y, por primera vez en semanas, sus niveles son estables.Un sollozo se me escapó, pero esta vez no era de dolor. Me dejé caer en una de las silla
El salón de eventos del Hotel Astoria brillaba con una opulencia que me revolvía el estómago. Solo seis meses atrás, yo habría caminado por aquí con la cabeza en alto, como una Darcy. Hoy, caminaba colgada del brazo del hombre que nos había arrebatado hasta el nombre.—Sonríe, Mia —murmuró Liam cerca de mi oído. Su mano, firme en mi cintura, me quemaba a través de la seda del vestido—. Nadie compra una joya para verla empañada por las lágrimas.—No soy una joya. Soy una persona —siseé entre dientes, manteniendo una sonrisa falsa mientras las cámaras de los periodistas nos cegaban con sus flashes.—Hoy no —respondió él con una frialdad absoluta—. Hoy eres el trofeo que anuncia mi victoria final.Entramos al salón principal y el murmullo de las conversaciones se detuvo en seco. Los rostros que conocía de toda la vida, los amigos de mis padres y los socios que solían cenar en nuestra mesa, me miraban con una mezcla de morbo y desprecio.—¿Es ella? ¿La hija de Julian Darcy? —escuché un su
La mansión de Liam Black no era un hogar; era un mausoleo de mármol negro y cristales blindados situado en la zona más exclusiva de la ciudad. Cuando el coche se detuvo frente a la imponente entrada, sentí que el aire se volvía más pesado.—Bájate —ordenó Liam sin siquiera mirarme. Su tono era el de alguien que le habla a una posesión, no a una esposa.Caminé tras él, sintiéndome diminuta con mis jeans gastados y mi vieja mochila, que contenía lo poco que había podido rescatar antes de que los acreedores sellaran mi casa. Al entrar, el lujo me golpeó: obras de arte moderno que parecían gritar, suelos tan pulidos que reflejaban mi rostro asustado y un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el eco de los zapatos de Liam.—Desde hoy, este es tu mundo —dijo él, girándose en el centro del gran salón. Se desabrochó el botón de su chaqueta, revelando una figura que irradiaba un poder peligroso—. Pero no te equivoques, Mia. No eres la señora de la casa. Eres una invitada cuya estanc
La sede de Black Industries era un monolito de cristal y acero que parecía querer perforar el cielo gris de la ciudad. Mientras subía en el ascensor privado, mi reflejo en el espejo me devolvió la imagen de una mujer al borde del colapso. Intenté domar mi cabello pelirrojo en un moño improvisado, pero varios mechones rebeldes caían sobre mi cuello, justo sobre la pequeña constelación de pecas que decoraba mi hombro.Cuando las puertas se abrieron, el silencio era absoluto. No había secretarias, solo una oficina inmensa con paredes de cristal que daban a la ciudad que mi padre solía creer suya.Y allí estaba él.Liam Black estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a mí. Su figura era imponente; los hombros anchos tensaban la tela de su traje hecho a medida, y su sola presencia parecía succionar el aire de la habitación.—Llegas tres minutos tarde, Mia Darcy —su voz era un barítono profundo, frío y perfectamente calmado.—Mi hermano... él tuvo una crisis. Casi lo pierdo —mi voz sonó
Último capítulo