Mundo ficciónIniciar sesiónUna deuda de sangre obliga a Elena a entregarse al hombre más temido de la ciudad. Varkas, un gigante de mirada gélida y corazón de hierro, no busca amor, sino posesión absoluta. En un mundo de sombras y reglas implacables, ambos descubrirán que el deseo puede ser la cadena más peligrosa de todas.
Leer másEl frío de la noche en la ciudad no se comparaba con el que emanaba de aquel edificio de cristales ahumados. Elena apretaba los puños dentro de los bolsillos de su abrigo. No estaba allí por gusto. Estaba allí porque su hermano había cometido el error de su vida, y el nombre del cobrador era uno que solo se pronunciaba en susurros: Varkas.
Al entrar al despacho principal, el silencio era absoluto. El lugar olía a madera cara, tabaco fino y algo metálico, casi como el peligro. Tras el escritorio de mármol negro, él no se movió. Varkas estaba sentado con la luz de la ciudad a sus espaldas, convirtiendo su figura en una sombra imponente de hombros anchos. Cuando finalmente levantó la vista, Elena sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Sus ojos eran de un gris acero, tan gélidos que dolían. —Llegas tarde —dijo él. Su voz era un barítono profundo que pareció vibrar en el suelo bajo los pies de Elena—. Y yo soy un hombre que valora el tiempo tanto como el dinero. —Mi hermano no tiene la cantidad... todavía —logró decir ella, odiando que su voz temblara. Varkas se levantó con una lentitud felina. Medía casi dos metros y vestía un traje hecho a medida que apenas contenía su físico imponente. Se rodeó el escritorio y caminó hacia ella. Cada paso era una sentencia. Elena quiso retroceder, pero su espalda chocó contra la puerta cerrada. Él se detuvo a escasos centímetros, invadiendo su espacio personal hasta que ella pudo oler su perfume: algo oscuro, cítrico y masculino. Varkas bajó la cabeza, inclinándose hacia su oído, y Elena pudo ver de cerca la pequeña cicatriz que cortaba su labio superior, dándole un aire de brutalidad elegante. —Tu hermano ya no me debe dinero, Elena —susurró él, y el uso de su nombre la hizo estremecer—. Ahora me debe una vida. Y ha decidido que la tuya es la que pagará el precio. Varkas extendió una mano y, con un solo dedo, levantó el mentón de ella para obligarla a mirarlo a los ojos. —Desde este segundo, no sales de este edificio. Eres mía hasta que yo decida que tu deuda está saldada. ¿Te queda claro? >>El Peso del Castigo<< Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El nombre "Varkas" ya no era una leyenda urbana; era un hombre de carne y hueso que irradiaba un calor peligroso y una autoridad absoluta. —No... no puedes hacer eso —susurró ella, aunque su propia voz la traicionaba. Varkas no se apartó. Al contrario, acortó la distancia mínima que quedaba entre ellos. Su mano, grande y de dedos largos, se deslizó desde su mentón hasta su cuello, sin apretar, pero dejando claro que tenía el control total. El contraste entre la frialdad de sus ojos acero y el calor de su palma era abrumador. —Puedo hacer lo que quiera con lo que me pertenece por derecho —sentenció él. Su mirada bajó un segundo a los labios de ella antes de volver a sus ojos—. Tu hermano puso tu libertad sobre la mesa para salvar su pellejo. Deberías estar agradecida de que fuera yo quien aceptara la apuesta. Otros no habrían sido tan... pacientes. Él se alejó un paso, rompiendo la tensión física pero dejando el aire cargado de una electricidad pesada. Caminó hacia un mueble de bar empotrado en la pared y se sirvió un whisky, el hielo tintineando contra el cristal como una cuenta atrás. —Tienes diez minutos para despedirte de tu antigua vida por teléfono —dijo él sin mirarla, observando el ámbar del líquido—. Después, tu teléfono será destruido. No habrá redes sociales, no habrá amigas, no habrá rastro de ti. Elena lo miró, sintiendo una mezcla de odio y una extraña fascinación que la asustaba. —¿Y si me niego? ¿Y si grito hasta que alguien me oiga? Varkas soltó una risa seca, un sonido ronco que no llegó a sus ojos. Se giró, apoyando la cadera contra el escritorio, luciendo cada centímetro de su imponente estatura. —Nadie entra en este edificio sin mi permiso, y nadie sale si yo no abro la puerta. Mis hombres están fuera. Mi seguridad es infalible. Y tú, Elena... tú estás a punto de aprender que gritar solo me dará más razones para silenciarte a mi manera. Él dejó el vaso sobre la mesa y sacó un reloj de bolsillo, cronometrando el inicio de su nueva realidad. —Nueve minutos, Elena. Úsalos bien.Iván soltó una carcajada nerviosa, intentando mantener la fachada frente a los invitados que ya empezaban a girar las cabezas. La presión de los dedos de Ruda sobre su muñeca era una advertencia silenciosa pero brutal.