La Dueña del Gigante

Cuando la tienda quedó en silencio, solo iluminada por las luces de la calle que se filtraban por los cristales rotos, Varkas se dejó caer contra el mostrador de madera. Se veía agotado, la máscara de invulnerabilidad finalmente agrietada por la traición de la familia que una vez consideró suya.

Elena se acercó a él. Ya no sentía el miedo paralizante del primer capítulo. El rastreador en su nuca seguía ahí, recordándole que le pertenecía, pero ahora sabía que esa pertenencia era bidireccional
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