: El Despacho del Diablo

A la mañana siguiente, la vulnerabilidad nocturna había desaparecido. Varkas estaba sentado tras un escritorio de roble negro, rodeado de pantallas y documentos que decidían el destino financiero de media ciudad. Elena estaba sentada frente a él, obligada a organizar archivos que revelaban la magnitud de su imperio.

—Ese archivo —dijo Varkas sin levantar la vista— contiene la lista de propiedades que hemos incautado este mes. Estúdialo. Quiero que sepas exactamente qué pasa cuando alguien no cumple su palabra conmigo.

Elena abrió la carpeta y su corazón se detuvo. Entre las fotos de almacenes y edificios de oficinas, encontró una dirección familiar: la pequeña tienda de antigüedades de su familia.

Elena sintió que la sangre se le congelaba al ver la fotografía de la tienda de sus padres en aquel expediente. El pequeño local de antigüedades, con su fachada de madera y recuerdos de toda una vida, aparecía marcado con un sello rojo: INCAUTADO.

••El Precio de la Traición••

La furia superó al miedo. Elena cerró la carpeta de golpe, provocando un estruendo que rompió el silencio sepulcral del despacho.

—¡Eres un monstruo! —gritó, levantándose de la silla. —Esa tienda es lo único que me queda de mis padres. Dijiste que yo era la deuda. ¡Dijiste que mi libertad pagaba todo!.

Varkas dejó la pluma sobre el escritorio con una calma aterradora. Se reclinó en su silla de cuero, entrelazando sus dedos largos y observándola con esa mirada gélida que parecía leerle el alma.

—Tu hermano no solo debía dinero, Elena —dijo él, su voz era un susurro bajo y peligroso. —Debía respeto. Y el respeto se paga con raíces, no solo con carne.

—¡Púdrete! —Elena lanzó la carpeta hacia él, los papeles volando como hojas muertas por todo el despacho.

Varkas se levantó con la lentitud de un depredador que ya no tiene prisa. Rodeó el escritorio, acortando la distancia hasta que ella quedó atrapada contra la estantería de libros antiguos. Su sombra la cubrió por completo, recordándole su imponente estatura de casi dos metros.

—¿Quieres saber la verdad? —Él apoyó una mano a cada lado de su cabeza, su aliento rozando su rostro. —No acepté el trato por la tienda. Ni siquiera por el dinero. Acepté porque desde la primera vez que te vi en aquel club, supe que eras la única persona capaz de desafiarme de esta manera.

Él se inclinó más, su rostro a milímetros del de ella. La cicatriz de su labio se tensó en una expresión de deseo contenido.

—La tienda sigue en pie porque yo así lo decido —continuó él, su voz vibrando contra la piel de Elena. —Pero cada vez que me grites, cada vez que intentes escapar, una vitrina se romperá. Un recuerdo desaparecerá. Tú decides qué tanto quieres conservar de tu pasado mientras estás en mi presente.

Elena sintió una lágrima de impotencia correr por su mejilla. Varkas la atrapó con su pulgar, su toque era extrañamente suave comparado con la violencia de sus palabras.

—Ahora —ordenó él, señalando el suelo—, recoge cada uno de esos papeles. Y cuando termines, vendrás a mi lado. Tenemos una reunión en diez minutos y quiero que todos vean cómo mi "límite" aprende a obedecer.

Elena recogió cada papel del suelo con una dignidad que se negaba a romperse, aunque por dentro hervía de rabia y tristeza. Sabía que cada documento era un recordatorio de su cautiverio, pero también una lección sobre cómo operaba el mundo de Varkas.

••El Despacho del Diablo (Continuación)••

La reunión comenzó en una atmósfera de tensión absoluta. Varkas estaba sentado en la cabecera, con Elena a su derecha como una sombra silenciosa. Frente a ellos, un hombre de aspecto nervioso llamado Moretti intentaba cerrar un trato de intercambio: una estatuilla de oro antiguo a cambio de una ruta de transporte segura.

Varkas examinó la pieza con desdén, pero fue Elena quien notó el detalle. Sus años rodeada de las antigüedades de su familia le habían dado un ojo infalible.

—Es una réplica —soltó Elena, rompiendo la regla de silencio.

Moretti se puso pálido. Varkas giró la cabeza lentamente hacia ella, con una ceja levantada.

—¿Qué has dicho? —preguntó él, su voz era un susurro peligroso.

—La pátina es artificial y la soldadura en la base no corresponde a la época —explicó Elena, sosteniendo la mirada de Moretti—. Si vas a estafar a alguien, no lo hagas frente a alguien que creció entre piezas auténticas.

Varkas guardó silencio por un segundo eterno. Luego, una sonrisa gélida y letal apareció en su rostro. Se levantó, tomó la estatuilla y, sin esfuerzo, la estrelló contra el escritorio. La pieza se partió en dos, revelando un interior de plomo barato.

—Moretti —dijo Varkas, mientras sus hombres daban un paso al frente—, parece que mi "límite" es más aguda de lo que pensabas. Y yo odio que me tomen por idiota.

Tras el caos de la reunión, cuando Moretti fue arrastrado fuera, Varkas volvió a su silla. Observó a Elena con una mezcla de orgullo y deseo que ella no pudo ignorar.

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