—Solo estamos bailando, Ruda. No seas tan dramático —dijo Iván, aunque su rostro empezaba a palidecer—. Varkas no te paga para que seas el dueño de su hija, sino para que vigiles la puerta.Ruda no parpadeó. Su mandíbula estaba tan tensa que una vena se marcaba con fuerza en su sien. Con una calma aterradora, obligó a Iván a soltar la cintura de Caelum, colocándose físicamente entre ellos como una muralla de granito.—Mi trabajo es protegerla de cualquier amenaza —respondió Ruda, y su voz, aunque baja, cortó el aire como una cuchilla—. Y en este momento, tú eres la mayor amenaza en esta habitación. Aléjate de ella. No te lo voy a pedir una tercera vez.La tensión era tan alta que el aire parecía vibrar. Caelum miraba a Ruda, notando cómo su pecho subía y bajaba con una
Esa tarde, la calma de la mansión se rompió con la llegada de un mensajero. Caelum estaba en la estancia principal cuando un enorme arreglo de rosas blancas, casi del tamaño de una persona, fue depositado sobre la mesa de mármol. No eran las flores que su padre solía comprar para Elena; estas tenían una elegancia agresiva.Ruda, que estaba revisando los puntos de seguridad en el vestíbulo, se tensó al instante. Caminó hacia el arreglo con pasos pesados, su presencia llenando la habitación de una vibración gélida.—¿Qué es esto? —preguntó Ruda. Su voz era tranquila, pero Caelum, que lo conocía mejor que nadie, detectó el filo de una navaja bajo sus palabras.Caelum se acercó y tomó la tarjeta dorada que colgaba de una de las flores.—"Para la princesa de los Gigantes. Espero que estas flores sean solo el inicio de una nueva historia entre nuestras familias. Con admiración, Iván" —leyó ella en voz alta, sintiendo una mezcla de curiosidad y una extraña satisfacción al ver la reacción de
••Sombras y Vainilla••La mansión de los Gigantes siempre estaba sumida en un silencio tenso, roto solo por el murmullo de los radios de seguridad y el eco de los pasos sobre el mármol. Para Caelum, ese silencio era un lienzo en blanco que ella disfrutaba alterar.A sus diecisiete años, Caelum se movía por la casa con una libertad que nadie más se atrevía a tomar. Pero hoy no buscaba a su padre, ni quería hablar con su madre, Elena. Sus pasos, ligeros y decididos, la llevaban hacia el ala oeste, hacia el gimnasio privado donde sabía que Ruda estaría terminando su rutina de la tarde.Al abrir la puerta pesada, el aire cargado de calor y el sonido rítmico de los golpes contra el saco la recibieron. Ruda estaba allí, de espaldas, sin camisa. El sudor hacía que los tatuajes de su espalda —alas oscuras y símbolos que ella aún no comprendía del todo— brillaran bajo las luces fluorescentes. Cada vez que sus puños impactaban el cuero, los músculos de sus hombros se tensaban con una potencia a
Cuando la reunión terminó, Caelum corrió hacia Ruda y se abrazó a sus piernas. La furia en el rostro del joven desapareció al instante, reemplazada por una ternura que solo reservaba para ella y para Elena. Se agachó y la cargó con la misma facilidad con la que Varkas lo hacía años atrás. —¿Por qué estabas enojado, Ruda? —preguntó la niña, tocando la cicatriz que él tenía cerca de la ceja. —No estaba enojado, pequeña —mintió él, dándole un beso en la frente—. Solo me aseguraba de que todos supieran quién es el dueño del jardín. Elena observaba desde el balcón, con una mezcla de orgullo y preocupación. Sabía que el contrato que firmaron años atrás no era solo un papel; era el destino. Ruda no solo cuidaba de la niña; estaba construyendo un imperio donde nadie, absolutamente nadie, pudiera ponerle una mano encima. ••El Guerrero y la Mariposa•• Habían pasado los años y Caelum se había convertido en una adolescente deslumbrante. Tenía la elegancia de Elena y la mirada desafiante de V
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